holmes

 

Pocos personajes de la literatura universal siguen tan vivos como Sherlock Holmes, cuyas aventuras siguen creciendo más allá de los libros, gracias a adaptaciones para la pequeña y gran pantalla. En 2009 se estrenaba Sherlock Holmes, la película dirigida por Guy Ritchie, protagonizada por la pareja de actores Robert Downey Jr. (en el papel de Holmes) y Jude Law (como John Watson), una más que digna producción que no solo devolvía a la vida al detective, sino que además lo dotaba de un aire más enérgico, un as con el intelecto y en la lucha cuerpo a cuerpo. Un año después llegaba a la televisión la serie producida por la BBC Sherlock, que contaba con Benedict Cumberbatch en el papel protagonista. Y en 2011 podíamos ver la segunda entrega de la película de Guy Ritchie, cuya tercera parte está prevista para 2016. Luego ha habido otras adaptaciones (el español José Luis Garci se inventó en 2012 una visita de la pareja de detectives a Madrid para investigar los posibles crímenes de Jack el Destripador en la capital española, cuyo resultado fue Holmes & Watson. Madrid Days).

La última que ha aterrizado en las salas de cine es Mr. Holmes, una película de Bill Condon (director de cintas como Kinsey, la saga Crepúsculo o El quinto poder), cuyo argumento gira en torno a la vida del nonagenario detective, retirado ya en una granja de Sussex. Uno de los grandes alicientes de cualquier versión sherlockiana es saber quién va a encarnar al protagonista, una decisión que requiere casi tanta responsabilidad como elegir al nuevo James Bond. En este caso, la interpretación del anciano Holmes corre a cargo del británico Ian McKellen, conocido por muchos papeles, pero sobre todo por el de Gandalf en la saga El señor de los anillos, un acierto ya de entrada puesto que si Condon quería crear un personaje entrañable, McKellen es lo suficientemente apreciado por un público muy amplio.

Corre el año 1947 y el señor Holmes hace ya décadas que dejó sus casos y ahora vive apartado disfrutando de su gran afición: la apicultura. En su casa le hacen compañía el ama de llaves (Laura Linney, quien hace un gran trabajo) y su hijo Roger. Sherlock tiene ya 93 años, la memoria le falla cada vez más, pero todavía le queda combustible para escribir el relato de su último caso, aquel que durante tanto tiempo lo ha llenado de remordimientos. Condon nos muestra el deterioro físico y mental de un gigante, pero sobre todo nos enseña su lado más humano, su falibilidad y cómo todavía le quedan lecciones por aprender. Su compañero de aventuras no es en este caso Watson, sino el pequeño Roger, quien le anima a que continúe escribiendo su relato y le pide que le enseñe sus capacidades deductivas. Roger es oxígeno para Holmes, quien le ayudará a reconciliarse consigo mismo.

En la película, basada en la novela de Mitch Cullin recientemente reeditada por Roca Editorial, tenemos dosis de intriga, pero sobre todo hay ternura y algo de drama. No cabe duda de que el peso del film recae en Ian McKellen, cuya fuerza interpretativa no consigue salvar del naufragio una película a la que se le ven las tuberías. Se nota que Condon busca tocar la fibra al espectador, emocionarlo, pero se olvida de crear un colchón argumental sólido para que sus intenciones no sean tan evidentes. A excepción de la relación Holmes-Roger, todo lo demás resulta bastante insustancial: ese último caso fallido de hace años, una aventura del pasado en Japón o su interés por la apicultura y en lo que ello deriva. Esto provoca que el personaje de Holmes no sea demasiado verosímil, no por la interpretación de McKellen (¡magnífica!), sino por la inconsistencia de unas situaciones que hacen del dramatismo algo forzado. Y quizá esto es rizar el rizo, pero veo un abuso de primeros planos de McKellen, como si el director sintiera la necesidad de que el espectador tuviera presente en todo momento la ancianidad (y decadencia) de Holmes. Pero ni Holmes ni McKellen son suficientes. Era necesario algo más.

 

Manel Haro

@manelhc

 

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Tráiler

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