Portada_metropolis

 

Según nos explica la escritora y profesora de la Universidad de Valencia Pilar Pedraza en un estudio que publicó la editorial Paidós en el año 2000 sobre Metrópolis, la película más conocida de Fritz Lang, esta se dirigió en los años veinte “como una fábula de gran presupuesto” con espíritu taquillero a nivel internacional y con el ánimo de que ayudara a mejorar la imagen de aquella débil Alemania de la República de Weimar. Apunta Pedraza que para entender esta producción, obra de ciencia ficción y bandera del expresionismo cinematográfico alemán, “hay que situarla en un contexto de fuerte debate intelectual y artístico, en el que se estaba tratando de redefinir la cultura alemana para ponerla al día”.

El guión de Metrópolis fue escrito por el propio Fritz Lang y su esposa Thea von Harbou (una colaboración que se mantuvo en varios proyectos). Su proyección (1927) satisfizo inmediatamente a Goebbels y a Hitler, quienes pensaron en encargar al matrimonio la realización de futuras películas nazis y así lo pretendieron años más tarde, cuando Thea von Harbou era ya miembro del partido del Führer. Este hecho, sin embargo, supuso que Lang abandonara Alemania hacia Francia para, tras un año en territorio galo, dar el salto a Hollywood. Curioso resulta leer en la primera página de la novela que escribió Thea von Harbou, a partir del guión, la cita que sigue: “Este libro no es de hoy ni del futuro. No habla de un lugar. No sirve a ninguna causa, partido o clase. Tiene una moraleja que se desprende de una verdad fundamental: Entre el cerebro y el músculo debe meditar el corazón”. Es, cuanto menos, anecdótico que sin servir a ningún partido, Hitler quisiera sacar provecho de los creadores de Metrópolis y Thea von Harbou acabara implicándose en el partido nazi, con el cual ya simpatizaba, lo que provocó el rechazo de Lang.

 

Fritz Lang y su esposa Thea von Harbou escribieron juntos el guión de la película
Fritz Lang y su esposa Thea von Harbou escribieron juntos el guión de la película

 

Recuerda Pilar Pedraza en su estudio que Metrópolis “fue al menos una novela en un volumen, una novela por entregas en una revista ilustrada con fotos de la película, un guión, un montaje de más de tres horas (el de Lang), varios montajes podados, una versión modernizada con música de rock y una reconstrucción realizada con criterios científicos”. Lo que centra este artículo es esa novela que durante años fue tan difícil (por no decir imposible) de encontrar. La primera edición en España la publicó la editorial Martínez Roca en 1977, con traducción de Amparo García Burgos, pero la primera vez que di con ella fue en un mercadillo de segunda mano, cuando por casualidad pude comprar la edición de la Biblioteca de Ciencia Ficción (número 23) que publicó Orbis en 1985. Muchos años más tarde (demasiados), podemos celebrar una nueva edición a cargo de la editorial Gallo Nero, que apuesta por mantener la traducción de Amparo García.

Para quien no haya visto la película ni leído la novela, ¿qué nos encontramos en Metrópolis? Ante todo una vasta ciudad-estado de cincuenta millones de habitantes que no sabe cuándo es domingo, que no conoce días santos ni vacaciones, que (parafraseando la novela) quiere hombres vivos como alimento.

 

“Entonces el alimento humano empezó a llegar en masa. Por la calle venía, por su propia calle que nunca se cruzaba con la de los demás. Era una corriente amplia e interminable. Una corriente de doce hombres en fondo. Caminaban con paso monótono y acompasado. Hombres, hombres, hombres… Todos con el mismo uniforme: del cuello a los tobillos de algodón azul oscuro, los pies calzados con unos zapatones groseros, el pelo apretadamente recogido bajo una misma gorra negra”.

