Ya han pasado casi tres años (y diez ediciones) desde que Acantilado publicó la primera novela de David Monteagudo, Fin. Aquella ópera prima, que se convirtió en un éxito inmediato de ventas, venía acompañada de una potente cobertura mediática que nos informaba que en el cajón de Jaume Vallcorba –el editor- había ya como ocho o nueve libros más que el autor tenía escritos desde hacía años. La historia de este diamante en bruto ya la conocen: David Monteagudo, gallego residente en Vilafranca del Penedès, currante de una fábrica de cajas de cartón que a los 40 años le dio por escribir y a los 47 le llegó el reconocimiento.

Pero como el éxito siempre tiene que venir acompañado de debate (bendito sea), rápidamente surgieron voces críticas con esa primera novela: que si el desenlace decepcionaba, que si no era tan brillante como aparentaba, que si la suya no era una prosa muy elaborada… Y un servidor, que quedó impresionado y totalmente convencido con Fin, al final tuvo que ceder a las dudas y esperar a ver si la siguiente obra las despejaba. Y así llegó en 2010 Marcos Montes, la historia de un minero que lucha por salir de la mina tras sufrir un accidente. Y aquella segunda novela sí que me dejó frío, lo reconozco: ni me creí la historia ni me sedujo cómo me la contaba Monteagudo. En otras palabras: más dudas y a esperar a la tercera novela, que Acantilado publicó a finales de 2011.

Brañaganda nos propone una narración que suena a vieja leyenda, la de un pequeño pueblo rural de Galicia que ve cómo su tranquilidad se ve sacudida por la presencia de un lobishome. Este ser, mitad humano y mitad animal, aparece de repente, atacando a las mujeres de la zona, lo que lleva al terror y al desconcierto a todos los habitantes: unos se niegan a creer en seres que no pueden existir, otros creen que se trata de algún vecino y los otros sencillamente no saben qué pensar ni cómo actuar. El protagonista de la historia –y narrador- es Orlando, un hombre que recuerda estos acontecimientos que marcaron su niñez: relata el miedo de su madre, la extraña actitud de su padre, la misteriosa presencia de una mujer por el pueblo, la figura ambigua de su amiga Cándida…

Ese es el ambiente en el que nos sumerge Monteagudo: el de un pueblo en la espesura,  una zona boscosa, un lugar de pocos habitantes con casas muy separadas, que todavía no ha olvidado episodios de guerras pasadas, donde trabajar es todavía más importante que estudiar, un enclave propicio para alimentar leyendas y misterios (no es casual que el padre de Orlando lea en un momento dado Flor de santidad, de Valle-Inclán). Y si el lector es capaz de sentir todo eso (además del frío de la nieve, la humedad del paisaje, la angustia de una madre) es porque el autor escribe con total solvencia. La historia es poderosa, sugerente, y me atrevería a decir que lo más importante aquí no es saber si los habitantes darán caza al lobishome, sino ir descubriendo poco a poco las debilidades de cada uno de ellos, los secretos que se esconden en cada una de las casas de un pueblo que encierra a unos personajes derrotados y supersticiosos. David Monteagudo sabe conducir al lector a su terreno, demuestra ambición y nos narra una historia que nos atrapa como esas leyendas que nos contaban cuando éramos pequeños, siempre a media luz y atentos a cualquier ruido.

 

Manel Haro

 

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Brañaganda / David Monteagudo / Editorial Acantilado / 1ª edición, noviembre de 2011 / 288 páginas / ISBN 9788415277378

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