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Christoph Waltz y Amy Adams comparten protagonismo.

 

Tener un estilo personal y característico es, sin duda, beneficioso, pero en algunas ocasiones también puede ser perjudicial. Los fans del director de cine Tim Burton adoramos aquellas películas como Eduardo Manostijeras, Bitelchús, Pesadilla antes de navidad, Big Fish o La novia cadáver, es decir, aquellas que ensalzan la figura del loser o del weirdo, demostrando que muchas veces los considerados monstruos tienen un alma más pura que los propios humanos. De su trayectoria más reciente, el único filme que se mantiene fiel a este estilo fue Frankenweenie, un hermoso homenaje a Frankenstein a través del amor por los animales.

Cuando salió a la luz que Burton iba a encargarse del biopic de la pintora Margaret Keane muchos pensamos que era el director idóneo. Además de ser un fan confeso de la artista y de poseer algunos cuadros originales, no hacía falta ser un experto en arte para darse cuenta de que su obra ha influido notablemente en la estética burtoniana: personajes de ojos expresivos (por su tamaño y sus acentuadas ojeras) que emanan un aire melancólico, de cierta indefensión y desamparo. Sin embargo, una vez estrenada Big Eyes, no deja de resultar paradójico que precisamente en un filme donde los ojos tienen un papel tan destacado sea difícil reconocer la mirada del director.

Big Eyes narra la historia de Margaret (Amy Adams), una pintora especializada en retratar niños (a menudo acompañados de animales, especialmente gatos) con unos ojos desproporcionadamente grandes. Según declaró en numerosas ocasiones, lo hacía porque “los ojos son la ventana del alma” y ella expresaba a través de ellos su inseguridad y tristeza. Siendo una mujer acomplejada y que se infravaloraba, no resultó raro que se dejara engatusar por un embaucador llamado Walter Keane (Christoph Waltz), un pintor de escenas parisinas en horas bajas que le prometió cuidar de ella y de su hija. Tras comprobar que ella no tenía tablas para vender su obra a los clientes ni para conceder entrevistas a los medios de comunicación, él, que era un RRPP perfecto, decidió otorgarse la autoría de los cuadros de su mujer. A medida que fue creciendo su fama y su fortuna, Margaret se sentía cada vez más arrepentida de haber aceptado la farsa, ya que creía que estaba perdiendo una parte importante de su identidad. Y por eso decidió contar al mundo la verdad, aun corriendo el riesgo de que no la creyeran.

Walter Keane, que nunca reconoció no haber pintado él los “ojos grandes”, revolucionó la accesibilidad y la comercialización del arte, ya que fue el primero (o, como mínimo, uno de los pioneros) en comprender que la mayoría de los que admiraban  una obra y no podían comprar un original por falta de recursos se conformaban con tener una copia, ya que lo que les importaba era tenerlo. Y así empezó a vender los carteles de las exposiciones, los folletos explicativos y después a imprimir copias en serie, láminas para vender en los supermercados, etc.  Precisamente la película se centra en demostrar cómo Margaret perdió el control de su obra a manos de su ambicioso marido.

Big Eyes cuenta, por lo tanto, con una apasionante historia y los protagonistas interpretan a la perfección sus personajes (¿aunque quizá Waltz está un poco sobreactuado?), pero el enfoque, la mirada, no lo es. En ningún momento reconocemos elementos típicos del universo de Tim Burton, sino que más bien parece un telefilme de sobremesa de aquellos que al final incluyen en un par de líneas una explicación sobre cómo siguió la vida de cada uno de los personajes. Burton estaba capacitado para realizar un biopic mucho más personal, tal y como demostró con Ed Wood, sobre el que fue considerado el peor director de cine de la historia. De hecho, ni siquiera su compositor fetiche Danny Elfman logra crear una pieza musical realmente identificativa o memorable, mérito que sí ha conseguido en la mayoría de sus otros trabajos conjuntos. En definitiva, Big Eyes no es una mala película, pero los que nos sentimos fascinados por la peculiar mirada de Tim Burton esperábamos mucho más.

 

Patricia Tena

 

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Tráiler

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