Tras triunfar mundialmente con su opera prima, La soledad de los números primos (Salamandra en castellano y Edicions 62 en catalán), Paolo Giordano (Turín, 1982)  publica su segunda novela, El cuerpo humano (en las mismas editoriales). Se trata de una historia coral centrada en un grupo de soldados italianos en la guerra de Afganistán. Allí, sus cuerpos, pasando por encima del control de sus mentes, les servirán de guía para sobrevivir. En pleno territorio hostil, estos jóvenes deberán enfrentarse a la prueba más dura de sus vidas: lidiar con su pasado y creer en el futuro.

 

Vuelve el autor de 'La soledad de los números primos' / Foto: Patricia Tena
Vuelve el autor de ‘La soledad de los números primos’ / Foto: Patricia Tena

 

“Tuve miedo de no ser un escritor suficientemente maduro para hablar de la guerra”

 

Patricia Tena. Barcelona

Decidió marcharse a Afganistán para escribir un reportaje y volvió, además, con una novela.

Sí, así fue. Estuve dos veces en Afganistán y de la primera ni siquiera tenía en mente escribir un libro. Pero como siempre ocurre, una combinación sincrónica de sucesos me llevó a hacerlo. Quería escribir sobre el paso a la edad adulta de un grupo de jóvenes de treinta años y precisamente en Afganistán me encontré con chicos de esa edad en una situación límite. Una noche el capitán me relató una expedición que había hecho con sus hombres fuera de lo que se llama “burbuja de seguridad” y en la que murieron cuatro jóvenes. Este dolor aún era muy latente entre ellos y era horrible porque no podían desahogarse. Él me contó la historia con frialdad y cierto distanciamiento. En realidad, no se dio cuenta de que él mismo me estaba explicando los tres actos de mi novela.

Estando allí,  ¿se sintió en algún momento una especie de intruso?

La verdad es que me escondí un poco. Me presenté ante ellos como periodista y no como escritor, porque tenía miedo que la idea de que fuera una novela les incomodara. Cuando escribo reportajes siempre intento mantenerme invisible y neutral y aquí hice lo mismo; no quería perturbarles con mi presencia. Hice muy pocas entrevistas, básicamente me dediqué a observarles y a escucharles. Reconozco que me sentía un poco avergonzado por utilizar su dolor y antes de empezar a escribir, me planteé seriamente si era ético hacerlo.

¿Qué le hizo decantarse por el sí?

Pensé que es mucho mejor que eventos trágicos como éste tengan voz para que no caigan en el olvido. En Italia una historia de este tipo aparece en dos telediarios y luego ya nadie se acuerda.

¿Teme que ahora esos militares que le acogieron se sientan engañados?

No. En el libro está todo muy transformado y creo que nadie podría reconocerse,  quizá sólo en pequeños detalles. De hecho, las personas con las que construí una relación estrecha y con las que aún mantengo contacto, seguro que estarán contentas de que esta historia se sepa. Por otra parte, soy consciente de que también hay un sector del ejército al que no le gusta que se hable de las cosas que suceden dentro. Tienen miedo, aunque  para mí es algo absurdo.

¿Qué fue lo que más le sorprendió de esos soldados?

Que eran muy jóvenes. De hecho, una de las cosas que más me impactó fue darme cuenta de que había sido un estúpido creyendo que los soldados eran una raza aparte. No; estando con ellos comprendí que yo podría haber estado allí también. Durante un período tuve miedo de no ser un escritor suficientemente maduro para hablar de la guerra, pero luego entendí que precisamente ahora es cuando debo hacerlo, porque tengo la misma edad y la misma mirada que ellos.

En Afganistán, ¿logró entender qué lleva a esos jóvenes a alistarse en el ejército y arriesgar su vida cada día?

Para mí las motivaciones siempre son diversas y totalmente personales. Intentar buscar una razón general es una actitud errónea, pero común: les vemos vestidos de forma igual y creemos que debajo de su ropa también son iguales. Pero cuando se quitan el uniforme, cada uno tiene su historia. Por tanto, sólo puedo imaginar cuál hubiera sido mi motivación.

