A Toni Hill le preceden las grandes cifras. Su debut literario, El verano de los juguetes muertos, ha vendido más de 100.000 ejemplares. Su secuela, Los buenos suicidas, sigue la estela y demuestra que segundas partes pueden ser buenas. Ahora, con Los amantes de Hiroshima (Debolsillo), Hill cierra temporada para su inspector Héctor Salgado. Asegura que no lo deja, que volveremos a tenerlo aquí pronto. Mientras, él se dedicará a otros proyectos y sus personajes, en barbecho, se darán un merecido descanso. En la última entrega, Salgado se enfrenta a un complicado caso. Unos okupas encuentran dos cadáveres enterrados juntos. Corresponden a una joven pareja desaparecida hace años. ¿Y si la persona condenada no fuera el verdadero culpable? El hallazgo de los cuerpos abre nuevas líneas de investigación para Salgado y los suyos. Asimismo, la resolución de la inquietante desaparición de Ruth, la exmujer del inspector, parece llegar a su fin.

 

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“Resulta muy difícil olvidar cuando hay flecos pendientes, sin cerrar”

 

Laura De Andrés. Barcelona

En Los amantes de Hiroshima vuelves a ahondar el territorio de las culpas compartidas.

Hay un culpable, pero en cierta manera la culpa es una trenza. Se produce un encadenamiento de circunstancias que llevan a alguien a tomar la decisión de cometer un acto delictivo.

Y también encontramos temas tan universales como el amor, la amistad y la lealtad.

Básicamente el amor y, ante todo, la envidia del amor ajeno, la desolación por un sentimiento hacia alguien y que no es compartido.

En esta novela nos descubre una pareja que genera una atracción muy poderosa.

Cristina y Daniel tienen una sensualidad y una sexualidad que abruma.

Y a ellos se suma una tercero en discordia –o, en este caso, en concordia-, Ferran.

Hay pocas cosas escandalosas en el amor del siglo XXI. Ni siquiera el trío que mantienen Cristina, Daniel y Ferran es escandaloso por sí mismo. Pero sí genera unas inseguridades en ellos mismos y también en aquellos que rodean esta relación: algunos piensan por qué no han sido ellos los escogidos, otros no entienden mucho lo que hacen. Pero este triángulo amoroso me daba un juego distinto al triángulo típico de la historia de cuernos.

Y en otro plano, también escarbas en la nunca fácil relación entre padres e hijos.

Los amantes de Hiroshima es una novela de triángulos, amorosos y no amorosos. Los hijos forman parte de este ‘pack’. Héctor tiene un hijo adolescente; Leire tiene un bebé y tiene que decidir qué hacer con su vida. Los hijos te obligan a tomar decisiones que probablemente no te hubieras planteado de manera natural sin ese hijo.

La trama se sitúa en dos momentos de máxima efervescencia, y en cierto modo antagónicos, para Barcelona: el 2004 del Fórum de las Culturas y el 2011 de los indignados.

Los tiempos vinieron marcados por el embarazo de Leire, que debía incorporarse a su puesto de trabajo en mayo de 2011, cuando tuvo lugar el movimiento del 15-M. Pero sí quise situar la historia en el 2004 para tener esos siete años de diferencia que permiten percibir la evolución de los personajes, de recién salidos de la universidad a ya incorporados en el mercado laboral, con treinta años.

Siete años en los que cambian los personajes, pero también la ciudad.

El 2004 era un momento pre-crisis, en el que vivíamos en una especie de happy life absoluta, aunque el precio de los pisos estuvieran disparados.

Una Barcelona de escaparate.

Sí, pero que obedecía a una realidad: la gente ganaba dinero y lo gastaba. Nadie se imaginaba lo que iba a suceder pocos años más tarde. Yo pinto la ciudad “a lo impresionista”, trazo cuatro pinceladas e intento crear un contexto, pero sin un análisis más profundo. La novela deja entrever ese contraste, la Barcelona de 2004 con la de 2011, en el contexto de la crisis, los primeros desahucios, el 15-M. En este corto intervalo todos hemos sido más conscientes de la situación social y económica ¡Si somos hasta expertos en la prima de riesgo, un término que ni tan siquiera habíamos oído nombrar!

