Acontrapelo

 

Con A contrapelo J.K. Huysmans decidió escribir un feroz ataque contra el naturalismo bajo un disfraz muy curioso: el texto se lee como un compendio de los placeres estéticos y sensuales de alguien ya sólo interesado en lo artificial, en lo delicado, en lo sublime, en aquellos productos surgidos de la mano del ser humano que consiguen llevar a límites insospechados lo que la naturaleza sólo proporciona en forma de semilla. Entre otras cosas, lo que hace es edificar con ejemplos y anti-ejemplos una casa-teoría en la que el mobiliario, los sabores, las imágenes y los recuerdos – y los libros, por supuesto- reflejan el estado interior del personaje y cambian y se modulan al tiempo que lo hace la sensibilidad de su morador. De lo que se trata es de construir un submundo “artificial” a partir de lo que ofrece el mundo “real”, un escondite en el que puedan colmarse todas las exigencias y todos los deseos de alguien que busca huir de la vulgaridad, de lo común.

¿Quién es el protagonista? Des Esseintes, alter ego del propio Huysmans, es un individualista exacerbado, un elitista obsesionado por encontrar trazos de belleza en lo opuesto a lo convencional y a lo conservador. Ha construido su sensibilidad, su obra, su vida, en base a los libros que ha leído, como una especie de último epígono quijotesco en una sociedad en la que el héroe de Cervantes tenía ya poco por decir. No en vano Des Esseintes dedica un tercio del libro más o menos a ordenar, analizar y comentar las publicaciones que forman parte de su colección. Cuando Des Esseintes al fin ha logrado levantar el edificio de sus sueños, salido absoluta y completamente de su imaginación y de su sensibilidad, especie de encarnación sui generis de ideas mal llamadas platónicas, el personaje vivirá envuelto en sí mismo, al convertir su morada en espejo y reflejo de su propia interioridad. Será arquitecto, decorador, cocinero, poeta y pintor de su interior y de su exterior, del mundo y del espíritu, de lo visible y de lo invisible. No tendrá reparos en subyugar a personas y animales para (re)construir ese mundo ideal del espíritu y dispondrá de todos los recursos para llenar cada hueco de su cuerpo de las delicias y las delicadezas que necesite. Tengamos presente que Des Esseintes sufre de neurosis, y que su cuerpo frágil y marchito, marcado por una genética defectuosa, encuentra (o debería encontrar) en esta vida secreta, individualizada y hecha a medida lo necesario para llevar una vida plena y adaptada a sus propios deseos. ¿Es realmente así, sin embargo? ¿Puede llevar a cabo su proyecto? Y, más aún, ¿es capaz de soportar(se) tanto tiempo en estas condiciones?

Des Esseintes nos explica en varias ocasiones cómo es posible engañar a los sentidos para que el cuerpo –y la mente- experimenten como real aquello que nosotros decidamos. Sólo es necesario hacer uso de algunos trucos estéticos –decoración de paredes, luz, olores…-, según cuenta, para hacer real la ilusión. Ahora bien, me pregunto hasta qué punto no es necesario cierto grado de inconsciencia o, lo que es lo mismo, de fe, de locura, para aceptar como verdadero lo que sin duda sabemos que no lo es. Como en el proceso de leer, o de contemplar una película, aceptamos como verdad y como mentira al mismo tiempo los datos que se nos ofrecen para vivir la ilusión al tiempo que para desmentirla, en un doble proceso que requiere de un equilibrio no siempre fácil de lograr. Siento que para vivir en la casa de Fontenay haría falta un enorme grado de inconsciencia/neurosis/fe para vivir el kitsch y lo artificial como algo real, delicioso e inevitable.

Lo peor, sin embargo, no es lo difícil de vivir en esa casa, precisamente por lo notablemente superficial y forzado de sus características –el propio Des Esseintes se ahoga en el mar de reflejos de su propia sensibilidad- sino el modo en que esa fe “inquebrantable” de Des Esseintes en su proyecto, esa fe de Chateaubriand en la bondad del arte cristiano, o la fe en los mundos creados a partir de los estupefacientes en Philip K. Dick forma parte de un mismo proceso psíquico, fundado en una única necesidad: la de sentir que formamos parte de algo mayor que nosotros, la de sentir que pertenecemos a algún lugar, o al menos a nosotros mismos. En definitiva: que cualquier auto-engaño puede ser operativo si así podemos seguir viviendo, esto es, cualquier respuesta puede ser buena si nos preguntamos por los motivos por los que habitamos un planeta que ni siquiera podemos llegar a conocer.

