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Tras siete años de silencio literario, David Trueba presenta nueva novela: Blitz (Anagrama), que significa “relámpago” en alemán. El escritor y cineasta explica que le interesaba mostrar cómo el paso del tiempo es uno de los mayores temores de nuestra sociedad, remarcando, además, que hoy día casi todo tiene fecha de caducidad. “Una carrera política dura unas elecciones, un futbolista a los treinta y algo ya es mayor, una película en una sala de cine no dura demasiado y ya no te cuento un libro en una mesa de novedades”, señala.

Precisamente la idea surgió durante la promoción de su película Vivir es fácil con los ojos cerrados (Premio Goya a la mejor película en 2014), que estuvo repleta de hoteles, premios y viajes pero que no impidieron que se sintiera solo. “Las soledades de los hoteles están muy presentes en el personaje”, reconoce. Y ese es Beto, es un joven arquitecto paisajista que viaja hasta Múnich para participar en un concurso sobre proyectos de jardines. Una vez allí su novia le confiesa que se está viendo con su ex, un cantante uruguayo telonero de Jorge Drexler, y él se queda solo y desamparado en una ciudad que no conoce. Helga, una traductora alemana de 60 años, se convertirá en su refugio durante esos días difíciles.

Trueba cree que esta crisis ha provocado que la gente se sienta completamente abandonada. Por eso Beto no tiene ni hogar, ni amor, ni patria: “Ni casi profesión, decidí que fuera paisajista porque es casi igual de invisible que un escritor”. Y la única solución a su situación es aprender a mirar, a rehacerse, a olvidarse de los prejuicios: “Estamos acostumbrados a coger el bisturí y abrir el cuerpo antes de saber qué es lo que pasa. Tenemos una opinión antes que una observación y eso es horrible”.

El título hace alusión a un destello, a la irrupción de algo con mucha luz pero que pasa muy rápido. Y en ese sentido, Blitz ejemplifica a la perfección lo relativo que resulta el paso del tiempo: tres días en Múnich se explican en un centenar de páginas mientras que los siguientes once meses ocupan un total de treinta: “Eso ocurre en la vida real. Tengo amigos que dicen que no les ocurrió nada interesante en toda la década de los 90 y en cambio en un solo día vivieron toda una vida”. Por eso en la novela son tan recurrentes y metafóricos los relojes de arena, que en el proyecto para el concurso de jardines Beto había sustituido por los tradicionales árboles. Esta idea tiene un origen de lo más curioso: el escritor se dio cuenta de que su hijo se cepillaba los dientes demasiado rápido y el dentista le propuso que comprara un reloj de arena de tres minutos y que le dijera, a modo de juego, que tenía que cepillárselos hasta que el módulo quedara vacío. “Cuando lo hicimos, al minuto y medio no podíamos más… me di cuenta de que tres minutos observados eran interminables y le dije que podía darlo por acabado antes de que se destrozase la boca”, confiesa riendo.

Trueba bromea también sobre algunas preguntas muy íntimas que recibe. “Creo que este libro da pie a ello, así que la culpa es mía”, contesta. Aún así ha reconocido que algunas ideas sí son autobiográficas y ha querido compartir una especialmente. Cuando tenía 21 años iba cogido del brazo de una mujer mayor a la que admiraba profesionalmente. Cuando se cruzaron con un chico que iba a su facultad, él se separó rápidamente de su acompañante. A lo que ella respondió molesta si temía que la vieran con una vieja. El autor, que incluye un pasaje idéntico en el libro, ha reconocido que durante años se sintió “miserable” por ese gesto y que de algún modo u otro eso tenía que salir de dentro con el paso del tiempo.

Como viene siendo habitual en sus novelas, el sexo tiene un papel fundamental en la trama,  siendo a veces romántico y sensual mientras que en otras se describe de forma grotesca y haciendo sentir cierta incomodidad al lector. “Una escena de sexo tiene que ser particular. Es un encuentro entre dos personas, no entre dos entidades o dos representantes de una edad” y, por eso, en Blitz queda latente la contrariedad interior de Beto, quien por un lado se siente excitado por una mujer sexagenaria pero al mismo tiempo se avergüenza por hacerlo y explica a los demás la situación “desde la sátira más brutal, con crueldad”.

La acción además de desarrollarse en Múnich también lo hace en Madrid, Barcelona y Mallorca, un lugar idóneo porque “es donde se unen Alemania y España”. Además, él percibe la forma de las calas como la imagen de un brazo que te acoge. “El mar es agitado y aún así tiene rincones de reposo. Era ideal porque esta es la historia de un refugio”.

Trueba acepta la hibridad escritor-cineasta con naturalidad, como si fuesen dos trajes distintos que se pone según la ocasión. Y explica que, aunque los dos oficios son muy satisfactorios,  las películas roban mucha intensidad y la escritura es muy solitaria. Aún no sabe cuál será su próximo proyecto, pero tiene una novela en un cajón “castigada” después de haber tenido problemas con su estructura y el punto de vista. Aunque asegura que no le importa, ya que cuando le viene una idea “dejo que pida paso por sí misma”.

 

Patricia Tena

 

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