Mathieu Amalrich y Emmanuelle Seigner interpretan la última de Polanski
Mathieu Amalrich y Emmanuelle Seigner interpretan la última de Polanski

 

Reconozco que la última película de Roman Polanski me ha dejado una sensación extraña, quizá porque hubo momentos en que me fascinó y, en cambio, hubo otros en que el sueño se me llevaba. El director de El pianista ha apostado esta vez por una arriesgada historia donde tan solo aparecen dos personajes. Al arranque, la cámara nos invita a caminar durante unos segundos por París, bajo la lluvia, hasta que entramos en un teatro. Desde ese instante hasta el final, el director no nos va a dejar asomarnos al exterior, ni siquiera va a cambiar de espacio. Todo lo que va a pasar la siguiente hora y media sucederá ahí dentro.

Thomas es un dramaturgo que busca actrices para interpretar la adaptación que ha hecho de La venus de las pieles, la obra del autor austríaco Leopold Von Sacher-Masoch, demasiado atrevida para su época (1870), que poco después supuso que su apellido diera origen a la palabra masoquismo.  Cuando parece que Thomas ha tirado la toalla, aparece una candidata vestida de cuero, con falda de medidas mínimas, dispuesta a demostrar que es la actriz perfecta para interpretar a Wanda von Dunajew, la mujer a la que Severin von Kusiemski (el otro personaje de la obra) ha convencido para ser tratado como un esclavo.

La venus de las pieles (la película de Polanski, no la obra de Sacher-Masoch) es un constante flirteo entre realidad y ficción, como un juego de muñecas rusas en el que se confunden unas con otras. La actriz de la película es Emmanuelle Seigner, la pareja en la vida real de Polanski que aquí brilla con luz propia, y el actor es Mathieu Amalrich, un tipo con un asombroso parecido físico al director de la película. En otras palabras, que Polanski impregna toda la cinta aunque no dé la cara del todo. No está, pero sabemos que está en cada rincón de ese escenario. La confusión entre realidad y ficción va calando en todas las capas de la historia: Sagnier interpreta a la irreverente Vanda, la aspirante a actriz que se llama igual que el personaje al que quiere encarnar (Wanda). Y Thomas, el dramaturgo, acabará entrando en el juego e interpretará a Severin, su personaje, el personaje de la obra de Sacher-Masoch, el esclavo sexual de Wanda.

¿Hasta qué punto lo que estamos viendo no es más que puro teatro, pura escenificación de un texto? ¿Los encantos de Vanda están confundiendo a Thomas o él sabe perfectamente dónde están los límites? Y lo más inquietante: ¿sabemos nosotros, los espectadores, dónde ha situado Polanski las fronteras entre realidad y ficción? Mientras lo decidimos, vamos saltando de la ficción de Sacher-Masoch a la de Thomas y de la de Thomas a la de Polanski. Y así, hay momentos en que uno piensa que el director es un tipo listo, que está jugando con nosotros y que nos está ganando la partida, pero, a ratos, uno cae en cierto sopor mientras la historia de Thomas y Vanda se va enrareciendo. Afortunadamente el desenlace, delirante a la manera de Polanski, nos vuelve a despertar. Y así ando yo unos días después de haber visto la película: que no sé si en el fondo es un peñazo de tomo y lomo o una obra maestra que me ha dejado fuera de juego. Algo me dice que ni una cosa ni otra, pero tendré que seguir pensando. Qué remedio.

 

Manel Haro

@manelhc

 

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