Más aún: Des Esseintes cree en lo verdadero e inevitable de sus impresiones, deseos e ideas de la misma manera que en el mundo “real” la verdad viene justificada y corroborada por los mecanismos que buscan –e incluso construyen- esa verdad. La impresión de realidad, a la postre, es mucho más relevante que la propia realidad, por cuanto, sea lo mismo o no que esa base objetiva en la que se sustenta, será a partir de nuestra percepción de lo exterior que nos moveremos e interactuaremos con las demás personas y/o cosas. Lo que al final acaba diferenciando lo real de lo irreal es la persistencia, esto es, la sensación de continuidad. A eso mismo nos referimos al decir que el tiempo lo pone todo en su lugar, ¿no? Que aquello que supuestamente es eterno –si es que de verdad podemos hablar en esos términos- superará en lo temporal a lo caduco.

Cuando Des Esseintes está releyendo, ordenando y recolocando los libros de su biblioteca está, literalmente, oliendo, manoseando y gozando con aquello que conforma su visión del mundo. A veces en la forma de libro, a veces en la forma de la piel de la cubierta o del papel especial en el que se ha impreso el texto, a veces en las propias palabras que conforman la obra. Nos explica por qué elige a unos por encima de otros, cuáles son sus preferencias, y en cuáles de ellas ha decidido creer. Pero los motivos que esgrima, no por acertados o perspicaces dejan de ser subjetivos e, incluso peor, peregrinos. Al menos para los demás. Y en ningún caso llega a satisfacer la curiosidad del lector de: ¿por qué? ¿Por qué recubre de oro y diamantes el caparazón de una tortuga hasta matarla? ¿Por qué quiere pervertir a un jovenzuelo con el que se cruza en la calle? Los libros nos pueden enseñar ejemplos de actuaciones parecidas, referentes, reflexiones que podemos relacionar con lo que hace Des Esseintes, pero aún así, como quien dice, del dicho al hecho hay un trecho, esto es, de lo que se lee, a lo que se hace, hay todo un mundo por cruzar.

Del mismo modo, creer en las obras de Freud, en la existencia de los ovnis, en algún dios o en el poder transformador del arte puede motivar a las personas a realizar todo tipo de actos extravagantes, y eso en cierta manera permite convertir en “realidad” efectiva, pragmática, lo que no deja de ser un pensamiento subjetivo. Como, por ejemplo, construir un órgano de licores, o convertir el comedor de tu casa en el camarote de un navío. Imperios enteros se han construido en base a ideas y conceptos personales. Pero eso no lo hace menos incomprensible. ¿Por qué hace la gente lo que hace? ¿Y por qué (posiblemente) mencione libros que han inspirado, apoyado e incluso motivado a actuar?

Toda biblioteca es una manera artificial de ordenar una serie de libros, de experiencias, incluso de vidas. No deja de ser una especie de hogar dentro del hogar, o como una casa pequeña dentro de una segunda morada levantada en el interior de esa gran casa que es el mundo. Las obras, los valores, las experiencias –leídas o vividas- que constituyen esa biblioteca serán al final los faros y las luces que nos guiarán en el proceso de vivir.

Ahora bien, escojamos los que escojamos, tendremos que ser conscientes siempre de que esas elecciones son arbitrarias. Por mucho que nos esforcemos en justificar nuestras decisiones, siempre habrá –o debería haber- un momento en el que nos veamos obligados a reconsiderar nuestros pasos. La biblioteca formará parte intrínseca de nuestras acciones, al comprender nuestro bagaje cultural y personal y al dar espacio para que hablen las voces de aquellos que queremos que nos guíen. Pero no podemos llegar a confundirnos plenamente con nuestra biblioteca. Nosotros no somos nuestra biblioteca.

Es por ese motivo que Des Esseintes enferma cuando se encierra en su casa de Fontenay. Nadie puede soportar el vivir encerrado entre las cuatro paredes de su propio espíritu, de sus libros, de su imagen. Tiene que haber espacio para el cambio, para el aire fresco; para la vida, en otras palabras. Al final del día, los libros (la biblioteca) nos dan pistas, nos abren caminos, nos muestran las vías por las que podría discurrir nuestro deambular existencial. Quizás nos ayuden a ver más claro lo que antes no comprendíamos. Pero en ningún caso deben pasar por reales o, en cualquier caso, por definitivos. No hay nada definitivo. Eso es precisamente lo que asegura nuestra libertad como seres autónomos. Y, como nos muestra Huysmans, está en nuestras manos preocuparnos por ser, o no ser, desde un punto de vista estético, partes de esa vulgaridad que a día de hoy lo corrompe todo. Desde luego, viendo la televisión o leyendo los periódicos, parece que a día de hoy nadie querría ser considerado ordinario, o parte del vulgo, de “aquello” que realmente no puede ser considerado, de ningún modo, atractivo o seductor. Pero, claro, ¿no es precisamente eso lo que convierte a dicho deseo en algo vulgar? ¿No es un signo de vulgaridad el querer huir de ella?

 

Ignasi Mena

 

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A contrapelo / J. K. Huysmans / Ediciones Cátedra / 1ª edición, 2004 / Traducción de Juan Herrero / 376 páginas / ISBN 9788437604909

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