El 1924 era condenado a garrote vil el anarquista Pablo Martín Sánchez. Su delito: atentar contra la dictadura de Primo de Rivera. Casi 90 años más tarde otro Pablo Martín Sánchez, graduado en Arte Dramático y licenciado en Literatura Comparada, se topa, como quien no quiere la cosa, con su homónimo anarquista. Y decide tirar de un hilo sorprendente que le atrapará desde el primer momento. El resultado es El anarquista que se llamaba como yo (Acantilado), un fascinante viaje en el tiempo a través de la olvidada historia de un joven que nació sin olfato y que tenía el corazón en el lado derecho.

 

/ Foto: Pierluigi Greco (Acantilado)
El autor empezó a escribir esta historia cuando encontró por Internet que había un anarquista con su mismo nombre / Foto: Pierluigi Greco (Acantilado)

 

“No me interesan los héroes, sino los actos heroicos de los cobardes”

 
Laura De Andrés Creus. Barcelona

Llega al personaje de Pablo Martín Sánchez por casualidad, practicando un poco de egosurfing. Con un nombre y apellidos bastante comunes, seamos sinceros. 

En efecto, el egosurfing (aunque lo practicara sin conocer su nombre) fue el anzuelo. Y entre los diferentes Pablos Martín Sánchez que pululaban por el ciberespacio atrapé a uno, un anarquista de principios del siglo XX que había intentado derrocar la dictadura de Primo de Rivera. Entonces tiré del hilo y me salió una novela de seiscientas páginas…

Además de una buena historia, ¿qué es lo que más le atrae del personaje que descubre?

Su destino trágico. Su papel de chivo expiatorio para una dictadura que necesitaba reivindicarse con un golpe de efecto. La paradoja de que su acción sirviera exactamente para lo contrario de lo que se proponía. Y el misterio que envuelve los ¿últimos? momentos de su vida, un misterio que aún está por resolver.

El proceso de documentación para escribir El anarquista que se llamaba como yo ha debido de comportar una investigación exhaustiva, tanto de buceo en los archivos como sobre el territorio. ¿Cómo se ha enfrentado a este proceso? 

Con una mezcla de miedo y de fascinación. De miedo a no encontrar lo que andaba buscando y de fascinación por encontrar más de lo que esperaba. Pero no te olvides de uno de los tres pilares del trabajo de documentación: archivos, trabajo de campo y… mixtificación. También la imaginación necesita estar documentada.

Juega con un doble plano narrativo: por un lado, la intentona de una revolución llamada a acabar con la dictadura de Primo de Rivera,  por la que Pablo Martín Sánchez acabaría condenado a garrote vil en 1924. Por otra, la  infancia del protagonista, que nos da las claves para entender qué le lleva a  París y, en última instancia, a enrolarse en la intentona de adentrarse en España con el objetivo de derrocar la dictadura. ¿Qué posibilidades le otorga esta modalidad narrativa?

Me permite trenzar la historia, casi de un modo literal: armarla como si de una trenza se tratara. Porque, aparte de los dos planos narrativos intercalados que conforman el grueso de la historia, hay también un tercer plano, conformado por un prólogo, un epílogo y una adenda, que funcionan a modo de marco. Y es esa estructura trenzada la que atrapa al lector y lo obliga a llegar hasta la última página, dando brincos de un plano a otro como si jugara a la rayuela, convirtiéndose tal vez en el lector salteado que quería Macedonio Fernández.

Pablo Martín Sánchez es, sin ánimo de ofender, un segundón. Entiendo, pues, que no existe muchísima información sobre él, al contrario de lo que debe haber sucedido con otros ilustres que pasean por sus páginas ¿Qué hay de ficción y qué de realidad?

Hay mucho de la una y mucho de la otra, pero no desvelaré las proporciones (risas). Como diría mi amigo Enric Dalmau, hay un 70% de ambas.

Pablo se hace mayor en la Barcelona de la Setmana Tràgica. Ser testigo del fusilamiento de Ferrer i Guàrdia le marca profundamente. ¿Le apetecía recalar en la Barcelona de esa época para desarrollar su historia?

