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En la calle alzó el brazo, pero el coche que pasaba por allí en aquel momento no era un taxi —tampoco lo hubiera sido si Bloch no hubiera levantado el brazo para hacer señas a un taxi. Finalmente escuchó el sonido de unos frenos; Bloch se dio la vuelta: a sus espaldas estaba un taxi y el taxista decía algo malhumorado, (El miedo del portero al penalty, Peter Handke)

 

Si echamos la vista atrás, está claro que los mejores libros de filosofía editados por Alpha Decay son, o pretenden ser, grandes guías para vivir. La filosofía pasado el mañana (2014) no se queda atrás en poder de sugestión. Apareció por primera vez en 2005; tras estos nueve años, podemos decir que está destinada a convertirse en un clásico de la filosofía contemporánea, y de la literatura comparada, y de la crítica cinematográfica, y de los estudios culturales; es decir, resumiendo: un clásico de la vida en general.

Esta no es, por suerte, la primera vez que se traduce a Stanley Cavell (1926) al español. Antes de La filosofía pasado el mañana pudimos disfrutar de Ciudades de palabras, en Pre-Textos, o de El cine, ¿puede hacernos mejores? en Katz, cuyas estructuras, parecidas al del libro que nos ocupa, siguen un mismo patrón: partir de lecturas de Shakespeare, de Fred Astaire, de Emerson, de Walter Benjamin o de Thoreau para apuntar hacia aquellos conceptos que, al ser usados de una determinada manera, nos parece que fundamentan algo, creando para lograrlo el espectro de una certeza que jamás debería ser confundido con un dogma.

El punto de partida es, sobre todo, el Ludwig Wittgenstein de las Investigaciones filosóficas, citado amplia y profusamente en todos y cada uno de los capítulos. En su obra de madurez, Wittgenstein analiza cómo utilizamos los conceptos, cómo decimos las palabras, y cómo se articulan dichas palabras en gestos o acciones, para llegar a la conclusión de que hay una indudable relatividad en el modo en que nos hemos creado nuestro sistema comunicativo / vital. Lo máximo que se puede decir, sin incurrir en malentendidos, de la relación entre concepto-palabra-cosa, o significado-significante (por no hablar de expresión, emoción, pensamiento, idea, etc.) es que sí existe una cierta correspondencia, una relativa causalidad, una indudable relación entre ellos, pero que la naturaleza de dicha relación es per se de difícil concreción, y que creer en una fundamentación natural y/o ontológica, o incluso hablar de ellos en términos absolutos, es caer en la metafísica, es, como diría Wittgenstein, construir castillos en el aire.

Puede haber relaciones entre las palabras y las cosas, igual que entre nuestros pensamientos y nuestras acciones, del mismo modo en que podría no haberlas; participar de ciertos significados implica ser parte de un cierto juego de lenguaje, y eso es casi lo mismo que decir que pensar de una manera puede ser hablar de una manera, y hablar de una manera puede ser vivir de una manera, pero que esas reglas podrían funcionar de modo muy distinto sin que por ello resultaran más verdaderas o menos falsas que las actuales.

Nuestras certezas existen sobre todo a partir del momento en que las articulamos lingüísticamente como algo certero, y lo real se convierte entonces en aquello a lo que otorgamos la noción de “realidad”, sea esta la que sea. Lo cual, diría Cavell, no niega que exista “la realidad”, sino que tenemos que tener en cuenta que “la realidad” es un concepto con sus luces y sus sombras y utilizable de muy variadas maneras.

Lo que más admira Cavell de Wittgenstein es el estado anímico o psicológico que subyace a su escritura, y su concepción del lenguaje tal que juego. Como él mismo admite, de las Investigaciones filosóficas (¿y no puede decirse eso mismo de exactamente todo lo demás?) se pueden deducir actitudes (¿vitales?) muy diversas. Una de ellas es la que adopta el escritor citado al inicio de nuestro texto, el austríaco Peter Handke, que ante las relaciones esotéricas entre lenguaje y realidad ejerce de retratista de fisuras (ver El miedo del portero al penalty o El chino del dolor). Otra muy distinta es la que presenta el propio Cavell en muchas de sus obras; se diría que generalmente arrastra consigo un optimismo propio de un cierto Estados Unidos, creador y fortalecedor a la manera de Emerson, y por ende muy lejos del espíritu decadente y europeo de Handke.

Al río y brutal análisis de éste, Cavell opone su “perfeccionismo moral”, es decir, un registro de la vida moral que precede a, o interviene en, la especificación de las teorías morales con las que comprendemos y juzgamos nuestros actos. Libre, gracias a Wittgenstein, de las falsas ataduras ontológicas entre dolor y expresión, o entre voluntad de acción y gesto, y disfrutando de la libertad de poder escoger en cada momento por qué y cómo hacemos lo que hacemos, Cavell se planta enfrente de dos mundos que han coexistido en nuestro pensamiento desde Platón hasta Derrida, pasando por Nietzsche y Kant y en Ibsen y Strindberg: el mundo de las cosas que vemos, pensamos y decimos contra el mundo de las cosas que podríamos ver, pensar y decir. Que en cierta manera se niegue el “ideal” no significa que no podamos analizar en base a qué y de qué manera entendemos el bien, y de qué manera y en base a qué se dice que hacemos el bien. Esa tensión entre “lo que hay” y “lo que podría haber” lleva al filósofo a bañarse en todos los ríos y en todos los mares, armando un discurso con textos y fuentes que no siempre pasarían por filosóficos (como tradicionalmente no lo han sido los de Emerson).

Que a estas alturas Cavell aún tenga que defender su recurso al “cine” para “hablar de filosofía” no deja de parecer algo anticuado, teniendo en cuenta que si nuestros actos pueden decir de nuestra psicología lo mismo que nuestras palabras de nuestro lenguaje, y si la relación de adecuación entre lo que decimos y lo que queremos decir es la misma que la que hay entre una obra artística y los mecanismos que utilizamos para crearla, en realidad la separación entre lo que hay y no hay, o la división del conocimiento en disciplinas, es un asunto de hábito, de costumbres, antes que de la supuesta naturaleza o de los fundamentos ontológicos de las cosas. Lo cual, como ya se ha dicho, no significa que las relaciones (de significado, de adecuación, de correspondencia) no existan, sino que son así y las utilizamos así por motivos determinados, que no decisivos.

Stanley Cavell nos enseña (igual que Peter Handke, Jacques Derrida, y tantos otros) que leer es, como pensar, o como vivir, algo que nos determina al tiempo que algo con lo que nosotros determinamos (o, como diría Handke, antes de cada gesto tenemos la oportunidad de recuperar todo lo que hemos perdido). Los ecos nietzscheanos de su pensamiento son bien patentes, igual que su esfuerzo por llevar a práctica ese comentario que Wittgenstein suelta como de pasada, en el que dice que la filosofía habla de la filosofía igual que la ortografía se relaciona con la palabra “ortografía”. Ambos autores seguramente querían ayudarnos a descubrir nuestro mundo, a esclarecer nuestro pensamiento. Cavell, a su manera, logra exactamente lo mismo. Si tienes que leer un ensayo en los próximos doce meses, que sea de Stanley Cavell. Hacerlo es tan necesario, y tan revelador, como leer tu lista de la compra.

 

Ignasi Mena

@ignasimena

 

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La filosofía pasado el mañana / Stanley Cavell / Trad. David Paradela López / Alpha Decay / 1ª edición 2014 / 430 páginas / ISBN 9788492837793

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