Espido Freire asegura que los ogros, los vampiros, las madrastras y otros malos de los cuentos tradicionales existen. La diferencia es que ahora no viven en lugares sombríos y apartados, sino que los encontramos en nuestra vida cotidiana, ya sea en la oficina, en la escuela o, incluso, en nuestra propia familia o grupo de amigos. Los malos del cuento: cómo sobrevivir entre personas tóxicas (Editorial Ariel) es el ensayo que nos propone para reconocer a estos seres malvados. La autora utiliza como arquetipos a los villanos de cuentos de hadas, de la mitología, de la literatura y de la Biblia para relacionarnos con tipos de personas tóxicas con las que, lamentablemente, tendremos que lidiar más de una vez a lo largo de nuestra vida. Su objetivo es proporcionar las pautas para poder identificarlos de antemano y, así, minimizar los daños.

 

Espido Freire / Foto: Patricia Tena
Espido Freire indaga en los villanos de nuestra sociedad / Foto: Patricia Tena

 

“Vivimos en una sociedad en la que no estamos acostumbrados a  que los otros reconozcan sus errores”

 

Patricia Tena. Barcelona

¿Cuándo sintió  la necesidad de prevenir a los lectores acerca de las personas tóxicas?

Me recuerdo con 14 años en una habitación de hotel sola, llorando a moco tendido porque me habían hecho algo que yo no entendía.  Por mucho que pensaba,  no lograba comprender qué había hecho yo para que esas personas me trataran tan mal. Con el paso del tiempo, yo misma fui experimentando sentimientos negativos de odio, de rabia, envidia…sentimientos que me hacían pensar que el paso de sentirlo simplemente a decidir comportarse mal estaba muy cerca y había que hacer un esfuerzo para no caer. Esa fue la primera toma de conciencia.

¿Por qué decidió comparar a estos tóxicos con los villanos de los cuentos de hadas?

En los cursos literarios que suelo impartir una y otra vez me apoyo en los monstruos y villanos de la literatura, sobre todo de la clásica y en los cuentos de hadas. Recurría a ellos constantemente y hubo un momento en el que sencillamente esa confluencia fue natural. Además, ya había publicado un ensayo titulado Primer amor (Temas de Hoy, 2000) en el que analizaba las relaciones amorosas a través de los cuentos de hadas. Por tanto, era un tema que conocía muy bien pero que ahora tenía que revisar desde otra perspectiva.

¿Cree que la progresiva dulcificación de estos cuentos dificulta que llegue la moraleja al lector?

Algunos cuentos de hadas han dejado de servir socialmente y se han olvidado por el camino, pero es importante que los que sí se siguen contando se cuenten con la misma crudeza con la que se hacía en el siglo XVII o XVIII. Aunque para los niños de ahora no tiene sentido la idea de bosque o lobo, es importante que no reduzcamos esos cuentos a una anécdota o a una historia que acaba en boda. Esa manipulación que ha hecho, por ejemplo, Disney, hace que se pierda una parte muy importante del mensaje: aunque la mayoría de la gente es buena, hay un grupo limitado de personas que se cruzarán en nuestras vidas para engañarnos y hacernos daño. Otra pregunta sería por qué en determinados cuentos se acaba perdonando al malo; yo no creo que el malvado deba ser perdonado. Al menos, no siempre.

Entonces, ¿cuándo hay que perdonar a quién  nos ha herido?

Si hubiera un arrepentimiento real, una restitución del daño y una enmienda de comportamiento es posible que lo merecieran. Sin embargo, la mayoría de ellos no actúan así. La idea del perdón universal está muy unida a lo religioso y a la creencia de que los buenos tenemos que sufrir. Pero yo creo que esa segunda oportunidad hay que darla con pinzas. Obviamente, estoy hablando de gente malvada, no de alguien que se equivoca y comete un error.

Enumera diferentes tipos de malvados y, aunque cada uno tiene sus particularidades y modus operandi, ¿hay algún rasgo común en todos ellos?

Sí, que aunque se intenten justificar luego, sabían el daño  que estaban provocando. Son personas que quieren salirse con la suya y ven  a los demás como simples medios para conseguir algo. No suelen cambiar porque ya les va bien así. No debemos disculparles creyendo que están locos o enfermos. Por ejemplo, pienso en la noticia de la séptima versión del asesinato de Marta del Castillo. ¿Crees que  Miguel Carcaño no sabe que está causando daño?  Lo sabe perfectamente.  Y, lo peor, es que si acaba confesando dónde está el cuerpo, lo hará para conseguir una reducción de la pena, no por solidaridad hacia la familia.

De hecho, a lo largo del libro recuerda casos reales espeluznantes que nos demuestran hasta dónde puede llegar la maldad del ser humano. 

Es como el caso de Josef Fritzl, el monstruo de Amstetten, ese hombre ya había estado en la cárcel por violación  y, por tanto, ya estaba dejando algún tipo de señales… lo que ocurre es que a veces no las queremos ver. Me cuesta creer que su mujer no tuviera alguna sospecha durante tantos años. A veces es muy difícil comprender ese apoyo incondicional que algunas familias dan a los verdugos. Quizá habría que plantearse si, en lugar de hablar de una persona malvada, no deberíamos hablar de un entorno intoxicado.

¿Algún perfil es más tóxico que otro?

