Cuando uno entrevista a Fabián Barrios (Santiago de Compostela, 1973), parece imposible no dejarse convencer por sus argumentos. Este aventurero gallego es licenciado en Psicología Social, ha sido empresario de internet, doblador, guía de un castillo medieval, actor de telecomedias y presentador de radio. En 2010 abandonó su vida de empresario y se lanzó a la carretera sobre su moto. Acaba de publicar Las mejores rutas por el Mundo en moto (Anaya), un compendio de las quince mejores rutas que ha hecho en estos años.

 

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“La moto es el mejor instrumento para conocer el mundo”

 

Manel Haro. Barcelona / @manelhc

¿Cuántos países ha recorrido en moto?

Verá, yo me siento un poco como un Casanova de los países. Estoy convencido de que Casanova sólo tenía una idea muy aproximada del número de mujeres que había cortejado. Y a mí con los países me pasa más o menos lo mismo. La última vez que miré estaba la cosa en unos ochenta, aunque a saber.

Cuando uno piensa en viajar en moto, quizá lo primero que se le viene a la cabeza es libertad. ¿Qué otras ventajas tiene viajar de esta manera?

La moto es el mejor instrumento para conocer el mundo. Gracias a ella estás mucho más conectado con el entorno: con la lluvia, el viento, los calores, el polvo, el frío. La forma que tiene de transmitir el asfalto cada una de sus vibraciones y rugosidades. Con la moto eres consciente como con ningún otro medio de transporte del cambio gradual de los climas, los sabores, paisajes y rostros. Pero es que, además, la gente se te acerca mucho más, sienten una mezcla extraña de curiosidad, solidaridad y un cierto punto de respeto. Para no hablar de la impresionante solidaridad de la comunidad motera del mundo entero, porque yendo en moto, siempre encontrarás un hermano por donde quiera que vayas, alguien que ha vivido o vive lo mismo que tú, te comprende y te cobija.

¿Cuáles serían los inconvenientes? ¿Quizá enfrentarse al mal tiempo? ¿Las infraestructuras de algunos países?

¿Y desde cuando el mal tiempo es un inconveniente? Es, en todo caso, una característica y, como cualquier cosa de este mundo, merece ser vivida. La Patagonia no sería lo mismo sin su viento rugiente, el desierto de Atacama o el Kalahari no sería tal sin el sol abrasador. La moto, claro, tiene un problema básico de seguridad: estás expuesto a cualquier golpe, aunque un poco menos que nuestros primos hardcore, los ciclistas, ellos sí, verdaderos héroes de la carretera. Otro inconveniente quizá sea el dolor de rabadilla. Pero poco más, ¿eh?

Está bien saberlo, pero ¿qué me dice de cruzar fronteras? Necesitará enfrentarse a trámites burocráticos constantemente…

Suele ser una duda frecuente. Casi todas las fronteras funcionan de la misma manera: pasas tú -el trámite de inmigración- y pasa la moto -el de importación-. Cada trámite requiere unos papeles específicos, pero no es nada que no puedas conseguir tras una mañana investigando en Internet sobre las peculiaridades de cada país. Hay algunos visados que no se conceden más que en el país de residencia, otros con ciertas características temporales… Pero si algo he aprendido de mis viajes es que al final todo se resuelve.

Parece fácil…

Permítame un consejo: si encuentras una burocracia especialmente enrevesada, juega con sus mismas reglas. Inúndalos de papeles innecesarios. Todo lo que tenga un sello es susceptible de ser empleado. Dales miles de fotocopias, compulsas, fotografías. Al final, es más una cuestión de vencer la paciencia o abrumar, o caer bien al funcionario de turno.

¿Cree que la moto es todavía hoy una manera desconocida de viajar? Es decir, ¿cree que la mayoría de la gente asocia la moto a un tipo de viaje y a una imagen un tanto novelesca o peliculera del motorista?

