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Javier Cámara y Clara Segura son dos personas que intentan salir adelante tras un desengaño amoroso

 

Cesc Gay, el director y guionista de En la ciudad (2003), vuelve a la carga con otro retrato generacional, Una pistola en cada mano (2012), que nos muestra nuevamente los conflictos internos que gobiernan las vidas de un grupo de amigos que han superado los cuarenta años. Se trata de una película de historias cruzadas, de personas normales que necesitan entender cuál es el lugar que ocupan en el mundo: qué vida tienen exactamente, cuál es su relación con sus amigos y pareja, cuáles son esas contrariedades que no esperaban tener y que ahora parecen dominarles.

Ya la primera de esas historias estremece. Se encuentran por casualidad dos viejos amigos (Eduard Fernández y Leonardo Sbaraglia). Al principio se cuentan que las cosas les van más o menos bien, sobre la marcha, pero rápidamente ambos descubren del otro que la vida no es tan fácil como esperaban, que nadie les contó cómo sería realmente y que esas angustias personales vienen sin manual de instrucciones. Algunos llamarían a esto la clásica crisis de los cuarenta, dura pero pasajera, y otros, en cambio, lo calificarían como el pan de cada día a partir de cierta edad. Todo dependerá de cada espectador, de cómo de identificados se sientan con los personajes.

Una pistola en cada mano es una comedia, no cabe la menor duda, te ríes con la inocencia de unos, con los tropiezos de otro, pero todas las historias están llenas de silencios que incomodan, que duelen dentro y fuera de la pantalla. El humor llega teñido de drama: Javier Cámara es un hombre al que el amor no le sonríe, que intenta recuperar a su mujer (Clara Segura), de quien se separó tiempo atrás; Alberto San Juan encarna a otro que tiene un problema que no es propio de su edad; la vida del personaje que interpreta Ricardo Darín está a punto de desmoronarse y la situación sentimental de los que interpretan Eduardo Noriega y Jordi Mollà no va mucho mejor. Todos ellos se enfrentan a situaciones corrientes, que vemos u oímos a menudo, a las que no damos importancia cuando les toca vivirlas a los demás, pero que duelen terriblemente cuando nos caen a nosotros.

Los personajes femeninos (Clara Segura, Leonor Watling y Cayetana Guillén Cuervo) también luchan por salir adelante, pero de forma diferente a como lo hacen ellos. Ellas sufren las consecuencias de las crisis que tienen sus maridos, comparten los dramas de sus parejas, pero aparentan ser más fuertes. Cesc Gay vuelve a dar en el clavo, demostrando de nuevo una gran capacidad para entender ese mundo crítico por el que atraviesan muchas personas (en pareja o de forma individual) cuando llegan a cierta edad. El guión (coescrito, como En la ciudad,  con Tomás Aragay) es extraordinario y los personajes están tan bien interpretados, que el espectador saldrá del cine conmovido; más de uno se sentirá identificado mientras que otros querrán espantar los fantasmas antes de que lleguen. Una película, en definitiva, inteligente y profundamente efectiva.

 

Manel Haro

 

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Tráiler

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