saturno

 

Leyendo Rosso Istanbul, la novela con tintes autobiográficos del director turco Ferzan Özpetek, podemos entender muchos detalles de sus películas. Por ejemplo, comprendemos por qué acostumbran a haber grandes reuniones familiares o entre amigos alrededor de una mesa. También por qué los personajes se encuentran en un momento de inflexión después de haber vivido una situación de desengaño o dolor que les hace replantearse sus vidas. Podemos encontrarle más sentido a cómo Özpetek trata las relaciones humanas en sus films, ya sea entre parejas, amigos o familia. De todas sus películas, quizá una de las que mejor resuman su universo personal sea No basta una vida (Saturno Contro, 2007). Sin lugar a dudas, hay mucho de Özpetek en otros de sus trabajos, como El hada ignorante o Tengo algo que deciros, pero No basta una vida parece que le salió de las entrañas. Y lo que le quedó por salir, explosionó tres años después en Tengo algo que deciros (2010).

Hay un momento en que el protagonista de Saturno Contro, Lorenzo, observa con atención a sus amigos, que se encuentran cenando en su casa. Los observa, saben que son su mundo, pero necesita alejarse para verlo con cierta distancia. Para verse a sí mismo proyectado en sus amigos y a través de sus ojos. Es una situación breve, quizá de poca importancia para el espectador que no conoce la obra de Özpetek, pero es una señal inequívoca de su ADN. También lo es que nos muestre los restos de la cena, los platos sucios, sobre la mesa horas después o al día siguiente de que haya tenido lugar. Como si fuera una naturaleza muerta ya consumida. En la vida, a fin de cuentas, buscamos eso: risas, diversión, amor, relaciones, pero luego llega un final y solo quedan los restos. Y esto es siempre tan evidente que tendemos a olvidarlo. Y ahí es donde el director turco, que salvo una excepción siempre parte de guiones originales escritos por él mismo, pone el foco. Es el dedo en la yaga. En varias de sus películas, de algún modo u otro, nos advierte: cada uno es responsable de su vida, de su felicidad, no esperes a envejecer para lamentarte por lo que no has hecho, por lo que no has vivido. Si nos sentimos tristes o insatisfechos, ¿por qué conformarnos? La muerte no siempre llega después de las arrugas.

En No basta una vida tenemos a un grupo de amigos que en las primeras escenas hacen gala de una vida casi perfecta. Son felices, se divierten, disfrutan de la amistad en una cena en casa de Lorenzo (Luca Argentero) y su novio Davide (Pierfrancesco Favino), quienes parecen la pareja más afortunada por tenerse el uno al otro. Sin embargo un hecho inesperado hace que el mundo que comparten todos se vea sacudido y aunque eso les une todavía más, no pueden evitar que sus debilidades afloren. Y es así como Özpetek sitúa a sus personajes cerca del abismo, porque efectivamente en la vida hay risas y diversión, pero también dolor. Y ese choque de realidades lo traspasa el director al espectador con escenas dramáticas, pero también con otras llenas de humor (divertidísimo y entrañable el papel secundario que interpreta Lunetta Savino).

Una película muy parecida en su argumento a No basta una vida es la que hizo tres años más tarde el director francés Guillaume Canet, Pequeñas mentiras sin importancia, aunque es cierto que el tema de las reuniones entre amigos que deben reponerse a un hecho inesperado no es nada nuevo. Con todo, Özpetek consigue darle personalidad a esta historia y para ello utiliza a algunos actores que son marca de la casa para él, como  Stefano Accorsi y Margherita Buy  (que ya salían en El hada ignorante) y cuyo reencuentro aquí es un claro guiño a los fans de aquella película, y la siempre incombustible Serra Yilmaz, su musa, que rara vez no aparece en sus films. Alguna escena hay que habría que pulir, pero en general No basta una vida es una de las películas más sugerentes y completas de Özpetek.

 

Manel Haro

@manelhc

 

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Tráiler

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