A Barcelona le crecen los inspectores. El último en subirse a escena es el controvertido Milo Malart, inspector de los Mossos d’Esquadra, que se nos presenta fuera del cuerpo y cuyo combustible, además de los acuciantes problemas personales, no pasa de la ensaladilla, el pescaíto frito y el pa amb tomàquet. Le acompaña la subinspectora Mercader, una chica dura. Y juntos -tanto como alguien pueda estar de Malart, que no es mucho- intentarán poner freno a la locura desatada por un asesino en serie que parece obsesionado por la obra de Gaudí. Barcelona entra en combustión de la mano de Aro Sáinz de la Maza  en El asesino de La Pedrera (RBA).

 

El autor debuta en novela negra / Foto: RBA

 

“Barcelona tiene un gobierno oculto, 400 familias cuyo poder influye en todos los estamentos de la sociedad”

 

Laura De Andrés. Barcelona

No es nuevo en el oficio de escribir, pero sí en este género. ¿En qué momento se plantea debutar en la novela negra?

Sinceramente, lo que no entiendo es cómo no he escrito antes novela negra. Me parece un barco genial sobre el que volcar cosas que otros géneros no te permiten. Para mí, era una espina clavada desde hacía años. A veces no vas a buscar los libros, son ellos los que te vienen a buscar a ti. Planteas la trama, el enfoque y, finalmente, un día salta la chispa.

La chispa que prende la mecha de El asesino de La Pedrera, una novela tremendamente psicológica…

Lo psicológico me parece un motor muy interesante. Los conflictos son imprescindibles. Cuantos más conflictos, tratados de una manera más emocional que lógica, mayor implicación del lector.

Un cuerpo carbonizado aparece colgado de la fachada de La Pedrera. No se trata de un cualquiera: ni más ni menos que un exconseller y alto cargo de La Caixa. Para tratarse de su primera novela negra, ha escogido un inicio contundente. 

No me resultó fácil. Pasé meses midiendo diferentes arranques. Quería algo efectivo pero no efectista. Y no sé si lo he logrado. Me interesaba que el personaje tuviera ese punto político-financiero importante para luego desembocar en una descripción de la corrupción que se ha extendido actualmente en Barcelona.

El resultado es una auténtica bajada a los infiernos, no solo a los de la ciudad, sino también a los de los personajes que transitan por ella.

Sí, sobre todo del antagonista. No intento que el lector lo justifique, pero sí que pueda llegar a comprenderlo. Pero también es una bajada a los infiernos de Milo Malart, con un carácter tan peculiar, tan distímico. Cuando roza el éxito, está en la cresta de la ola. Cuando se siente al borde del fracaso, se precipita en la cueva más profunda. Me interesaba crear estos personajes tan extremos.

Milo Malart se nos presenta fuera del cuerpo de los Mossos d’Esquadra y, literalmente, al borde de un precipio. 

Un pequeño guiño a mi propia experiencia ante la novela negra.

Ha logrado un personaje muy complejo, dotado de una intuición resolutiva, odiado y querido a partes iguales.

Milo ha resultado un personaje muy empático. Con sus sombras y sus luces. Pero a pesar de parecer un personaje muy negativo, a medida que avanza la historia algunos de los personajes que lo rodean mimetizan sus comportamientos. En el fondo se trata, desde este punto de vista, en un personaje positivo. Lo que sucede es que, como personaje, se está quemando vivo en todo momento, como metáfora existencial. La utilización del fuego no es baladí, busca la redondez.

Barcelona se transforma en otra de las grandes protagonistas. Y no sólo como escenario, sino  como actor de la propia novela. Una ciudad que puede ser víctima y verdugo, simultáneamente.

Barcelona es un ser vivo, una ciudad dinámica, vitalista, y tremendamente poliédrica, con muchísimas caras y todas ellas en permanente convivencia. Tenía muy claro que quería que fuera el escenario de mi novela, pero en seguida me di cuenta que aportaba muchísimo. Existen tantas Barcelonas como habitantes, y yo desconocía la enigmática, la misteriosa. Y una vez empiezas a documentarte descubres un filón de oro. Una ciudad inacabable, ideal.

Y una ciudad que, en contra de lo que se pueda pensar, registra no demasiadas muertes violentas…

La media se sitúa en unas 18 muertes violentas al año, un índice muy bajo en comparación con otras ciudades europeas y mundiales. A pesar de ello, El asesino de La Pedrera juega con la idea de que estas muertes son las que conocemos, pero que existen otras que las estadísticas no recogen. ¿Si desaparecen personas cuya desaparición no ha sido denunciada nunca, cómo podemos saber que no han sido víctimas de un asesinato?

La policía catalana, ¿paga la idiosincrasia de ser un cuerpo policial muy joven?

Los Mossos d’Esquadra son un cuerpo joven, lógicamente politizado. Y los cuerpos policiales jóvenes no tienen aún esa veteranía para saber cómo actuar ante diferentes modelos. Los Mossos viven este momento actualmente. Yo lo he querido tratar con objetividad. Como todos los cuerpos policiales, éste tiene sus luces y sus sombras, no dejan de estar formados por personas, y cada persona calza de un pie. En este sentido, los Mossos no son ninguna excepción.

Aunque los tiros van para otra parte. La crítica se ceba más con el establishment catalán. 

Otra de las cosas que descubrí después de seguir a través de la prensa los distintos escándalos sociales con los que juego en la novela es que Barcelona tiene un gobierno oculto, esas 400 familias que, a pesar de constituir un poder muy alejado del ciudadano, forman un poder que influye en todos los estamentos de la sociedad. Y uno de ellos es precisamente la policía. No debería ser lógico, pero parece comprensible.

