Botto, en un momento de la obra / Foto Teatre Lliure
El actor, en un momento de la obra / Foto Javier Naval

 

Hacía doce años que el actor Juan Diego Botto no pisaba un teatro barcelonés. La última vez fue con la obra Rosencrantz y Guildenstern han muerto, de Tom Stoppard y dirigida por su madre Cristina Rota. Ahora, como él mismo reconoce, vuelve por la puerta grande: en el Teatre Lliure, un espacio que le provoca muchísimo respeto. “Para mí ver a Lluís Pasqual  -uno de los fundadores y actual director- es como si un amante del cine viese al mismísimo Coppola”, confiesa en un coloquio con los espectadores. La admiración es, en cierto modo, mutua: allí, desde el primer día de representación, el 12 de septiembre, cuando acaba  la función el público deja su butaca para ovacionar de pie su último trabajo, Un trozo invisible de este mundo, escrita por el propio actor y dirigida por Sergio Peris-Mencheta.

La pieza está compuesta por cinco monólogos en torno a la inmigración y al exilio: Arquímedes, Locutorio, Carta al hijo (interpretada por Astrid Jones), Turquito y El privilegio de ser perro. A pesar de ser la cuarta obra de teatro que escribe (pero la primera que también protagoniza), no se considera un autor, sino un actor que escribe “cuando no me bastan otros mecanismos para desahogarme”. Ríe al definirse como “un poco monotemático” en sus historias, pero quienes conocen su biografía no se sorprenden: su padre, Diego Botto, es uno de los miles de desaparecidos durante la dictadura Argentina de Videla y su madre, Cristina Rota, tuvo que exiliarse a España con dos niños pequeños (Juan Diego y su hermana, la también actriz María Botto) y embarazada de su última hija. Por tanto, es lógico que sus escritos estén “empujados desde la rabia”.

Un trozo invisible de este mundo nació principalmente como un homenaje a muchas personas, pero especialmente a sus padres y a Samba Martine, una mujer de cuarenta años que murió en un Centro de Internamiento para Extranjeros (CIE) de Madrid. Procedente del Congo, falleció en un hospital después de acudir varias veces a la enfermería, sin intérprete, y de tomar  medicación errónea. Samba tenía sida y nadie la pudo (o quiso) entender ni ayudar; nunca recibió el tratamiento que necesitaba. El Pampa, un amigo argentino de Botto, le contó su historia y le pidió que le acompañara al funeral. “Debido a las autopsias y al tiempo que había pasado desde su muerte, el féretro estaba cerrado y la madre de Samba lloraba abrazada a él y gritando ‘yo que te parí, no te puedo abrazar. Yo que te vi crecer, no te puedo abrazar’. No me pude quitar esa imagen de la cabeza durante días y decidí escribir algo al respecto”, comenta.

A pesar de la carga dramática de sus textos, el autor tenía claro que la máxima del teatro es entretener. “Yo soy muy intenso y escogí a Sergio (Peris-Mencheta) como director porque él es un jugón. Juntos nos equilibramos”, puntualiza. El miedo a que su propuesta pareciera “una chapa aburrida” le hizo decantarse por añadir ciertas dosis de humor en cada monólogo y escribir uno de ellos, Locutorio, con mucha autoparodia e ironía. “Me encontraba bloqueado y un amigo escocés que es guionista me dijo ‘Go to locutorio, man’, le hice caso y allí encontré la inspiración que necesitaba. Los locutorios son una realidad diaria para los que están lejos de su país y de sus seres queridos”.

Y aunque el sentido del humor es latente, Un trozo invisible de este mundo es un retrato realista y crudo de la inmigración y del exilio que obliga a remover conciencias. “Uno no es expulsado de su país porque no le pueda mantener. Eso es una mentira. No conozco ni un solo país que no tenga los mecanismos necesarios para que sus habitantes puedan sobrevivir. El problema está en la repartición, la riqueza la tienen sólo tres o cuatro personas”, lamenta. Recuerda vivamente cómo desde muy pequeño escuchaba las conversaciones de su madre con sus amigos, que hablaban de lo difícil que había sido dejar Argentina y de lo doloroso que resultaba haber vuelto años después y encontrarse con un lugar que ya no reconocían como propio. “Yo no soy un exiliado, pero sí un hijo del exilio”, señala.

A finales de 2012 se celebró en Argentina el segundo macrojuicio de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), el centro de tortura donde desapareció su padre. Su último monólogo, El privilegio de ser perro, reflexiona precisamente sobre el paso del tiempo, la justicia y si es posible perdonar a quienes han truncado tantas vidas. “Una vez me dijeron que por mucho que se hiciera, por muchos juicios y condenas que hubiera, nunca serían suficiente y que lo mejor era seguir con nuestras vidas. Yo creo que no, cualquier pequeña victoria logra resarcirte algo”.

El actor aprovecha también para calificar la subida del 21% del IVA como “devastadora” y lamenta la cantidad de proyectos que no podrán financiarse por falta de recursos. “A los que nos gobiernan no les importa la cultura, como tampoco la educación o la sanidad pública. Deberían recordar que debilitar la cultura de un país es debilitar su riqueza”, critica. Por suerte, aún tenemos unos días (hasta el 29 de septiembre) para disfrutar en Barcelona de obras tan necesarias como Un trozo invisible de este mundo, que nos recuerda que la migración siempre es cíclica y que nunca hay que menospreciar al valiente que decide dejarlo todo atrás porque ha comprendido que “vivir no significa sobrevivir”.

 

Patricia Tena

 

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