Maquetación 1

 

En mayo de 2012 se cumplieron cien años del nacimiento del escritor John Cheever (1912-1982). Ha sido un gran acierto la reedición de sus cuentos en un solo volumen por RBA (en catalán se pueden encontrar en Proa y labutxaca), que también ha editado una de sus mejores novelas, Falconer. Cheever escribió algunas novelas y guiones cinematográficos pero es conocido sobre todo por esas narraciones cortas, originales, extraordinarias, que le valieron el sobrenombre de Chejov de las zonas residenciales, de los suburbs, lugares característicos de ciertas poblaciones americanas, urbanizaciones bonitas, casitas con piscina y clase media alta con aspiraciones. En ese medio se manifiesta de forma evidente la mediocridad, el tedio, la rutina, en las contradicciones de esa gente aparentemente feliz, amigable, pero con unas relaciones familiares y amistosas llenas de penumbra y con muchos terrores irracionales.

Los cuentos de Cheever son para leer y releer. Hay muchos temas en ellos pero de forma habitual nos cuentan de forma magistral las pequeñas miserias de las relaciones entre hermanos, entre vecinos, entre padres e hijos. En medio de una situación aparentemente cotidiana surge lo imprevisto, la tragedia vulgar, incluso el misterio incomprensible. No son de miedo pero en muchas ocasiones dan miedo o más bien producen una extraña inquietud, un temor que roza el absurdo. No es extraña ni recurrente la comparación con los cuentos de Chejov ni tampoco resultaría improcedente evocar en alguna ocasión a Kafka, leyendo esas narraciones.

Hay quién relaciona su literatura con el sueño americano, un tópico recurrente. Es como si insistiésemos en que Chejov refleja la decadencia pre-revolucionaria. Sí, también, pero es mucho más que eso. La gente humilde que aparece por esas narraciones padece del mismo mal que los ricos bien intencionados, falta de empatía real, imposibilidad para hacer evidente una realidad mezquina y reaccionar contra ella buscando algo más. No están nada lejos de todos nosotros y aunque no tengamos casita con piscina y césped sino un pisito barato con un par de habitaciones en un barrio modesto nos reconocemos y reconocemos a parientes y conocidos. Hay un grado de humanidad absolutamente universal para lo bueno, para lo malo y para lo mediocre.

Hay algunos cuentos de Cheever muy conocidos, como el del Nadador, que se llevó al cine interpretado por Burt Lancaster o Adiós, hermano mío, el que encabeza el libro. Pero la gran mayoría son excelentes, incluso cuando repiten en ocasiones cierta temática, cierta situación. Los entendidos acostumbran a clasificarlos por épocas, hay quién piensa que los primeros son mejores que los últimos. Sin embargo todas esas consideraciones se nos escapan como agua en un cesto.  Los buenos no ganan siempre, como pasa en la vida real, e incluso entendemos que los malos lo son a menudo a su pesar y que creen actuar como deben o como pueden.

Algunas narraciones nos producen verdaderos escalofríos, sobre todo cuando las víctimas de la gente culta son los niños, por ejemplo, sacrificados sin ningún sentimiento de culpabilidad a las ambiciones o los delirios de grandeza de los adultos. O cuando nos tropezamos con familias errantes que creen haber mejorado y acaban desapareciendo de un lugar dónde pensaron empezar otra vez, sin éxito, y sienten que han fracasado de nuevo.

Los protagonistas de Cheever son personas pero son también lugares magistralmente descritos, casas con luces encendidas en el crepúsculo, playas con segundas residencias sin habitar, carreteras que no van a ninguna parte, piscinas, jardines, hoteles buenos, medianos o lamentables, porches que contemplan la soledad, cocinas modernas, interiores confortables, personas que viven juntas y creen incluso amarse. O que incluso se aman, a pesar de todo. Algunos relatos son más bien largas descripciones de ese tipo, una especie de cuadros pintados con colores fríos y con una buena dosis de surrealismo, paisajes de película americana, pero no sólo americana.

En esos cuentos late esa ineludible universalidad del sufrimiento a la cual alude el autor en el fragmento con el que encabezo este comentario. Precisamente la grandeza humana radica en esa ineludible universalidad, con todos sus condicionantes, de la misma manera que Cheever, con todos su problemas personales, sus luces y sus sombras, nos resulta hoy tan humano, tan actual y tan imprescindible.

 

Júlia Costa

 

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Cuentos / John Cheever / RBA Libros / 1ª edición, 2012 / Traducción de José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika Goicoechea / 1.042 páginas / ISBN 9788490063958

Contes / John Cheever / labutxaca / 1ª edición, 2009 / Traducción de Jordi Martín Lloret / 879 páginas / ISBN 9788499300184

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