 

Metrópolis es un monstruo dominado por las máquinas, por el trabajo, que ha anulado el corazón de los trabajadores. La población de esa gran ciudad está dividida en dos: los que viven a la luz del día son los que ostentan el poder, los ricos, los que pueden disfrutar de su tiempo libre; los que viven en la oscuridad, en el mundo subterráneo, son esos hombres que han dejado de ser hombres, son números, son mano de obra cuyo único objetivo es mantener vivo el pulso de la gran ciudad industrial para beneficio de su gran dueño, Joh Fredersen, y que para que todo siga funcionando bajo la luz del sol: “Tienen ojos, pero están ciegos a no ser para un punto: la escala del manómetro. Tienen oídos, pero están sordos a no ser para un sonido: el siseo de la máquina. Vigilan y vigilan sin otro pensamiento que esta obsesión”. El sometimiento del obrero a la máquina se ve claramente en estas líneas:

 

“Junto a las máquinas-dioses, sus esclavos: los hombres, hombres atrapados entre la multitud y la soledad de la máquina. No tienen cargas que llevar, la máquina les lleva. No tienen que alzar y que empujar, eso lo hace la máquina. Cada uno en su sitio, cada uno ante su máquina, solo deben hacer una cosa, repetir eternamente lo mismo: en el instante preciso, el gesto preciso; siempre la misma palanca en el segundo exacto”.

 

Todo sigue su curso hasta que Freder, el hijo de Fredersen, descubre ese mundo de trabajo deshumanizado. Atónito ante lo que ven sus ojos, decide hablar con su padre, quien se muestra frío e inflexible. Freder decide entonces regresar al mundo subterráneo donde viven los obreros e intercambiarse por uno de ellos. Allí se encuentra con María, a quien ya había visto antes y a quien buscaba. Ella es la voz que mantiene viva la esperanza de todos los trabajadores, quienes la escuchan soñando con que llegue ese corazón que debe mediar entre el cerebro (los amos) y el músculo (los trabajadores). Entretanto, el Amo de Metrópolis decide encargar un robot que sea la imagen exacta de María para manipular a los obreros, pero no cuenta con que el inventor de ese artefacto aprovechará para vengarse del todopoderoso Fredersen por un episodio del pasado, provocando que los hombres acaben desbocados y vuelquen su ira contra las máquinas. Freder intentará salvar a María, que está en peligro, y sin darse cuenta se irá convirtiendo en ese corazón que pueda devolver la paz a la ciudad.

 

Algunos fotogramas de la película
Algunos fotogramas de la película

 

En esta historia quiso ver Hitler el fracaso de las revoluciones socialistas y la necesaria colaboración entre clases para construir el futuro que tanto predicaba su ideología nazi, una perspectiva que (vale la pena insistir) asustó a Lang pero conmovió a Thea von Harbou. En cualquier caso, el lector/espectador puede mantenerse al margen de estas interpretaciones y disfrutar, sin mayores condicionantes, de esta obra de la ciencia ficción que se convirtió en un clásico del cine.

Reconozco que cuando empecé a leer la novela de Thea von Harbou esperaba encontrar un mundo diferente al que configuró Fritz Lang en la gran pantalla, quizá algunos episodios o personajes extras que variaran el rumbo de la historia aunque solo fuera sensiblemente. Sin embargo, lo que me ha ofrecido la lectura es una segunda visita al mismo Metrópolis (a fin de cuentas, la novela está basada en el guión). Esta vez no han hablado las imágenes (recordemos que la película es muda), sino que lo han hecho las palabras. La fascinante experiencia de leer este libro es, por un lado, valorar la novela de forma independiente: la obra literaria funciona de forma tan brillante como lo hace la cinematográfica. Por otro lado, leyendo el libro, uno puede añadir valor al trabajo de Fritz Lang al frente de la película: la fuerza visual y cómo las imágenes sustituyen tan fielmente las palabras es casi estremecedor. De hecho, recomendaría este ejercicio (ver la película y leer el libro) para cualquiera interesado en el sugerente (y siempre magnético) lenguaje cinematográfico del cine mudo. Recuperar, por lo tanto, la novela Metrópolis es un acto de justicia para la literatura pero también para el cine y la historia.

 

Manel Haro

@manelhc

 

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Tráiler de la película

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Metrópolis / Thea von Harbou / Editorial Gallo Nero / 1ª edición, 2013 / Traducción de Amparo García / 280 páginas / ISBN 9788494108716

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