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Ha llegado a nuestros cines la película francesa El ejercicio del poder. Su director es el todavía poco conocido por nosotros Pierre Schoeller y sus intérpretes principales, Olivier Gourmet y Michel Blanc, magníficos actores que tampoco nos son muy familiares. Nos llega escaso cine europeo y a menudo dura poco tiempo en las carteleras. Es ésta una película muy interesante en los tiempos que corren, quizás no redonda del todo, pero imprescindible. El cine francés y el italiano han sido capaces de retratar la realidad política actual a menudo, incluso de criticar y parodiar a sus políticos más apreciados.

En España es este tema, el de la política profesional, un gran ausente de los intereses de los directores y directoras de cine actuales. El cine francés, además, ha sabido contar en cine la vida cotidiana de sectores como las escuelas y los institutos de enseñanza media, de forma realista, crítica y poética al mismo tiempo. Tenemos mucho que aprender de esas visiones de nuestro presente que hoy brillan por su ausencia en las pantallas nacionales. Cuando nos acercamos en la ficción a esos mundos reales caemos a menudo en la demagogia, el discurso barato, la parodia fácil o la mitificación.

En otros tiempos se hizo aquí cine político del presente, con diferentes resultados pero con buenas intenciones y con ciertos aspectos de denuncia evidentes como en el caso, por ejemplo de la película El diputado. También en Catalunya se intentó, aunque casi siempre con un humor que rozaba lo grotesco, en producciones como Ho sap el ministre? Por eso me produce cierta envidia sana ver cómo se puede hacer cine del bueno a partir de la vida de nuestros políticos profesionales o de cualquier tema de actualidad y en serio.

Es fácil reconocer situaciones cercanas en esa visión política tan pedestre, en ese personaje que es un animal político y que cede a todas las presiones cuando conviene, para mantener un poder al que nunca se plantea, en serio, renunciar. Un personaje con sus debilidades, sus sueños eróticos, sus borracheras, sus pastillas, su móvil imprescindible, su familia convencional y su corazoncito en ocasiones, claro.

No es  esta una película política. O, más bien dicho, no es sólo una película política. Es una película sobre la vida de un ser humano que detenta cierto poder pero tampoco todo el poder. El pueblo es casi populacho, un gran ausente, un peligro: se manifiesta de forma ruidosa, agrede, quema neumáticos, hace huelga precisamente el día en el cual ese ministro de transportes va a llevar a su esposa a la ópera. No importan demasiado los motivos de unas protestas que deben controlarse como sea para no perder votos. Se promete con sinceridad y buenas intenciones pero luego, si hay que dar marcha atrás, se da.

Se siente pena y admiración por un pobre y silencioso empleado sacrificado a causa de las necesidades imprudentes del jefe. Se  cuenta con el colaborador y amigo fiel de siempre, al cual no se da libertad del todo para dejar ese ingrato campo de la política profesional, pero del cual se prescindirá cuando lo decidan los de más arriba. Bueno, la verdad es que en el fondo los políticos reflejan, a gran escala, nuestros pecados cotidianos más vulgares.

La película parece casi un documental. Empieza y acaba en un momento puntual del devenir de de su protagonista pero podía haber empezado o terminado en otro cualquiera. La vida sigue. El político protagonista no es un ser inhumano, no nos resulta simpático pero en ocasiones nos produce cierta compasión inevitable. Entré en el cine con grandes expectativas y creí salir algo decepcionada,  no sé qué me imaginaba. Sin embargo es de esas películas que me producen admiración retrospectiva, pienso en ella y me vienen a la cabeza detalles, palabras, cada vez me gusta más. Aconsejo, como casi siempre, ver la versión original. Y eso que ciertas situaciones, ciertos diálogos, nos parecen cercanos y en castellano o catalán funcionarían casi igualmente bien. Es una película para debate, para uno de esos cinefórums casi extinguidos, por desgracia.

El filme está ambientado, eso dicen, en la época Sarkozy pero el signo derechista del gobierno es lo de menos. En el fondo, el poder de verdad, incluso a pequeñas dosis, a menudo no tiene ni ideología, se justifica a sí mismo y se retroalimenta.

 

Júlia Costa

 

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Tráiler

 

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