No me cuentes tu vida, dice Luis García Montero en su último libro (Editorial Planeta). Y sin embargo, el autor ha venido a contar, a explicar desde el interior la vida de tres generaciones de una misma familia, que transcurren por dos escenarios distintos -Madrid, Bucarest- y que se proponen, ante todo, contarlo todo antes que la falta de entendimiento y la incomprensión dinamiten esos fuertes vínculos y erosionen un poco más nuestra sociedad.

 

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El autor granadino es también uno de los poetas españoles más reconocidos

 

“Si no salvamos a la política de las cúpulas de los partidos, nos encontraremos en una situación bastante peligrosa”

 

Laura De Andrés. Barcelona

No me cuentes tu vida, un título muy elocuente, una frase que los padres deben haber oído infinidad de veces…

…Y que nosotros, los que hoy somos padres, dijimos muchas veces como hijos. El título tienen doble intencionalidad. Por una parte, buena parte de la novela trata sobre los malentendidos generacionales. Pretendo contar los años de una sociedad a través de tres historias de amor de tres generaciones distintas: los abuelos que vivieron los peores años de la dictadura, los padres que vivieron el fin de la dictadura y el paso a la democracia, y los hijos que están viviendo ahora este momento de crisis y de incertidumbre. Hay distintas educaciones sentimentales y por lo tanto también tantas otras maneras de interpretar la realidad, lo que comporta que surja con frecuencia el malentendido generacional, la incomprensión del otro.

¿Y la segunda interpretación?

La segunda sale del ámbito doméstico para hablar de la mentalidad de una sociedad donde cada vez me parece que se imponen más los valores del “sálvese quien pueda”, el cada uno a lo suyo, el “no me cuentes tu vida”. En ese sentido, la novela intenta que los personajes se reúnan y hablen de su vida. Resulta muy difícil encontrar un rayo de esperanza si no es a través de la conversación, si no nos ponemos en el lugar del otro.

Y, a pesar del título, sus protagonistas acaban desnudándose sentimentalmente. 

El padre llega a la casa de manera imprevista y encuentra a su hijo acostado con una chica rumana, empleada de hogar de la casa. Inician una fuerte discusión. El padre recuerda al hijo que en la Andalucía donde él nació, la de los años 50, los señoritos se acostaban con las criadas, y que eso era un signo de humillación y prepotencia. Y el hijo recrimina al padre que él no tiene nada que ver con un señorito andaluz de los años 50, que no le cuente su vida. El padre se da cuenta que el hijo tiene razón y no quiere renunciar, porque renunciar no es fácil cuando no se está sólo, cuando tienes un vínculo con alguien.  Y se sienta a escribir una larga carta a su hijo donde intenta explicarle todo para que entienda el resultado de su vida, creando un espacio de diálogo.  En un mundo que nos condena a la soledad, debemos contarnos nuestra vida. No podemos perder la imaginación moral que nos permite situarnos en el lugar del otro y sentir como propios los problemas ajenos.

Esta larga carta al hijo, que también tendrá otros lectores, narra una acción dilatada en el tiempo, que abarca tres generaciones y que transcurre en dos escenarios distintos: España y Rumanía. Como si compilar información del pasado pudiera explicar, en cierta manera, qué ocurre en el presente.

Los abuelos de este chico fueron militantes del PCE, vivieron en el exilio, en Bucarest, trabajando para Radio Pirenaica. Y allí ya sufrieron una gran contradicción. Se habían hecho militantes del partido para luchar contra Franco, la dictadura, las cárceles, la represión policial; y al llegar ahí se dan cuenta que los camaradas que los están ayudando han degenerado también en una dictadura, en una represión, en un sistema policíaco. Y eso les hace plantearse muchas contradicciones. Acaban tomando conciencia que no se puede obedecer a ninguna consigna y que el compromiso es por unos valores humanos más allá que cualquier bandera.

Todo este pasado se tambalea cuando el nieto de estos militantes empieza a convivir con una chica rumana, empleada del hogar en casa de sus padres. 