Déjame que te responda abstrusamente, parafraseando a Italo Calvino: cada vez que describo una ciudad, digo algo de Barcelona.

El anarquista es una novela de escenarios memorables. Otro que cobra especial importancia es el París de los años 20, un auténtico hervidero de exiliados españoles. Asistimos a los cimientos del anarquismo. Todos quieren cambiar el orden establecido, pero parece que no se ponen de acuerdo en el cómo. Su novela refleja muy bien dos bandos: los revolucionarios de papel y los de pistola y bomba. Y entre ellos se genera mucha desconfianza… demasiada, quizás, para llevar a cabo una revolución.

No me gustaría que parecieran dos compartimentos estancos. También los anarquistas de acción utilizaban el papel como arma arrojadiza: publicaban panfletos, fundaban editoriales, participaban en mítines… Es cierto que los revolucionarios de salón se mostraban más apocados a la hora de empuñar las armas, pero en el fondo ambos sabían que se necesitaban mutuamente.

Una de las grandes virtudes de su novela es el gran papel que toman los acompañantes de Pablo, entre ellos su inseparable amigo Robinsón, con quién se reencuentra en París.

Así es. Un personaje se define por las relaciones que establece con los demás personajes. Don Quijote no sería Don Quijote sin el espejo de Sancho. Ya lo dice el refranero: dime con quién vas y te diré quién eres.

Pablo no tiene muy claro eso de la revolución.  Cuando llaman a su puerta, se sincera con Robinsón: “Tú sabes que hace diez años habría sido el primero en coger las armas (…) Pero no lo tengo claro. Me da la sensación de que Primo está deseando que hagamos algo así. Si entramos y fracasamos, entonces ya no habrá manera de acabar con él: reprimirá la revuelta y legitimará su mandato, argumentando que España necesita mano dura contra los que intentan desestabilizarla” ¡Qué premonitorio!

En esa frase está la clave para entender las dudas de Pablo a la hora de embarcarse en la intentona revolucionaria. Presciencia, lo llaman algunos. Sentido común, diría yo. Pero hay veces en que uno debe llevarle la contraria al menos común de los sentidos.

Y aún así, Pablo acaba enrolándose en la intentona, las circunstancias mandan.  Aunque no sea un revolucionario al uso. Tiene poco de líder,  aún menos de héroe.

No me interesan los héroes, sino los actos heroicos de los cobardes (que somos la mayoría).

Una intentona un tanto ingenua, difícil de tramar fuera, a la espera de que la resistencia interior se alce en armas a la primera. Pero nada de eso ocurre como se planeaba.

En efecto. El pueblo español no estaba preparado para hacer la revolución. Si a eso añadimos que al gobierno de Primo de Rivera le interesaba provocarla para responder con mano dura, el fracaso estaba asegurado. Hay una frase en El péndulo de Foucault de Umberto Eco que explica a la perfección el fracaso de muchas intentonas: “Si temes una conjura, organízala, así todos los que podrían participar en ella se ponen bajo tu control”.

La intentona acaba con la muerte de una pareja de la Benemérita y Pablo se enfrenta a un juicio que los condena a muerte… ¡por “convencimiento moral”!

Sí, tan lamentable fue la muerte de los guardias como vergonzosa la condena de los sediciosos. Muchas de las frases del juicio están extraídas de forma casi literal de las actas y el fiscal no solo pide la última pena para los acusados por “convencimiento moral”, sino que se regodea en ello.

Leyendo esta novela, llena de guiños y complicidades, uno intuye que tiene muy presente al lector.

¿Acaso podría ser de otro modo? Como decía Maurice Blanchot, un libro que no se lee es un libro que no existe… El lector es el protagonista principal de cualquier libro.

Por cierto, que se puede leer como una novela histórica, pero también como una novela de aventuras. ¿Era su intención traspasar los géneros?

No, yo quería hacer una novela de género… sabiendo que no lo conseguiría. Hay quien ha llegado a calificarla de “Bildungsroman de aventuras de autoficción histórica” (risas).

¿Tiene algún proyecto en mente?

Sí: el proyecto de no repetirme. A partir de ahí todo es posible.

 

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La portada

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