Shelley

 

En estas últimas semanas he descubierto en el poeta romántico P. B. Shelley a todo un revolucionario. Me encantaría poder rescatarlo del reposo eterno para formularle algunas preguntas sobre su filosofía de vida y, de paso, brindarle mi amistad sincera. Por ejemplo, me gustaría saber si se habría unido a la efervescencia comunista del siglo XX  o a la indignación de estos últimos años. Me encantaría saber qué es lo que tiene que decir sobre cómo ha sido recordado. Casado con Mary Shelley en segundas nupcias y amigo de Lord Byron, no podría resistirme a interrogarle sobre aquella famosa soirée en la que nacieron Frankenstein y el primer vampiro de la literatura. Le preguntaría por qué él nunca quiso o pudo terminar su historia. Y le expresaría mi asombro al descubrir que ya a principios de siglo XIX sostuviera que el matrimonio era una institución caduca que debería desaparecer. También que adoptara la dieta vegetariana en 1812 y estuviera en contra de la pena de muerte, pues el Estado no debía caer en la ignominia de la venganza. Lo apremiaría por defender con tal pasión sus ideas republicanas y declararse ateo sin complejos en una época en que esto se pagaba con el ostracismo. Por momentos, he sentido que éramos almas gemelas.

Gran parte de sus escritos versan sobre las injusticias sociales, de tal forma que Shelley parece querer provocar a sus compatriotas de forma constante. La antología de la editorial Pepitas de Calabaza no podía tener un título más acertado: La necesidad del ateísmo y otros escritos de combate. Esta cuidada edición corre a cargo de Julio Monteverde, que además firma un estupendo prólogo, la traducción y las notas. Se aprende mucho sobre Shelley en escasas 300 páginas que aconsejo leer poco a poco, con la máxima concentración. Veintiún textos que nos revelan al Shelley más politizado. Parte de esta selección jamás se había editado en nuestro idioma, y aunque queda mucho por descubrir del poeta, representa muy bien su espíritu e ideales.

Se incluyen ensayos, poemas, escritos panfletarios que Shelley metía en botellas y después lanzaba al mar (siendo su favorito para tal acción El paseo del Diablo). El que da título a la antología, La necesidad del ateísmo, le valió junto a Hogg la expulsión de la Universidad de Oxford. Más tarde renunciaría a los títulos nobiliarios y se escaparía a Escocia para casarse con Harriet, su primera mujer, porque era una unión totalmente libre. Como comenta Monteverde, en esencia, el Romanticismo fue un movimiento instigado por el rechazo al orden social que nace con la Revolución Industrial. Esta compilación reúne todo lo injusto que Shelley rechazaba: la monarquía y el deber de los súbditos de financiarla; la religión como explicación de todo lo que el hombre no puede comprender, como única salvación del alma; enclaustrar el amor libre en votos que solamente la muerte puede romper, y todas esas calamidades modernas que tan bien se resumen con el concepto “lucha de clases”.

Qué poco le gustaría a Shelley despertar en nuestro siglo y comprobar que la monarquía sigue ahí, exigiendo austeridad desde un trono de oro. Por eso, de haberse publicado hoy, con las debidas correcciones, Aviso al pueblo sobre la muerte de la princesa Charlotte, uno de los textos imprescindibles de esta antología, el mensaje no habría perdido ni un ápice de sentido, ni de perspicacia. Imagino que Shelley se alegraría de ver lo mucho que hemos avanzado respecto a lo que denuncia en Ensayo sobre el matrimonio. La mayoría podemos declarar ufanamente que sólo estaremos unidos a la persona amada, legalmente o no, hasta que el amor se acabe. Me encantaría preguntarle al poeta, no obstante, qué solución puede darnos cuando se le acabe solamente a una de las partes.

También me atrevo a asegurar que se complacería al ver cuántos defienden la dieta natural, sobre todo en su país. Aunque quizá no compartamos con el poeta la convicción de que el vegetarianismo nos regalará el privilegio de una vida longeva. Imagino que al igual que en su momento apoyó a los luditas que luchaban contra el mundo mecanizado, Shelley se posicionaría en contra de la sobreproducción y el abuso de la vida virtual. Y fantaseo al pensar que sería muy probablemente un ecologista afiliado a Greenpeace. Alegría máxima sentiría al ver cómo muchos hemos abandonado la búsqueda de la Divinidad para darle otro sentido a nuestras vidas. El broche de esta antología lo pone el afamado texto “En defensa de la poesía” que expone una verdad que no debemos olvidar por el bien de nuestra alma: «La poesía es el testimonio de los mejores y más felices momentos de los mejores y más felices espíritus». Voy más allá y declaro: solamente la poesía puede salvarnos de tanta infamia. Dejad a los poetas legislar.

En la Universidad Shelley se ganó el apodo Mad Shelley. El adjetivo “loco”, en realidad, lo llevó siempre consigo, pues la sociedad siempre ha considerado a los libres de pensamiento unos excéntricos a los que mejor observar y escuchar con recelo. Creo que Shelley miraría hoy a su alrededor y sonreiría ante algunas cosas y algunas obras, para luego fruncir el ceño ante muchas otras. Concluiría –quizá componiendo algún poema genial— que nuestro avance es demasiado lento. La lucha continúa hasta que algo la detenga. Pero nada la detendrá.

 

Jennifer Camacho

@garymused

 

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La necesidad del ateísmo y otros escritos de combate / P. B. Shelley / Editorial Pepitas de calabaza / 1ª edición, marzo de 2015 / 283 páginas / ISBN 9788415862383

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