Lena Andersson (Estocolmo, 1970), una de las analistas políticas más influyentes de su país, plantea en su novela Apropiación indebida: Una novela sobre el amor (Alfaguara y Angle Editorial en catalán) la siguiente cuestión: ¿somos nosotros mismos cuando nos enamoramos? Los encargados de dar respuesta son Ester, escritora, y Hugo, un artista al que admira y con el que inicia una relación amorosa. El conflicto surge cuando ella, que hasta ahora era una mujer racional y sensata, empieza a sentirse insegura respecto a los sentimientos de él y entra en una espiral de obsesión y autoengaño que la lleva a no reconocerse a sí misma y a no saber discernir entre la realidad y la imaginación. Una novela magistral en la que apenas sucede nada, salvo en el interior de sus protagonistas.

 

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“En las relaciones tóxicas la esperanza es como un parásito que se alimenta del huésped y al final hay que matarlo para ser libres”

 

 

 

Patricia Tena. Barcelona

El título podría hacernos creer que nos encontramos ante una novela negra, a la que, precisamente, nos tienen acostumbrados un buen número de autores escandinavos.  Pero a continuación incluye el subtítulo “una novela sobre el amor”. ¿Lo hizo para aclarar el tipo de historia ante la que estamos?

¡Es que esta historia es la de un crimen también!  El sufrimiento por amor podría ser el tema de una novela negra perfectamente. Últimamente las novelas no incluyen ya subtítulo, pero me interesaba dejar claro que Apropiación indebida no es una historia de amor, sino sobre el amor. No es una representación del amor, sino una deconstrucción del mismo.

¿Cree que hay que ir dejando de lado la fórmula “chico conoce a chica” y adentrarse en los conflictos que surgen durante la relación?

Yo creo que esa fórmula nunca pasará de moda porque siempre habrá personas que quieran leer sobre ello, sobre todo las nuevas generaciones que se encuentren en ese primer momento. Pero a mí me parecía mucho más importante explicar qué pasa cuando surgen complicaciones y reflexionar sobre por qué dos personas, que en cierto modo están juntas, pueden no llegar a entenderse nunca.

Digamos que su novela habla sobre la cara menos amable del amor, del sufrimiento que provoca el rechazo, del autoengaño e, incluso, de cierto comportamiento obsesivo que tenemos al enamorarnos.

No sé si es la cara menos amable pero sí la más triste. Una relación como la de Ester y Hugo es más habitual de lo que nos gustaría. Quien lo haya vivido sabe que es agotador estar con una persona que nunca te dice que sí, pero que tampoco te dice que no. Ella cree que son algo y para él apenas son nada. Hugo cree que sus intenciones quedan claras por sus acciones, pero no es así. Por eso cuando no se entienden y piden cosas diferentes, ella necesita explicaciones. Es un amor imposible porque no buscan lo mismo.

Por eso en un momento del libro compara la esperanza con un parásito que se introduce en su huésped y le va devorando poco a poco.

Ese es uno de los temas principales de la novela. Ella no es una persona obsesiva, pero se obsesiona por las señales confusas que recibe de él. Hasta que ella no pierde la esperanza no puede liberarse de esta relación tóxica. Es muy difícil pero al final se da cuenta de que tiene que matarla para no seguir enganchada. La esperanza en este sentido es un parásito que se alimenta de cada pequeña emoción y acaba por distorsionar la visión que tenemos de una relación.

Y la única solución es acabar con el parásito antes de que este acabe con el huésped.

La única manera es la brutalidad de la evidencia.  Ester interpreta cada pequeño gesto como una oportunidad. Que él la llame quiere decir algo; que le compre un libro es que piensa en ella; que la invite a cenar es porque quiere pasar tiempo a su lado… No podemos, al menos yo no, culparla por creer que existía algo entre ellos. Él daba pie a creerlo.  Pero el problema es que cada uno espera una cosa diferente de la relación.

Dice que “las personas rechazadas se enganchan siempre a la necesidad constante de hablar”. Una de las preguntas que más me intrigan es si en una relación de este tipo, ella tiene derecho a pedir explicaciones, a exigirle algo.

Es una pregunta excelente y probablemente la más difícil de responder. Es uno de los temas de discusión que propone la novela y espero que los lectores debatan sobre ello.  Digamos que quizá no tiene derecho a exigirlo porque no son una pareja formal, pero yo lo veo de otro modo: él no tiene derecho a establecer un tipo de relación con ella si no está dispuesto a dar explicaciones. Lógicamente no hablamos de un derecho a nivel legal, pero sí moral.

Estoy de acuerdo.

Desde una perspectiva humana, si uno hace sufrir a una persona creo que como mínimo debe explicarse para intentar aliviar ese sufrimiento. Hugo se niega a dar explicaciones porque eso sería admitir intimidad. Por eso ella sufre tanto porque siente un doble rechazo: por una parte, el hecho de que él no reconozca que hay algo entre ellos y, por la otra, la negación de él a explicar lo que ella le pide.

Y ante este torbellino de emociones, las redes sociales y las aplicaciones de comunicación instantánea como Whatsapp no lo ponen nada fácil…

Esa es la parte actual de la novela porque el conflicto en sí ocurre desde siempre. Las nuevas tecnologías pueden resultar un elemento aterrador en las relaciones amorosas. Es todo tan fácil y tan rápido que damos rienda suelta a nuestros impulsos, aunque luego muchas veces nos arrepintamos.  Quieres decir algo ahora y puedes hacerlo, así que lo dices. Pero luego no tienes respuesta. Empiezas a sudar y a sentir algo horrible que te hace entrar casi en una espiral paranoica preguntándote por qué no te ha contestado aún y, lo que es peor, qué significa ese silencio. Ese vacío te obliga a imaginar e interpretar constantemente y normalmente tendemos a pensar la peor de las opciones.

¡Es cierto!

Quiero creer que las personas que inventaron estas nuevas tecnologías no pensaron en las consecuencias terribles que podían traernos. Como ahora tenemos la posibilidad de que la comunicación sea inmediata, la exigimos. Pero en las novelas de Jane Austen el sentimiento era el mismo: podían mandar una carta y al rato arrepentirse de haberlo hecho o desesperarse si al cabo de unos días no recibían respuesta. La posibilidad y el miedo a ser rechazados existen desde siempre.

 

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