Una película que habla sobre la imaginación y la libertad infantiles, pero que está hecha con falta absoluta de creatividad. Esta es la paradoja que nos presenta Nuestro último verano en Escocia (What we did on our holidays, 2015). Heredera directa de la road trip familiar americana (Little Miss Sunshine viene a la mente), este producto veraniego concentra sus fuerzas en ofrecer un mensaje transparente, claro, limpio, pero sin oler en absoluto la necesidad de una construcción dramática coherente. Es así como los personajes terminan dando tumbos por playas escocesas, sin que el espectador pueda llegar a compartir lo que hacen. La desidia creativa y narrativa de los directores nos mantiene constantemente en jet lag, en otra franja horaria, incapaces de hacer creíble y comprensible su mensaje.

La superficialidad de lo contado es una barrera que resulta muy difícil superar. Y si le añadimos una carencia absoluta de pulso narrativo, uso torpe de la cámara, y un estilo repetitivo y banal, todo lo de bueno que tiene la película (y lo hay) se pierde. Tal es el caso de las maravillosas playas escocesas que se nos muestran constantemente en el film, pero que terminan convirtiéndose en un pobre plano de recurso, que de tan visto acaba agotando. Ni siquiera el trabajo de Rosamund Pyke (impagable en Perdida, de David Fincher) o David Tennant (Doctor Who) salvan una obra que, de querer llegar a ser tan inteligible, pierde la oscuridad inherente a toda buena comedia. Y es que ni la infancia es todo luces, alegría e ignorancia, ni la edad adulta aburrimiento y convención. El matiz es imprescindible, y más en el caso de las comedias familiares, donde la credibilidad se construye a partir de claroscuros.

Eso es lo que nos mostraba Little Miss Sunshine, donde la familia resulta un todo compacto, aunque todos se encuentren en diferentes instantes vitales, donde el día a día no impide que las emociones se encuentren a flor de piel. En Nuestro último verano en Escocia, la familia se convierte en seres sin sustancia, unidireccionales. Su cambio de actitud viene dada por necesidades del guión, no por sus circunstancias. Y la redención final, no solo es previsible, sino que encima no sirve para redimir lo que ha sucedido: dejémoslo en que si la familia termina bailando al unísono es porque es lo que toca, no porque nadie quiera hacerlo. Queda muerta y enterrada, así, la espontaneidad, la creatividad infantil, la sorpresa. Y si al menos hubiera un buen trabajo técnico y narrativo, esto se podría pasar por alto. Pero visto el panorama, mejor viajar a Escocia a ver las playas al natural.

 

Albert Mena

 

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Tráiler

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