Barnes

 

Julian Barnes (Leicester, 1946) es uno de esos escritores británicos de prestigio, admirados siempre por la crítica y con miles de lectores pendientes de sus novelas dentro y fuera de su país. Yo, debo decir, pisaba territorio virgen con este autor, puesto que no había leído nada de él hasta que llegó a mis manos El sentido de un final (Anagrama en castellano y Angle en catalán), obra que le valió el premio Man Booker en 2011.

La novela está perfectamente dividida en dos partes. En la primera, Barnes nos habla de un grupo de amigos justo antes de acabar el instituto y acceder a la universidad. Quien narra los hechos es el protagonista de esta historia, Tony Webster, un jubilado de vida tranquila que se ve forzado a hacer un repaso de lo que fue su juventud. Lo que desencadena este ejercicio memorialístico es que Tony recibe por sorpresa la herencia que le ha dejado la madre de su antigua novia Veronica: quinientas libras y un par de documentos, uno de los cuales está en poder de ésta, quien se muestra reticente a entregárselo. Quizá Tony no le daría demasiada importancia si no fuera porque se trata del diario personal de Adrian Finn, uno de sus amigos de instituto, que se incorporó más tarde al grupo, y que apuntaba maneras de joven, siempre reflexivo y más avanzado a los demás, que fue el novio de Veronica justo después de que la relación entre ella y Tony se rompiera.

La segunda parte de la novela está dedicada a una búsqueda de respuestas, al nuevo contacto entre Tony y Veronica, muños años después de su noviazgo y cuando Adrian ya está muerto. El sentido de un final gira en torno a muchos finales: el del protagonista, un anciano que pocas preocupaciones tiene ya en la vida, una vez se ha divorciado, y que dispone de la oportunidad de comprender que quizá las cosas no fueron como él esperaba y que un gesto suyo, impulsivo, pudo desencadenar una serie de daños colaterales; también el final de Adrian, tan digno de él, pero a la vez extraño; el de Veronica, esa mujer que en nada se parece a lo que fue; y, por supuesto, el final de esa madre que decide dejar el diario de su yerno y quinientas libras a Tony. Pero sobre todo la novela apunta al momento en que el protagonista conoce por fin qué papel jugó cada uno de los personajes en el pasado. Es el final de cierta inocencia.

Uno tiene la sospecha de que el autor tenía muy clara la idea inicial del libro y sabía cómo quería acabarlo, pero le faltaba armar toda la historia para unir planteamiento y desenlace, y ahí, en ese caminar por las tripas de la novela, es donde, bajo mi punto de vista, Barnes se pierde. Después de un buen arranque, el autor nos lleva por una serie de situaciones desustanciadas, repetitivas a veces, con personajes que se vuelven caricaturas de sí mismos y que llegan exprimidos al final. Barnes podría haberse ahorrado algunos de los encuentros (físicos o virtuales) entre Veronica y Tony o, al menos, darles algo más de contenido más allá de frases lapidarias que acaban por no tener efecto. Lo mismo ocurre con las conversaciones entre Tony y su ex mujer Margaret, un personaje éste cuya auténtica misión parece que sea la de oxigenar la novela. Uno llega al desenlace y, al ver el golpe de efecto que nos tenía preparado el autor, imagina que los tiros debieron empezar por ahí y que todo lo que ha leído hasta entonces es la justificación de ese final. Y así la historia resulta forzada e inverosímil, como querer llevar a cabo una gran detonación con pólvora mojada.

 

Oriol Girona

 

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El sentido de un final / Julian Barnes / Editorial Anagrama / 1ª edición, 2012 / Traducción de Jaime Zulaika / 192 páginas / ISBN 9788433978523

El sentit d’un final / Julian Barnes / Angle Editorial / 1ª edición, 2012 / Traducción de Alexandre Gombau / 159 páginas / ISBN 9788415695059

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