jardines

 

Un hombre, del que apenas sabemos nada, llega a un país desconocido y empieza a investigar cuál es la naturaleza de las costumbres, las relaciones y, en resumen, la razón de ser de sus habitantes. A medida que transcurre su periplo, y maravillado por las múltiples peculiaridades de una sociedad hipnótica y hasta ciento punto perversa, el narrador toma nota de lo que ve y oye y escribe lo que podría pasar por ser un manual de etnología. Ahora bien, la convivencia entre los miembros de la comunidad distará mucho de ser perfecta, y de lo que podría parecer una pacífica existencia acaba por alzarse el terrible monstruo de la guerra civil.

Así podría describirse, muy someramente, el eje principal de la novela de Abeille. Y sin embargo quien sólo leyera ese resumen se quedaría sin saber absolutamente nada del libro. Habría que añadir, por ejemplo, que Jacques Abeille se suma a la ilustre lista de escritores que han intentado construir universos desde cero (como el cacareado Tolkien, como John Crowley, como Mervyn Peake o Ursula K. Leguin); pero no sólo eso: el ejercicio creativo le permite hilar símbolo sobre símbolo y parábola sobre parábola para expresar de una manera muy viva algo que va más allá de la mera opinión: quizás podría hablarse de vida, porque eso es lo que intenta, mostrar la vida tal y como podría ser, pero la novela se queda corta en este sentido, y por ese motivo debería hablarse, creo yo, de sentimientos personales, que por efecto de la ficción se transforman en algo superior.

De todos modos, eso tampoco es del todo cierto, porque no hay necesidades personales aquí (o no sólo necesidades) sino la voluntad de sumar elementos y escenas a una hipotética nueva edición de La Rama Dorada de Frazer. Es como si la conjura de un nuevo universo por fuerza tuviera que redefinir el nuestro, como si nos ayudara a ver con ojos más certeros, o, mejor dicho, como si nos los quitara para que pudiéramos ver mejor. Ahondar, de la mano de los surrealistas, antiguos o modernos, en nuestra psique, puede tener resultados escalofriantes, y Abeille se presenta como buen conocedor de esa tradición.

Uno oye hablar de los libros que hay que leer siempre, que se renuevan constantemente con el paso del tiempo y que con él van sumando nuevas etapas, nuevas visiones e increíbles perspectivas. Son, claro está, los llamados clásicos. Los jardines estatuarios no sé si forma parte de este grupo. Dicho de otro modo: no creo que uno deba leerlo siempre, porque no sé si en algún momento estuvo, está o estará de actualidad. Más bien diría que la obra de Abeille se puede conocer y reconocer en cualquier momento, por cuanto jamás pasará de moda, y que eso es lo que hará que se lea ahora y en el futuro. Precisamente porque está fuera de la historia, o de la nuestra por lo menos, quizás no hay la urgencia de leerlo pero sí la posibilidad; esa posibilidad inagotable de acercarse a una obra que existirá siempre, como una estatua que sobrevive a los embistes de la naturaleza. Eso es algo que lo emparenta con un Tolkien, como bien dice la contraportada, pero también con El espejo en el espejo de Michael Ende, el Titus Groan de Mervin Peake o los acertijos aterradores del señor Kafka.

También podemos encontrar, claro está, relaciones con aquellas obras especulativas de Lem o Asimov (pienso en Solaris y Los propios dioses) que imaginan cómo sería el contacto con civilizaciones o naturalezas que poco o nada tienen que ver con la nuestra. Quizás no hay en Los jardines estatuarios la sensación de vacío o de incapacidad que sí despiertan esas dos grandes obras, pero tampoco nos encontramos ante un simple manual de fantástica antropología que haría las delicias de Italo Calvino. Es algo más, algo que desafía toda descripción. Es quizás esa otra cosa que nadie estaba esperando y que sin embargo ayuda a ampliar, para mejor, los límites de lo literario.

Si tuviera que ponerle un pero (uno pequeñito) sería que como novela me parece algo indefinida, múltiple e inabarcable precisamente porque aspira quizás a más de lo que puede dar. Algo parecido sentí con La estación de la calle Perdido de China Miéville: las descripciones y el sentido de la maravilla, aunque perenne, no se convierte en pasión o emoción desbordada. Como si la intelectualidad de los proyectos impidiera que el inconsciente verdadero surgiera a la superficie. Quizás un manejo del lenguaje más potente, o una mayor puntería lingüística, pudiera elevar un poco más de categoría este libro portentoso. Es, sin embargo, un pequeño inconveniente ampliamente compensado por las muchas otras virtudes de Los jardines estatuarios, una de esas novelas que podrán leerse siempre, por placer, entre dos de esos libros urgentes y necesarios que sí deberían cambiar nuestra vida.

 

Ignasi Mena

@ignasimena

 

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Los jardines estatuarios / Jacques Abeille / Sexto Piso / 1ª edición, 2014 / Traducción de Luis María Todó/ 459 páginas / ISBN 9788415601654

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