marina

 

En muchas clases de Historia la revolución de 1917 empieza con la de 1905. El primer nombre que tenemos que recordar es el de Lenin, seguido de cerca por Trotski, y por lo que supuso después, también el de Stalin. El primer logro es la abdicación del zar y el derrumbamiento de un régimen autocrático y que permaneció casi intacto durante tres siglos. También se acaba aprendiendo que la revolución desembocó en una cruenta guerra civil, y que el Ejército Rojo fue el vencedor y el Blanco, el vencido. Se colectivizó la industria, el patrimonio, y los obreros se organizaron en sóviets que dominaban la vida pública. Un nuevo régimen proletario que originó un nuevo país, la URSS. Como suele decirse, la historia la escribieron los vencedores. Se habla de una revolución proletaria (aunque los ideólogos fueran los intelectuales, la intelligentsia), de un experimento social sin precedentes; se disecciona en etapas, en acontecimientos concretos, en personajes mitificados o condenados por la perspectiva del tiempo. Pero en ninguna clase de Historia se cuenta lo que sintió el bando perdedor, lo que vio y vivió una mujer poeta simpatizante del antiguo régimen, que apoyaba al Ejército Blanco (con todo su corazón, pues su marido luchaba en él) y que creía en Dios. Diarios de la revolución de 1917 de Marina Tsvietáieva, traducidos por Selma Ancira, nos muestra la revolución desde la perspectiva de la vida cotidiana. No con datos concretos ni cifras exactas, sino mediante las vivencias personales sobre el hambre, el frío, la frustración, la pérdida de la identidad y la impotencia de encontrarse en un punto de no retorno.

Marina se siente tan cercana en sus diarios que es imposible llamarla Tsvietáieva, el apellido lo reservaremos para la poeta. Marina pasa hambre, pasa frío, pasa desesperación. Pasa miedo por el destino de sus seres queridos. Baja a los infiernos durante los primeros años de la revolución al ver cómo le arrebatan todo, cómo el comunismo la anula como rusa con un cierto estatus social, cómo su identidad ya no vale nada. Y de ser poeta, madre y amante se ve en una oficina, mal pagada, despreciada por sus orígenes, pegando recortes, un peón más del funcionariado. Atrás quedan los años pasados en París y la buena educación; al piano y las tertulias literarias lo sustituyen años baldíos, de cartillas de racionamiento y mendicidad. Marina se convierte en una paria, cuando su destino era ser artista. Se promete a sí misma no volver a trabajar para ellos, pero las penurias materiales y la pobreza la obligan a reconsiderar su posición. Su obra es demasiado intimista, su oposición al nuevo status quo no lo suficientemente ruidosa, con lo que su disidencia espiritual ni siquiera ofende ni tiene consecuencias más dramáticas que las del vecino. Marina no molesta lo suficiente como para ser considerada una enemiga del pueblo, y por eso quizá a su historia solamente llegan los que se sienten hipnotizados por su producción poética. Diarios de la Revolución de 1917, en realidad sólo unos fragmentos de sus memorias, cubre la etapa de 1917 a 1919, y son el testimonio de los grandes olvidados, los que no estaban de acuerdo, pero tampoco se pusieron en primera línea de batalla, los que se quedaron en una tangente, los venido a menos.

Marina no odiaba a los comunistas, a los que quizá podría llegar a entender, pero sí odiaba el comunismo. Y era de esperar: a lo largo de estos fragmentos ordenados en ocho bloques, una entiende su descontento, su miseria, su postura. Y lo injusto de la situación tan salvaje a la que es arrojada. Marina inventa y le toma el pelo a los que en el fondo la han ofendido, como única revancha —el único humor, amargo, en estos diarios, como cuando cambia un trabajo y miente a su supervisor diciendo que ha encontrado otro mejor donde le van a dar dos comidas. Es su única arma, su dominio de la palabra. En 1919 deja otro trabajo, que le es vital para malvivir, porque sus piernas la sacaron de allí. Marina se rebela a su manera, aunque sea perjudicándose a sí misma. Desprecia este nuevo país donde su trabajo intelectual ya apenas vale nada. Se entrevé la tendencia al desánimo y a la fatalidad que la arrastrarían a su triste final en 1941. Marina es un alma sensible, de verborrea apasionada, que se ve como una mujer sola en medio de la peste que asola Moscú en 1919, en sus propias palabras. Que anhela el amor y poder escaparse a Alemania, su ideal de país. Que idolatra a Heine, a Goethe, a Stajóvich, el actor, y a tantos otros; que recuerda a sus amigos, a su hermana, todas aquellas maravillosas veladas que ahora parecen soñadas.

En el desorden lógico en el que se convierten todos los pensamientos y el relato del día a día al ponerlo por escrito en un diario, Marina explica cómo vive ella la revolución. Su experiencia quizá no sea extrapolable al momento actual, ni a nuestra sociedad; ni tampoco se entendería como el resumen de aquella época en un libro de Historia. Marina consideraba la vida un acto heroico del alma, y la muerte, un acto heroico del cuerpo. Y heroicas son sus palabras, porque son la resurrección de su voz, la sinceridad que añade otro tipo de luz a uno de los eventos más importantes del siglo XX. Le debemos a su memoria esta lectura. Se lo debemos al saber. Al menos, todos aquellos que alguna vez hemos sentido una punzada de viva emoción al leer uno de sus poemas. Marina está entre nosotros.

 

Jennifer Camacho

@garymused

 

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Diarios de la Revolución de 1917 / Marina Tsvietáieva / Acantilado / 1ª edición, febrero de 2015 / Traducción de Selma Ancira / 223 páginas / ISBN 9788416011391

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