¿Y?

Sin duda, hubiese sido una motivación sentimental;  ir a buscar una familia distinta y conocer a chicos como yo que me hicieran sentirme menos solo.

Sus protagonistas establecen un vínculo afectivo muy fuerte estando en la guerra. Sin embargo, al volver a casa prácticamente se obligan a distanciarse unos de otros. ¿Por qué?

Creo que es algo que sucede más veces de las que creemos. Las relaciones que se forjan en situaciones de dolor y tensión sólo pueden existir dentro de ese contexto.  Cuando ellos intentan volver a la normalidad,  el peso de los recuerdos es demasiado doloroso y no tienen más remedio que separarlo, apartarlo, hacer como si lo metieran todo en cajas. Cuando has compartido tanto sufrimiento y horror, es difícil que la relación sea normal. Pero no es algo exclusivo de los soldados, creo que pasa después de un golpe o un trauma que nos marca. O, salvando las distancias, cuando te das cuenta de que ya no eres un niño y que la vida te obliga a tener ciertas responsabilidades. No es fácil. Yo he tenido que luchar mucho.

En el libro afirma que “no basta ser heroico para ser un héroe”…

Los chicos de catorce o quince años siempre aspiran a ser un verdadero hombre, un héroe. Es un concepto algo abstracto, yo creo que hoy día también hay héroes, aunque no se ajusten necesariamente al canon establecido. Creemos que estos soldados son esculturales y valientes y que no tienen miedo, pero en la batalla ellos mismos se dan cuenta de que son más vulnerables de lo que creían.

¿Por qué El cuerpo humano? El cuerpo también tenía un papel primordial en La soledad de los números primos.

El cuerpo es una de mis obsesiones principales. Desde siempre he tenido cierta dificultad para sentirlo constantemente. El cuerpo en La soledad de los números primos era una herramienta de penitencia: Mattia se autolesionaba y Alice sufría anorexia. En cambio, aquí, el cuerpo tiene sabiduría. Sus cuerpos son el primer aviso del peligro, del malestar. Además, es muy importante para uno de los personajes, el teniente Egitto, que empieza en un estado depresivo y poco a poco va asimilando que él está ahí como médico para cuidar de esos chicos. Es una reconciliación en toda regla.

Además, esta novela, como la primera, también ahonda en las dificultades para establecer relaciones sinceras con las personas.

Sí, y aquí esta dificultad es aún más especial. Los personajes se encuentran en un lugar sin intimidad, siempre están rodeados de gente, no tienen vida privada. Pero aunque estén constantemente en grupo no necesariamente tienen un contacto profundo con alguien que les haga sentirse menos solos. Las relaciones que mantienen con las personas que les esperan en casa, principalmente vía e-mail, son relaciones controladas, no auténticas. Por eso cada uno de ellos siente la necesidad de entrar en contacto profundo con al menos una persona en el universo. Me interesaba mucho reflejar esto porque ha sido una búsqueda personal que he tenido durante los últimos años.

¿Usted también percibe estos paralelismos entre sus dos obras o son comentarios típicos de los periodistas?

(Risas) Sí, sin duda. Yo también lo siento así. Precisamente he trabajado en ello para que el lector lo pudiera notar. Además, a mí como lector también me gusta trazar una línea de continuidad en la obra de un escritor. Es fácil intentar adivinar cómo ha pasado de una historia a otra. El autor siempre es el mismo y creo que la línea de continuidad es su vida.

El libro arranca con una cita del libro Sin novedad en el frente que dice “y aunque nos devolvieran este paisaje de nuestra juventud, ya no sabríamos bien qué hacer con él”. ¿Cree que sus personajes sabrían? 

No. Esta historia es su adiós a una cierta juventud. Creo que, inevitablemente, la guerra define una línea de la que no hay retorno.

Y, ¿usted? Logró el éxito con sólo 26 años y confiesa que le ha costado asimilarlo.

Sigo trabajando en ello. Intento hacerlo lo mejor que puedo.

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giordano

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