Una chica que, en el fondo, es el fruto del pasado de Rumanía: el empobrecimiento y la necesidad de emigrar de los rumanos para buscarse la vida. Cuando la familia, a través de esta chica, llega a Alcalá de Henares, donde convive una inmensa comunidad de rumanos, la familia deja aflorar todas sus contradicciones. La presencia de Rumanía convierte la novela en un ejercicio de conciencia donde todos los personajes están enfrentados a la contradicción del presente y del pasado. Una comunidad necesita entendimiento, un diálogo entre unos y otros. El pasado es inseparable del presente, somos herederos de nuestro pasado.

¿La revisión del pasado puede convertirse en un pasado para mirar el futuro?

El conocimiento del pasado como una trampa nostálgica es un lastre. El pasado sirve para comprender el presente, y el presente es la mesa de trabajo donde se está preparando el futuro. Quien se encierra en el presente y cancela con el olvido el pasado, en realidad está cancelando el futuro. Soy muy partidario de conocer la Historia, sobre todo en España, donde por culpa de la dictadura, ésta ha estado durante muchos años falsificada. Es especialmente importante conocer el pasado, siempre que esto no se convierta en un ejercicio sólo de nostalgia. Que todo ese sufrimiento sirva para abrirnos los ojos ante aquellos que están sufriendo actualmente.

¡Ahora tenemos una madeja muy complicada de desenmarañar!

Estamos desorientados. La novela habla de tres generaciones, un período de unos 50 años, pero en el fondo, por mucho que fuéramos críticos y se denuncien errores, había un escenario común: la confianza que los hijos iban a vivir mejor que los padres.

Veo difícil que este axioma se pueda aplicar hoy en día…

Ese relato se ha roto. Sería absurdo decir que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero también es absurdo decir que cualquier tiempo futuro será mejor. No sabemos qué va a pasar. Ahora, la preocupación es si tu hijo va a encontrar trabajo, si se va a tener que ir de España, qué tipo de dignidad laboral va a tener, si le van a dar una beca con un sueldo miserable y después lo van a machacar y lo van a dejar en el paro. Lo cierto es que los síntomas invitan a cierto pesimismo, a cierta desconfianza en el futuro. Vivimos en la incertidumbre.

En este cambio generacional, los padres vivieron una democracia que construyeron, en la que creyeron. Y que ahora esta democracia está, como mínimo, en entredicho.

Por eso es importante que hoy en día haya un entendimiento entre las distintas generaciones. Buena parte del descrédito actual de la política se debe a los errores de la transición. No puedes hacer una transición donde los poderes y las élites económicas y sociales del franquismo sigan manteniendo su poder. Franco dejó su heredero, y una transición manipuladora convirtió al heredero de Franco en el padre de la democracia, como si nos la hubiera regalado. Y eso suponía que todas las élites económicas y sociales del franquismo estaban perpetuando su poder. Eso hace que en España exista una ley hipotecaria como la que existe, privilegios bancarios que son capaces de sonrojar al capitalista más avaro, una ley electoral que conforma mayorías casi siempre conservadoras y que impiden un verdadero protagonismo de los votantes a la hora de escoger sus representantes. ¡El 70% del electorado español no ha votado al PP en las últimas elecciones, y sin embargo tiene mayoría absoluta! Esto se produce gracias a una ingeniería electoral realmente injusta.

Y una falta de transparencia democrática.

Las cúpulas de poder están al servicio de los servicios financieros, que han ido alejando el trabajo de los partidos de la vida cotidiana de los ciudadanos a los que tienen que representar. Hay un descrédito absoluto de la política, y buena parte de la crisis que estamos viviendo se debe a la debilidad de la democracia española, que fue incapaz de consolidarse. La corrupción existe, y es denunciable. Pero creo que el verdadero descrédito de la política no se debe sólo a la corrupción, porque corruptos hay en todos sitios. En el fondo, el descrédito se explica porque la gente está viendo que la política no sirve para resolver sus problemas, que las decisiones que toma un gobierno están impuestas por los poderes financieros y no para resolver la vida de los ciudadanos. Y eso sí desacredita la política.