Héctor Salgado pertenece a los Mossos d’Esquadra, un cuerpo policial que tuvo un papel destacado el desalojo de la Plaça Catalunya.

Héctor llega de Argentina con 19 años a finales de los 90, en un momento en que los Mossos se postulaban como una policía moderna, más cercana al ciudadano, más de servicio que de represión. Y esta idea le seduce. En la actuación de plaza Catalunya de 2011, la opinión pública se lanza sobre este cuerpo. Y, en la novela, ellos se posicionan particularmente, porque a ellos también les afecta. Si formas parte de un cuerpo policial, asumes las posiciones del cuerpo como tal. Pero eso no quiere decir que puedas disentir en privado. La intervención fue la que fue, y yo no me atrevo a juzgarla. Por esta razón dejo que sean los personajes quienes den su opinión.

“Engañar al sistema es la única manera de sobrevivir”, se repite Héctor desde el inicio de Los amantes de Hiroshima. ¡Bien podría tratarse de una consigna estampada en las pancartas de los manifestantes del 15-M!

Tú no puedes luchar contra el sistema. No lo podemos engañar, pero sí sortearlo. Además, el sistema nos ha fallado a nosotros: el sistema que debía defendernos nos ha dejado colar una serie de elementos corruptos que no son los culpables de la crisis, pero que han generado malestar.

En algunas ocasiones, un malestar anclado al final de la dictadura y a la transición, otro de los flecos que podemos encontrar entre las páginas de tu último libro.

Son los últimos coletazos de la dictadura, donde siguen sucediendo cosas que luego parece que no hayan pasado.

El pacto de la transición, ¿fue una herida en falso?

En mi opinión, se cerró como se podía cerrar. Juzgarlo ahora es complicado, pero entonces nos pareció una solución, incluso se puso como ejemplo. Se cerró a un nivel ‘macro’, con Carrillo y Suárez dándose la mano, per a nivel ‘micro’ los casos particulares no se cerrarron automáticamente.

¿La memoria histórica ha olvidado estos casos particulares?

Sí. Y, si nos ponemos prácticos, sí porque no quedaba más remedio. Más que olvidado, se han obviado.

Como dice uno de los protagonistas del libro en un momento, quizás olvidar no siempre es la opción más buena.

Olvidar no es la solución. Pero a veces sí que lo es. No se puede generalizar. Una vez tienes todos los elementos situados, cuando sabes toda la verdad, puedes decidir si olvidas o no olvidas. Resulta muy difícil olvidar cuando hay flecos pendientes, sin cerrar. Sólo se puede huir cuando lo tienes todo resuelto, aunque sea mal resuelto, aunque no sea el resultado que habrías querido.

Los amantes de Hiroshima cierra, aparentemente, la trilogía del inspector Salgado. ¿En qué momento viste claro que la historia daba para tres entregas?

Me lo planteo cuando acabo El verano de los juguetes muertos. Aunque en un primer momento pensé en una obra única, ésta tiene cierto éxito y a mí me interesa seguir. Mentalmente concibo una estructura con tres libros, en la que se desarrolla la trama de la exmujer de Salgado, porque es inviable resolver todo en un solo libro. En ese momento vi claramente que necesitaba una trilogía para la primera temporada de Héctor.

¿Eso significa que tendremos segunda temporada?

No inmediatamente, pero ¿por qué no en algún momento no puede volver Héctor y todo su mundo? Tranquilamente, de aquí a unos años. No me canso, pero tengo ganas de hacer otras cosas. Y Héctor y el resto de personajes también necesitan tomarse una temporada. De momento tengo otras cosas entre manos.

¿Se puede avanzar algo?

Sigo en el género, porque me gusta y me apetece. Y sigo en el misterio y en la intriga. Pero seguramente en otra época, quitando la figura del policía y explicando la trama a través de los personajes. Para 2016.

 

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