Tras el éxito de Don de lenguas (Siruela), Rosa Ribas y Sabine Hofmann vuelven a la España franquista para enfrentar a la periodista Ana Martí a los fantasmas de la dictadura. Su nueva novela, El gran frío (Siruela), se sitúa en febrero de 1956, el invierno más gélido que se recuerda en la España de las últimas décadas. Martí, que trabaja para El Caso, se desplaza a un remoto y aislado pueblecito del Maestrazgo aragonés para cubrir el caso de una niña a la que han brotado unos enigmáticos estigmas, jaleada por un cura y un alcalde encantados de que el martirio de su ‘santita’ se haga famoso en todo el Estado, dispuestos a conseguirlo a cualquier precio. El frío glacial y el fanatismo religioso impregnan un relato que las autoras han decidido trasladar al campo, en un impactante retrato de la cruda realidad de la España rural de los años cincuenta.

 

Rosa Ribas (izquierda) y Sabine Hoffman (derecha)
Rosa Ribas (izquierda) y Sabine Hofmann (derecha) / Foto: Gustavo Pérez-Rodríguez Terminel

 

“Queríamos crear una atmósfera asfixiante, claustrofóbica; una metáfora de la España franquista”

 

Laura De Andrés. Barcelona

Escribir a cuatro manos no parece una técnica fácil. ¿Habéis empleado el mismo procedimiento que en Don de lenguas, que pudimos conocer a través del diario publicado en Llegir en Cas d’Incendi?

Rosa: En esta segunda novela hemos cambiado el procedimiento. Si en Don de lenguas compartimos todas las etapas de la escritura, desde la idea inicial, en El gran frío el trabajo conjunto se concentró en la planificación y la revisión.

Sabine: De la escritura se encargó básicamente Rosa, aunque yo escribí algunos capítulos para estar dentro del texto y poder ir dando el feedback necesario.

¿Este cambio de procedimiento responde a nuevas necesidades?

Rosa: Sobre todo queríamos agilizar la escritura de la novela. En Don de lenguas uno de los objetivos era el propio aprendizaje y la observación de los procesos creativos.

Sabine: Cuando terminamos Don de lenguas, ya teníamos muy clara la historia para esta segunda novela, estábamos dentro de la época, conocíamos perfectamente a los personajes… La novela estaba pidiendo ser escrita, pero no con el mismo procedimiento que la anterior, porque lo que queríamos experimentar ya lo habíamos tenido con Don de lenguas.

Rosa: Y no queríamos repetir. Tampoco lo hemos hechos con los escenarios ni con la forma narrativa. Necesitábamos un reto, no queríamos caer en fórmulas.

En esta nueva novela toman la España de la segunda parte de los 50 como escenario. Un espacio temporal entre la posguerra más acérrima y el incipiente inicio del desarrollismo, con muchos tics propios. ¿Qué os sedujo de este período?

Rosa: Con esta trilogía queremos recorrer un panorama de los cincuenta, una época sobre la que hay muchas cosas que contar. Es una época de grandes contrastes, como mostramos en El gran frío al llevar a la protagonista de la ciudad al mundo rural. Aunque no lo tratemos en esta novela, la mitad de los cincuenta marca también muchas pautas del desarrollo del país: hay un cambio en el poder, empiezan a desaparecer los falangistas de la vieja guardia y entran los tecnócratas vinculados al Opus, disminuye la penuria económica

¿Cómo se aproxima una filóloga alemana a un momento histórico tan particular  como la dictadura española?

Sabine: algunos aspectos básicos de la época, como datos históricos o conceptos clave, ya los conocía gracias a mi formación como hispanista. Me faltaban más conocimiento acerca de la vida cotidiana en la época, los pequeños detalles del día a día, de modo que empecé a leer (novelas, ensayos, biografías) y a ver películas, el NODO. Además, y eso fue muy importante, entrevistamos a personas que vivieron esos años  y que con sus relatos nos dieron detalles que nos permitieron hacer más vívida la época.

El gran frío supone la evolución de la periodista Ana Martí, que tiene muchos frentes abiertos: mujer, no casada, hija de un periodista ‘depurado’ que lucha por hacerse lugar propio en ese mundillo… ¡y todo ello en el contexto de la España de los 50!

Sabine: Sí, no se lo ponemos nada fácil. Pero Ana es una luchadora.