Eso parece…

Soy de los que creen que conviene reivindicar la política, porque cualquier alternativa al margen de la política va a ser mucho peor. Ahora, la política no va a recuperar su crédito si no le devolvemos su compromiso humano, si los políticos no vuelven a representar a los ciudadanos. Si no salvamos a la política de las cúpulas de los partidos, nos vamos a encontrar en una situación bastante peligrosa, con el surgimiento de iluminados, líderes y movimientos populistas al margen de la democracia.

Cada uno de los protagonistas acarrea su propia mochila sentimental. En su caso, usted aporta mucho al personaje principal, el del padre. 

He utilizado mi propia experiencia personal, hay mucho de mi vida en Juan. Y a partir de aquí, uso la ficción para que mi explicación para que vaya más allá de la anécdota de una vida, y tenga significación generacional. Pero hay mucho de mi vida como niño en un país subdesarrollado, como joven militante contra la dictadura para traer la democracia, y como adulto cuando he visto la degradación de la política, la renuncia a muchos valores y una santificación de los mercados que nos ha llevado a esta ruina.

Entiendo…

Conocer tu propia situación sentimental es importante para darte cuenta de lo que te une y lo que te diferencia de los demás. Cuando yo era niño la televisión se convirtió en un acontecimiento cuando empezó a llegar a las casas; mi hijo ha crecido enfrente de una pantalla de ordenador. Estas distintas educaciones sentimentales son las que marcan después las distintas perspectivas cuando uno se plantea los problemas.

¿Cómo afronta alguien que durante años ha luchado por algo, que vea como esa lucha se le gira y se convierte en todo lo contrario?

En mi caso concreto, la herida no tiene mucha gravedad, me lo puedo tomar hasta con humor. Pero la gente que estuvo luchando durante años contra el franquismo y que vieron en el comunismo una religión, llegar a Bucarest y encontrarse que el comunismo había desembocado en un terror de estado como el que combatían fue tremendo. Algunos sufrieron mucho, fueron expulsado, sus amigos les dejaron de hablar, y que por defender la conciencia personal fueron acusados de traidores. Hubo tremendos dramas humanos, como la de aquellos que, aún sabiendo que no eran unos traidores, acababan en un juicio estalinista asumiendo la propia responsabilidad porque les convencían de que al partido al que había que servir les interesaba que se declararan culpables.

Más allá de los problemas derivados del cambio generacional, en este país se ha vivido mucho en muy poco tiempo…

Y eso resulta de difícil gestión. A veces los cambios generacionales se convierten en abismos. En España, en poco tiempo, se ha pasado de una sociedad subdesarrollada, sobre todo en ciudades de provincia como la mía, a una sociedad situada en el capitalismo más avanzado. Creo que eso ha conllevado unos cambios sentimentales, unas mutaciones antropológicas más serias que el simple paso de una dictadura a una democracia. Eso ha abierto mucho la brecha generacional.

Su novela se escuda en el ámbito doméstico como una tabla en medio del mar. ¿El ámbito doméstico nos salvará?

Las historias sociales se cruzan con las historias individuales. Y también estoy convencido de que en este momento el ámbito doméstico se puede convertir en una metáfora positiva. Parece que cada vez que hablamos de la familia se tenga que hacer desde el punto de vista más conservador. Y por culpa de esta crisis, la familia está cambiando de significado y está adquiriendo un valor de solidaridad muy fuerte. Porque es el lugar donde hay vínculos, y donde somos capaces de vivir como propios los problemas ajenos.

Como antaño, en las épocas más difíciles…

Se recupera ese tejido donde la precariedad invitaba a la solidaridad. El amor te obliga a ponerte en el lugar del otro. Y eso genera vínculos, y esos son los que generan comunidad. La tarea es llevar estos vínculos a las plazas públicas, no buscar chivos expiatorios. Si conseguimos llevar a las plazas públicas una red de solidaridad volveremos a hacer posible una cultura que tenga que ver con los vínculos y no con lo que tenemos ahora, aquello de que no me cuentes tu vida y cada uno a lo suyo. Hay que recuperar el relato.

 

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La portada

luisgarciamontero

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