Todos son terribles, así que más bien depende del carácter que tenga la víctima a la que se dirigen.  Es cierto que de algunos, como el lobo o el dragón, es muy difícil protegerse. Por ejemplo de los organizadores del atentado de la maratón de Boston; sencillamente estabas ahí y te tocó. Es horrible. Sin embargo, para el resto de perfiles, también es importante saber qué mensaje enviamos y cuál es nuestro grado de tolerancia. Un ejemplo sencillo: si te sientes feúcha, eres tímida, has centrado  tu vida en tus logros intelectuales, un vampiro seductor te puede hacer sentir la mujer más deseada del mundo… aunque luego te lo robe todo.

Con la situación de crisis que vivimos, ¿aumentan los malos de cuento?

Estamos en un entorno altamente tóxico. Aunque esto funciona en dos direcciones: por un lado, es evidente que hay gente que se aprovecha de la situación, que se aferra al mando de poder como garrapatas y sin escrúpulos. Pero también es verdad que, en general, hay más intolerancia ante este tipo de actos y ahora se empieza a exigir que se juzguen casos de corrupción, de evasión de capitales, de falseamiento… que antes no se hubiese hecho. Lo que tengo claro es que cada vez somos más conscientes de que no se pueden tolerar ciertas cosas.

Precisamente comenta que en estos casos, los políticos no suelen lamentar lo que han hecho sino más bien que les hayan pillado.

No se arrepienten y en la mayoría de casos ni dimiten. Creo que se equivocan por completo, ya que el público tolera mejor un error que una mentira. Es como el famoso caso de los papeles de Bárcenas, preferiríamos que dijeran “hemos cobrado este dinero, desconocíamos su procedencia y, por tanto, lo vamos a devolver” pero no lo hacen. El único que pidió públicamente disculpas, aunque muy abstractas, fue el rey cuando salió a la luz que había estado cazando elefantes. Y, fíjate como para la mayoría de personas eso fue suficiente.  No debería serlo,  pero ocurre porque vivimos en una sociedad en la que no estamos acostumbrados a que los otros reconozcan sus errores.

Sorprende leer que Edward, de la saga Crepúsculo, o Christian Grey, de 50 sombras de Grey, también podrían considerarse malos.

Pueden ser no, ¡lo son! Uno de mis libros favoritos se titula Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson (Minúscula, 2012) y la protagonista es una auténtica psicópata. La propia protagonista de mi novela Irlanda no anda muy desencaminada… En gustos literarios o fascinaciones literarias no te puedes meter, pero el problema está en que Crepúsculo ha sido consumido mayoritariamente por chavalitas que cada estreno lo convertían en un acto social.  No pueden distinguir su emoción del mensaje claramente negativo que emite Edward Cullen que es “soy un vampiro y te puedo matar en cualquier momento. Aléjate”. Y Bella, en lugar de alejarse, insiste.  Y Bella es una pasivo-agresiva que disfruta teniendo pendiente a dos hombres que se pelean entre sí, así que tampoco ella me parece un ejemplo maravilloso.  Y en cuanto a Christian Grey, él  controla y manipula a Ana constantemente.  Este tipo de historias exaltan al canalla.

Y, sin embargo, parecen fascinarnos…

No es algo nuevo. El propio Heathcliff de Cumbres borrascosas, de Emily Brönte, es un malvado terrible  y fascinante a la vez. Me encanta como personaje pero eso no me ciega  a la hora de analizar que es un psicópata. Lo importante es saber que la fascinación que producen en el papel o en la pantalla, no puede darse en la vida real.

Una de las frases que más se repite en la guía de supervivencia es la que le dice Sarah (Jennifer Connelly) a Jareth (David Bowie) en la película  Dentro del laberinto: “No tienes poder sobre mí”. ¿Podríamos considerarlo una especie de clave?

Por supuesto.  Las víctimas deberían poder decir “no me puedes obligar a hacer algo que yo no quiera hacer”. Los vampiros, las madrastras, los ogros, las brujas todos ellos te deshumanizan  y te restan voz. Es lo que Jareth en la película hace constantemente, le ofrece todo a Sarah, igual que el Diablo a Jesús. Jareth es, sin duda, otro de los malvados fascinantes. Y,  curiosamente, el propio Bowie interpreta  a Poncio Pilatos en la película La última tentación de Cristo de Martin Scorsese.

A pesar de que repasa momentos e historias dramáticas, el mensaje final es optimista: “la vida puede rehacerse a cada momento”.

Qué remedio, ¿no? Y de hecho, la capacidad de adaptación del ser humano es increíble, le ha permitido sobrevivir a guerras, hambrunas, epidemias, genocidios… Y cuando ocurre, no podemos lamentarnos diciendo  “qué ingenuo he sido”,  sino que hay que dar un segundo paso que es decir “no tienes poder sobre mí”. Recuerdo el caso de una mujer de setenta y pico años que había sido maltratada durante casi toda su vida: violaciones, golpes, palizas, humillaciones. Finalmente consiguió separarse. Los hijos, que ya eran mayores, decidieron seguir viendo al padre y ella, a través de los hijos, seguía mandándole comida a ese hombre. Reconocía todo lo que le había hecho, pero era incapaz de romper ese último lazo. Por suerte, otras mujeres más jóvenes logran rehacer sus vidas, se vuelven a casar y recuperan la confianza en sí mismas.

¿Siente que ha cumplido el objetivo que tenía en mente cuando decidió publicar el libro?

Pretendo explicar que hay personas tóxicas que intentarán hacernos daños, así que si y tenemos unas pautas para identificarlas, podremos estar prevenidos y prepararnos mejor. También me interesaba demostrar que en muchas ocasiones, la no actuación también conlleva al mal.

 

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La reseña

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