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Debo reconocer que En busca del tiempo perdido siempre me había parecido una especie de Tourmalet de la literatura universal. Había intentado varias veces leer Por la parte de Swann, el primer volumen de este gigante de siete tomos, pero nunca había pasado más allá de la magdalena; ya saben, ese momento en que el narrador y protagonista, al mojar un pedazo de ese bollo en una taza de té, empieza a notar que algo se activa en su memoria de forma involuntaria, percibe una sensación que lo remite a su infancia sin tener muy claros, a priori, los vínculos que lo hacen indagar en el tiempo.

Ese es el punto de partida de esta aventura que nos propone Proust. ¿Puede un estímulo en el paladar desencadenar la memoria de una forma tan productiva? Dice Proust en el primer capítulo: “Cuando después de la muerte de las personas, después de la destrucción de las cosas, nada subsiste de un pasado antiguo, sólo el olor y el sabor -más débiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles- perduran durante mucho tiempo aún, como almas, recordando, aguardando, esperanzados, sobre la ruina de todo lo demás, portando sin flaquear sobre su gotita casi impalpable el inmenso edificio del recuerdo”. Y así es como el sentido del gusto, por azar, empieza a armar el andamiaje de ese inmenso edificio del recuerdo que lo llevará, en primer término a sus vacaciones en Combray, cuando su tía mojaba una magdalena en una tila y se la daba a probar en aquella “vieja casa gris que daba a la calle, donde estaba su cuarto”. Y de la casa a la ciudad, las calles, los jardines, los nenúfares, los paseos y las flores del señor Swann. Todo emergiendo del mapa mental que se dibuja en esa taza de té.

De Por la parte de Swann (hablo del primer tomo de En busca del tiempo perdido) no se debe esperar una novela con una trama compleja ni una gran epopeya con personajes heroicos, aunque es cierto que la lectura requiere tiempo y paciencia. No estamos tampoco, creo yo, ante una obra difícil, sino más bien al contrario, se trata de un ejercicio literario tan ambicioso como sencillo. Dicho de otro modo, a ratos puede resultar una lectura densa (aburrida, por qué no decirlo) pero no intrincada. Cierto es que a Proust se le va la mano con las frases largas llenas de puntualizaciones o acotaciones, pero en el fondo esa manera de escribir responde también a la estructura narrativa de En busca del tiempo perdido: dentro de cada idea, de cada historia, hay muchas otras contenidas. Proust enlaza, se recrea, da rienda suelta a su mente y a su escritura, pero no hay que olvidar que lo que aquí tenemos no son unas memorias al uso, entendiendo por ello que no ha sido pensada (y organizada) de cabo a rabo antes de ser escrita; el narrador se ha metido un pedazo de magdalena a la boca y ha empezado a recordar. Por la parte de Swann es una especie en movimiento, no nos llega fosilizada a pesar de hablar del pasado sino que el engranaje funciona para mostrarnos (para absorbernos en) los mecanismos de la memoria.

En su Historia de la literatura universal, Martín de Riquer y José María Valverde afirmaban que “ni por un momento pretende Proust en serio que su obra sea otra cosa que autobiografía” y más tarde añaden: “esa autobiografía, a fuerza de exhaustiva, llega a tener un tono impersonal, frío, como si la persona del escritor sirviera simplemente de sujeto experimental, al margen de todo interés propio. Por eso, ante quien lee con plena penetración literaria, la amoralidad extremada de muchos pasajes y situaciones pierde su capacidad de mancha humana, su poder de enturbiarnos en la convivencia interna de la lectura, porque el escritor escribe de sí como si se hubiera despojado de su propia individualidad”. Esta sensación se aprecia a la perfección a medida que uno se adentra en la lectura. El primer tomo arranca con el autor explicándonos lo que se experimenta cuando uno se desvela en mitad de la noche y poco más tarde nos confiesa que cuando era pequeño y le tocaba irse a acostar, se inquietaba pensando en la posibilidad de que su madre no le diera el beso de buenas noches. Sentimos que es Proust quien nos lo está explicando a nosotros, de tú a tú, pero luego el autor toma distancia de sí mismo, nos lanza el gancho para que entremos en el libro y luego nos guía desde fuera. Para De Riquer y Valverde, “esta aparente paradoja quiere decir que no comprendemos plenamente hasta que no nos hemos distanciado de la percepción lo bastante como para verbalizarla y conceptuarla, o sea, para hacerla incluso comunicable”.

Proust intenta recordar “sintiendo en lo más profundo de mi ser tierras reconquistadas al olvido que se desecan y se reconstruyen”. Pero Proust no recuerda por el simple gusto de recordar, sino que le sirve para reflexionar sobre las encrucijadas de la vida, del ser humano ante el mundo: la manera en que amamos, en que nos relacionamos, en que fingimos, en que nos dejamos dominar por las pasiones, en que envejecemos, en que nos sentimos frustrados… ¿Quién no se ha sentido alguna vez como Charles Swann mostrándose tan cómodamente ajeno a las imposturas sociales o tan desorientado como él ante un amor tan contradictorio y tormentoso como el de Odette de Crécy? En ese sentido, como dice el profesor Carles Besa, el tiempo adquiere en Proust una dimensión existencial. Para Besa, En busca del tiempo perdido es novela psicológica, filosófica, social, sentimental y erótica pero sin olvidar que es una “novela sin intriga”. Proust se ejercita en su obra y nos anima a hacer lo mismo, a coger un pedazo de magdalena, mojarlo en una taza de té y luego, simplemente, dejarse arrastrar.

 

Manel Haro

@manelhc

 

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Ediciones en castellano en Alianza, Debolsillo y Valdemar.

Ediciones en catalán en Viena Edicions y labutxaca.

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