Se sorprendería de la cantidad de locos que se encuentra uno dando tumbos por ahí. Internet ha contribuido, o está contribuyendo, a popularizar los grandes viajes en moto. Personajes como Charly Sinewan, Miquel Silvestre, Fernando Quemada o Alicia Sornosa ejercen un papel importantísimo de evangelización en este sentido, desmitificando el concepto de viajar en moto. Le prometo que es muchísimo más simple de lo que parece. ¿Usted cree que puede hacer doscientos kilómetros al día con un vehículo? No parece descabellado, ¿verdad? Pues así me hice yo la vuelta al mundo.

¿Y se necesita algún tipo de preparación para hacer un viaje en moto, más allá de la puesta a punto del vehículo?

La verdad es que yo apenas tenía experiencia alguna cuando me embarqué en la vuelta al mundo. Puse un anuncio en la prensa buscando profesor de mecánica, y me llamó un loco ofreciéndose a enseñármelo todo gratis. Por su voz, yo estaba convencido de que acabaría descuartizado en su congelador, pero no. Un tipo estupendo. No sé si aprendí mucho con él, fue más bien la persistencia y el tener que sacarme las castañas del fuego al encontrarme sin rumbo, perdido, y en el lodo. Literalmente.

Entre las zonas que ha recorrido están la Patagonia, la costa de Brasil, los Andes, los volcanes de Centroamérica y Siberia Occidental entre otras. ¿Cuál ha sido el viaje más difícil que ha hecho?

Quizá la carretera más complicada haya sido la Moyale Road, porque condensa todas las maldades de todas las carreteras del mundo, y además, tiene bandoleros. O presuntos bandoleros, porque yo allí sólo vi algunos pastores masaai que me saludaban agónicamente desde la lejanía. La Moyale conecta Etiopía y Kenya. Barro, piedras, corrugaciones, polvo, arena, una y otra vez. Se desmonta la moto en el intento. Pero mire, ahí están los amaneceres más bonitos de África, así que, ¿por qué no ir a hacerla?

Creo que podría convencerme de cualquier destino, pero permítame preguntarle cómo manda la moto a la Patagonia, a Brasil o a Siberia.

A Siberia se va conduciendo sin más complicaciones. Siberia diría que es fácil, si no quieres complicarte mucho la vida, sólo necesitas el visado ruso, y ese te lo consigue un conseguidor que por cincuenta euros lidia con la burocracia del país sin más. Para portes intercontinentales, hay un poco más de jaleo. Se mete en una caja, se le extraen todos sus fluidos, se le desinflan las ruedas -que si no explotan por la presión atmosférica-, y al día siguiente aparece en la otra punta del mundo. Yo me llevé la moto como equipaje desde Sao Paulo a Sudáfrica sin demasiados aspavientos. Sólo hay que encontrar al tipo que se encarga de hacer el papeleo y la caja. Pero, vamos, ese tipo ya se ha encargado de anunciarse en Internet.

Me consta que le preguntan constantemente sobre la gasolina y qué hacer si no hay donde repostar. ¿Nos cuenta alguna anécdota o detalle curioso al respecto que le haya ocurrido? 

La gasolina más agónica que tuve ocasión de probar fue en Pakistan, en una zona que llevaba sin abastecimiento nueve meses. Cuando se abrió la carretera pasé yo, y pasaron unos chinos que llevaban combustible gratis. Se hicieron unas fotos para la prensa china, donando unos camiones a los pobrecitos pakistaníes, y a mí me dieron treinta litros para que me fuera de allí y dejara de incordiar. En Sudán me pilló la guerra, y el país se quedó desabastecido. También encontré problemas de abastecimiento en Malawi, por ejemplo, donde tuve que comprar gasolina adulterada, que la mezclan con queroseno, alcohol, de todo…

Y la gasolina no era cara… 

La gasolina más barata del mundo está en Venezuela. En ocasiones, si no tenía cambio, me dejaban marchar sin pagar. Unos cincuenta céntimos, llenar el depósito.

Y supongo que siempre hay riesgo de que le roben la moto… ¿Cuál sería el plan B si esto ocurre?

