Jérôme Ferrari (París, 1968) ganó el Premio Goncourt, el más prestigioso de las letras francesas, con El sermón sobre la caída de Roma / El sermó de la caiguda de Roma (Mondadori / RBA-La Magrana), una novela sobre ilusiones truncadas y ciclos que acaban. Usando el sermón de San Agustín de Hipona sobre la caída del Imperio Romano como metáfora (“para que surja un nuevo mundo primero debe morir un mundo antiguo”), Ferrari relata la historia de Libero y Matthieu, dos amigos que dejan sus estudios en Francia para regentar un bar en la isla de Córcega. Aunque inician el proyecto con mucha ilusión, los acontecimientos les harán comprender que nada es eterno y que el declive, en ocasiones, es inevitable.

 

Jerome / Foto: Jordi Milian
Jérôme Ferrari a su paso por Barcelona / Foto: Jordi Milian

 

“En el momento que ganas el Premio Goncourt dejas de caer bien a la crítica francesa”

 

Patricia Tena / Jordi Milian. Barcelona

¿Por qué decidió usar el sermón de San Agustín para hablar de la historia de dos jóvenes como Matthieu y Libero? 

Desde el principio tuve clara esa idea porque la crisis del bar, de los protagonistas y del Imperio Romano podrían ser la misma: hay una ley que dice que todas las cosas tienen su propio final. De hecho, el propio sermón de San Agustín ya nos avisa de que la caída del Imperio Romano es sólo un ejemplo de la caducidad de las cosas.

Sus personajes quieren dar un giro a sus vidas  y se marchan a Córcega para abrir un bar. No es la primera vez que ambienta una historia en este tipo de local…

La verdad es que he escrito siete novelas y diría que al menos cinco suceden en un bar, o si no, muy cerca de uno. Los bares son una fuente de observación muy divertida, incluso cuando pasan cosas sórdidas. Pasé la mayor parte de mi vida adulta en Córcega y allí básicamente hay dos espacios de observación: los bares y los centros comerciales. Y yo no soy muy partidario de los centros comerciales, así que no tenía más remedio…

Quizá se han convertido en un buen lugar en el que hablar de la vida… Usted, que es filósofo, ¿qué papel cree que tiene esta disciplina hoy día?

Creo que el  papel que juega ahora mismo es nulo, inexistente. Estamos en un mundo más interesado en los aspectos comerciales y de consumo que en lo relacionado con la filosofía o la literatura; eso es algo flagrante. Es más, probablemente ser profesor de filosofía y escritor no encaja mucho con el sistema moderno actual.

La novela, aunque no es muy extensa, cuenta con muchas capas de lectura. ¿Su profesión le hizo profundizar en ciertos aspectos?

Hay muchas novelas que tienen cierta complejidad y están escritas por autores que no tienen conocimientos de filosofía. Soy consciente de que hay mucho contenido en pocas páginas, pero tampoco diría que es una novela corta. Lógicamente, si la comparamos con las grandes obras de la literatura rusa probablemente no llegue ni a microrrelato.

¡Cierto!

Pero creo que el grueso nunca es lo más importante, sino que contenga significados diversos. Una lectura fácil no es  necesariamente sinónimo de lectura placentera. Como lector, las novelas que más me han impactado han sido precisamente aquellas que de entrada me han parecido difíciles pero que luego me han hecho descubrir el gusto por lo que no era evidente.

¿Qué recuerdos tiene de Córcega?

Nací en París, he trabajado en Argelia y ahora estoy en Abu Dhabi, pero siempre he sentido algo especial por Córcega y he pasado largas temporadas allí. Es la relación de amor más intensa y duradera de mi vida. Pero espero que mi admiración no haya desembocado en un amor ciego, sino que me haya mantenido lúcido. Cuando era adolescente pensaba  impaciente ‘a ver cuándo llega mi momento y me voy a vivir a la isla’ y creo que, como muchos otros jóvenes, he vivido esa ambivalencia de no poder vivir sin Córcega y a la vez ser muy crítico con ella.

El sermón sobre la caída de Roma ganó el premio Goncourt en 2012. ¿Cómo le ha ayudado a su carrera?

Mi vida ha cambiado muy poco: he seguido trabajando y no he cambiado mis costumbres. Sí ha cambiado mi agenda y he viajado muchísimo, prácticamente me he convertido en un especialista en las compañías aéreas. Otros aspectos positivos es que mi cuenta bancaria ha crecido y, desde un punto de vista literario, se han multiplicado las traducciones y eso es algo muy bueno. Pero mi perspectiva como novelista no ha cambiado nada.

Tras el galardón, ¿siente cierta presión por cumplir las expectativas con su próxima novela?

No. De hecho, la regla básica del juego dice que mi próxima novela será masacrada por la crítica. Otra ley, que ya se ha convertido en todo un clásico, es que en el momento que ganas el Goncourt dejas de caer bien a la crítica francesa. Pero es cierto que a la hora de valorar el número de críticas buenas y malas el 7 de noviembre será un punto de inflexión importante. Desde 1903 se ha convertido en un deporte nacional decir todos los años “es una vergüenza y un escándalo que esta novela haya ganado el premio”.

No será su caso; su novela ha cautivado a la crítica y las ventas le respaldan.

Sí, pero no sé si por razones estrictamente literarias. Me explico; el Goncourt es un premio que vende mucho pero es que muchas personas lo compran casi como un regalo de Navidad obligatorio. No me quejo, pero que se venda mucho no quiere decir necesariamente que se lea mucho.

Y para convencerles de que la lean, ¿qué les diría a los lectores? ¿Cuál es el mensaje?

Mi intención no es dar ningún mensaje, sino lo diría abiertamente, no lo escondería tras un libro. Creo que las novelas  no van acompañadas de un libro de instrucciones y, por tanto, cada lector se siente interpelado a nivel personal de una manera o de otra. Pero sí diría que El sermón sobre la caída de Roma habla de la necesidad de mantener ilusiones para vivir y que la vida, sin estas ilusiones o esperanzas, sería muy difícil. Por eso usé el sermón de San Agustín; dice cosas que todos sabemos pero que nos resultan insoportables cuando se convierten en una evidencia.

 

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