Rosa: Una mujer de los cincuenta que, a pesar de todo, intenta abrirse camino profesional en un ámbito masculino como es la prensa. A la que su éxito en Don de lenguas le sale caro porque no puede seguir trabajando en La Vanguardia, ya que se ha hecho demasiado visible.

Da el salto a El Caso, el periódico de sucesos por antonomasia. ¿Era una manera de rendir homenaje a esta publicación? 

Sabine: El Caso es un fenómeno único, que alcanzó tiradas exorbitantes. Recogía la enorme atracción que se siente tradicionalmente por los sucesos morbosos, una tradición que, como se menciona en la novela, ya se remonta a la Edad Media.

Rosa: Los periodistas de El Caso aportaron una nueva forma de acercarse a la noticia, pisando calle, ensuciándose los pies, como decía uno de sus fundadores, Enrique Rubio, que aparece como personaje en la novela.

La historia se desarrolla durante uno de los inviernos más fríos que se recuerdan. De hecho, el frío lo impregna todo, es un protagonista más. 

Sabine: El frío es uno de los antagonistas de Ana. Y, bien pensado, del pueblo entero.

Rosa: Es un frío durísimo, cruel. Es un frío que mata.

El pueblo donde transcurre la trama, Las Torres, también ejerce su papel protagonista. Un pueblo perdido, en mitad de la montaña, aislado por una gran nevada. 

Rosa: Queríamos lograr una atmósfera asfixiante, claustrofóbica, que se pueda leer como una metáfora de la España franquista.

En este escenario ‘cerrado’ se da un fenómeno a priori extraordinario: una niña con estigmas. En una España profundamente católica no hay lugar para explicaciones racionales.

Sabine: Si en las ciudades la Iglesia tenía un poder enorme, en los pueblos como Las Torres éste era aún mayor. La vida de la gente estaba sometida a sus dictámenes.

A Ana Martí, sin embargo, no le convencen estos argumentos. 

Sabine: Ana es escéptica, muy racionalista. Es uno de los rasgos de su personalidad. Y, aún así, cuando vea a la niña, a la “santita” con los supuestos estigmas, no sabrá qué pensar…

Rosa: Pero su olfato de periodista le dirá es que algo extraño está pasando en ese pueblo.

Sobrevivir a la dictadura en la gran ciudad o hacerlo en el campo entraña también diferencias.

Sabine: Llevar a Ana a un entorno rural era una de las premisas de esta novela. Un mundo en el que los miedos y los resentimientos de la posguerra adquieren otras formas. Queríamos un cambio de escenario y un cambio de tono.

Rosa: De color, incluso, porque si Don de lenguas era una novela en tonos de gris, en El gran frío, a pesar de toda la blancura de la nieve, domina el negro.

La investigación del caso también deja entrever cómo funcionaba la censura –y la autocensura- en la prensa de la época, como ya vimos en Don de lenguas. Malos tiempos para el periodismo.

Rosa: En esta novela vemos de qué modo Ana ha interiorizado la censura, es como si ya llevara al censor en la cabeza, y sabe qué puede escribir y cómo para que pase los filtros. Se ha vuelto una maestra del eufemismo.

Y se enfrenta a las principales figuras del pueblo –de todos los pueblos- durante la dictadura: el alcalde, la Guardia civil, el maestro, el cura… y el señor de las tierras, a quienes todos se deben, de una manera u otra. 

Sabine: Son las autoridades. Representan los poderes que tienen subyugados a la gente. Aunque en la novela no todos tienen la misma fuerza, como descubre el lector.

En el pueblo todo el mundo se conoce, y todos saben de qué pie calza el vecino. ¿La represión sobre el bando vencido es distinta en las ciudades como la Barcelona retratada en Don de lenguas

Rosa: La represión fue brutal en todas partes. En los pueblos como el de El gran frío, el control social era aún más atenazador porque se producía en un entorno muy reducido. Antiguas disputas, por ejemplo, por unas lindes podían ser la razón de una denuncia. Los rencores acumulados durante años explotan con mayor violencia.

¿Seguirá Ana Martí mostrándonos el período más oscuro de nuestra historia reciente? 

Sabine: Habrá una tercera entrega en el futuro, pero primero vamos a dejar descansar un poco a Ana mientras cada una de nosotras se dedica a otros proyectos.

Rosa: La próxima es la última, con ella cerramos la trilogía. Nos despedimos de Ana Martí y queremos hacerlo bien, tiene que ser un buen broche.

 

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La portada

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