A mí no me han robado nunca nada. Pero mire, si es que es todo más sencillo. Si se la roban a usted, ¿qué haría? Pues no lo sé. Ir a buscar una de segunda mano que alguien tenga por ahí, ¿no? No dramaticemos, que todo tiene solución.

Entonces, ¿usted cree que consideramos el mundo más peligroso de lo que es? 

Por supuesto. El mundo no tiene nada de peligroso. Todo lo contrario.

Pero supongo que, al menos, cuando uno viaja por cuenta propia en vehículo, siempre se expone a que lo pare algún policía corrupto. 

Sí, pero es una cuestión de paciencia, como casi todo. Los policías corruptos están acostumbrados a que la gente le pague sin rechistar para evitar problemas. Yo, en cambio, como tengo todo el tiempo del mundo, me siento allí y espero que se le pase el berrinche al tipo. No digo nada. No respondo a provocaciones más que con una débil sonrisa. Me quedo mirando al infinito. Jamás dejo que toquen mi pasaporte ni mi documentación, me niego a dársela, yo les paso las páginas, yo les enseño los sellos que quieran ver, pero nunca jamás les dejo en sus manos el documento -porque se quedarían con él secuestrado-. Y así, con resistencia pasiva, sin decir nada, sin dar el paso a torcer, puede ocurrir que el tío se harte y te deje ir, o se termine su turno y yo pueda marcharme. Y poco más misterio tiene la cosa.

 

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¿Y qué me dice del equipaje? ¿Hay que aprender a viajar ligeros?

Cuando llegué a Pakistan la primera vez, envié a casa 35 kilos de vuelta. Con eso, se lo digo todo. Bueno, no, espere, le diré más. Hace unos meses me fui caminando de Kathmandu al Tibet con las manos en los bolsillos. Ahí sí que ya se lo digo todo.

Dice usted en su web que viajando en moto, se está un 30% más vivo. ¡Explíqueme eso!

¿He puesto yo lo del treinta por ciento? ¡Qué barbaridad! Es más bien un noventa, o un ciento diez. Mire: yo me hice en moto el trayecto Miami – México DF en una ocasión. Estaba en Estados Unidos, comiendo hamburguesas y cosas así. Crucé la frontera de Tijuana, cuyo nombre ya de por sí resulta aterrador. Me fui a un puestucho de tacos misérrimo, me pedí unos taquitos y cuando le hinqué el diente a aquello, todas las moléculas de mi cuerpo se esponjaron. Oh, Dios. Pero qué sabor. La cebolla, el cilantro, la sal, los trocitos de tomate, todo sabía infinitamente más que en USA. Con la moto, pasa lo mismo.

¿Cuál fue su primer viaje en moto?

Alquilé una moto en Tokyo y me fui dando un garbeo por los Alpes japoneses. La moto traía un GPS que me contaba la historia de los monumentos que me encontraba, me decía dónde comer el mejor ramen, y me llevaba cada noche al hotel que tenía reservado. Los japoneses son así.

¿Cuál sería ese gran viaje que todavía no ha hecho y que le encantaría hacer?

Le tengo unas ganas enormes a China. El problema de China es que requieren un carísimo guía-censor que te acompañe todo el rato, con el GPS confiscado, el wifi racionado. No puedes hablar con los nativos, y te explican lo justo y, obviamente, sólo una parte de la historia de lo que allí ocurre. Y así, viajar, es un fastidio. He estado en China dos veces ya pero nunca libre y a mi bola. Me apetece muchísimo comenzar en el norte y recorrer todo el país metiéndome en arrozales, bordeando la Gran Muralla, las costas del Pacífico… sólo de pensarlo, se me ponen los pelos de punta. Y, además, me está esperando un libro allí. Así que habrá que hacerlo.

¿Nos recomienda una ruta para hacer en moto por España?

Pues ya que soy gallego, permítame que barra para mi casa. Día primero: Partiendo de Santiago de Compostela, vas a conocer las Rías Baixas, de costa suave castigada por el Atlántico. Primero, la Península del Barbanza, situada entre las rías de Muros y Vilagarcía. Toma la vía rápida Santiago-Noia, donde no vale la pena detenerse. Continúa hasta encontrar el Castro de Baroña, precioso enclave celta en una pequeña península. Pasa por el pueblo de pescadores de Porto do Son y continúa hasta el complejo lunar de Corrubedo, el más grande de la Península. Sube hasta el Monte da Curota, con caballos salvajes, desde lo alto tienes una vista privilegiada de toooooda la península y las rías. En Catoira (de camino a la siguiente ría) verás unas curiosas torres defensivas. Continúa hasta la curiosa Isla de Arosa, cuyo poderío económico se debe fundamentalmente al narcotráfico. En Cambados -plaza principal con encanto- puedes degustar vino autóctono. Prosigue hasta la Isla de la Toja (de camino está la bonita Praia de A Lanzada, donde ruge el dios Atlante), y tómate un té en el Gran Hotel. Regresa a Santiago a cenar/dormir. Al día siguiente, conoce la Costa da Morte. Aquí el Atlántico ha creado acantilados y riscos que están entre los más altos de todo el continente. Mar bravío, leyendas, lluvia, Galicia en estado puro. Aconsejo dedicar a esta ruta dos días y una noche.

¡Impresionante! ¿Y cómo sigue el día siguiente?

Comenzamos en Santiago de Compostela. Misma carretera que el día anterior, pero en Noia tomamos la desviación hacia el norte, no hacia el sur. Al norte de Muros está Carnota, que tiene el hórreo más grande del mundo, propiedad como no podía ser menos del cura. Conviene detenerse en Ézaro, uno de los pueblos de pescadores más bonitos de la región. En Finisterre, visitar el faro y el final del Camino de Santiago, donde los peregrinos van a quemar las zapatillas. Sigue la costa hasta llegar a Camariñas, para ver en acción a las palilleiras haciendo encaje. Prosigue hasta Buño, famosa por la industria de las ollas autóctonas. Pega un salto hasta Cabo Prior (si quieres ver A Coruña por el camino, puedes, tiene un bonito paseo marítimo, y si quieres algo menos transitado, de camino está Betanzos, con arquitectura similar, pero más de pueblo). De contar con tiempo, conviene rodear la Ria de Betanzos para llegar a la Costa Ártabra. En Cabo Prior hay que buscar las viejas trincheras militares abandonadas y perderse en ellas. La costa de Valdoviño es tan agreste que Roman Polanski la empleó para rodar en ella La Muerte y la Doncella.

Continúe…

A partir de aquí, la cosa se pone especialmente bonita. Aconsejo visitar algún cementerio marinero por el camino, son curiosos. Continúa bordeando el océano hasta Cedeira. Desde Cedeira, toma la carretera señalizada a San Andrés de Teixido, en la bifurcación (A San Andrés de Teixido y Cariño), sigue la carretera a Cariño, pasa Teixidelo y el parque eólico, a 3km se encuentra el mirador (señalizado). Ojo con los caballos salvajes. Nota: es imprescindible bajar hasta San Andres de Teixido, es un pueblo con mucho encanto, donde intentarán venderte unas horrorosas figuras de pan muy naïf. Dice la leyenda que “Teixido, vai de morto quen non foi de vivo”. Si no vas en vida, irás una vez muerto convertido en alimaña. Hasta hace poco, la gente peregrinaba a San Andrés comprando dos billetes de autobús, uno para el vivo y otro para el muerto. Bebe agua de todos los caños de la fuente y contempla los exvotos de marineros en la capilla. Mi sugerencia: Cedeira -> San Andrés -> Garita da Herbeira -> Cariño -> Cabo Ortegal, por ese orden. Desde ahí, prosigue ruta hasta Ortigueira. De ahí, puedes abandonar Galicia siguiendo la línea de la costa y adentrándote en Asturias, los paisajes son muy impresionantes.

 

 

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