Cuatrocientas familias que tejen su poder en la sombra y cuatrocientos individuos que atentan contra el sistema tal como lo conocemos. Sin embargo, su máxima preocupación se centra en los que están entre unos y otros…

Se trata de datos reales, que me dejaron sorprendido. Como las dos caras de un espejo y, en medio, una población anestesiada. Parece un mímesis de la Barcelona de hace un siglo. Las similitudes con la Rosa de Foc, como fue denominada Barcelona durante la Setmana Tràgica, son muchísimas. Varían las circunstancias y el tiempo, pero volvemos a asistir a este enfrentamiento anarco-revolucionario contra las fuerzas del orden, la alta burguesía… Y lo único que nos diferencia es la ausencia del fuego. De ahí que yo lo introdujera en la novela.

No hemos aprendido nada, entonces…

No. Pero como dicen los poderosos: todo tiene que cambiar para que todo siga igual. Y, entre unos y otros, los ciudadanos anónimos tenemos que acatar lo que hacen con nuestra ciudad. Son ellos los que hacen y deshacen a su antojo. Y, en mi opinión personal, no siempre lo hacen de una manera afortunada.

También carga contra el periodismo sensacionalista. 

En este país algunos medios viven del negocio de explotar el dolor ajeno. Lo explotan hasta la náusea. Tienen un talón en blanco, impunidad total. La crítica social de la novela negra también me permite nutrirme de estos elementos.

Los ladrones de cuello blanco también se creen impunes.

Los delincuentes de cuello blanco existen y son enfermos, personas que se consideran por encima de los demás, más inteligentes. Las tropelías son su droga, y la necesitan para seguir viviendo. El problema radica en que la bola de nieve va creciendo, se hace más y más grande. Ellos siguen considerándose más listos que nadie, hasta que al final la cosa estalla por un lado o por otro. Me interesaba contrastar el perfil psicológico de la víctima con el perfil psicológico del protagonista, y ver cómo una ciudad como Barcelona puede crear este tipo de personajes, tan diferentes entre ellos pero ambos al otro lado de la ley.

Fèlix Millet, Iñaki Urdangarin, Carlos Dívar… ¡La lista de los presuntos notables que un día se creyeron inmortales no para de crecer!

Sí, se trata de un perfil que parece no tener fin. No sé si se trata de una especie de fiebre para buscar el atajo más fácil de la manera más increíble. Y, cuando esto se descubre, el ciudadano de a pie se queda con cara de tonto. ¿De verdad creían que nadie se daría cuenta para actuar con tanto descaro? Qué lástima tener una mentalidad tan simple, tan torpe. Siempre uno se imagina que las personas  capaces de cometer este tipo de delitos son personajes brillantes, con una mentalidad sublime. Pues no. Aquí la clave es ser pillo, espabilado, no ser inteligente.

¿En qué momento empieza a dejarse seducir por la figura de Gaudí?

Desde siempre me ha intrigado, me ha seducido. Como creador, como hombre, y como enigma humano. ¿Cómo es posible que la figura de alguien tan popular, que ha sido estudiado hasta el último detalle, incorpore aún tanto misterio? La mezcla de simbología masónica y hermética en sus obras siempre me ha llamado mucho la atención. Pero también su persona como tal. ¿Qué factor psicológico puede hacer que una persona dé a su vida un giro de 180º, y pase de ser un bon vivant a convertirse en un asceta, un místico de vida espartana, concentrado únicamente en su obra?

Y su obra ha convertido Barcelona en un gran parque temático.

La Sagrada Família, sin ir más lejos, genera 100.000 euros diarios de beneficios. Es salvaje.

El magnetismo de Gaudí también nos introduce al misterio masónico. Pero, lejos de trilladas aventuras y desventuras reveladoras, usted devuelve a la masonería su explicación más primigenia.

Intento despojarlo de cualquier tipo de efectismo y de misterio. Descubres que detrás de la masonería existe un maravilloso y espectacular humanismo. La masonería es el librepensamiento por antonomasia. Cosa que tampoco es de extrañar: si la mayor parte de los grandes pensadores e intelectuales han sido masones, por algún motivo será. Desde el inicio creí que hablar de Gaudí y no tocar el tema de la masonería era un error. En cierta manera, era un tema impuesto. Y quise tratarlo desde un punto de vista no espectacular, sino desde el punto de vista más real posible. Quería explicar qué es hoy en día y aquí la masonería: búsqueda y avance personal.

La masonería aplicada a la Barcelona del siglo XXI…

Me parece sorprendente cómo la leyenda negra se ha ido construyendo sobre algo aparentemente tan naif, tan elogiable como el afán de conocimiento. Al final descubres que somos producto de un montón de tonterías, de mentiras, de leyendas interesadas.

La novela rezuma venganza. Muchos son capaces de pagar el alto precio por ejercerla ¿La situación de crisis económica que sufrimos puede acentuar este sentimiento?

Sí. De hecho, ya está sucediendo, aunque de manera autoinfligida, como por ejemplo en Grecia. Existen dos maneras de protestar: la activa y la pasiva. Por esa razón a mí me ha resultado fácil meterme a veces en la piel del antagonista. La línea de fatalidad que cruza no es tan increíble como puede resultar al inicio. La razón de la venganza puede llevar a la locura a cualquier persona, y desatar sus ganas de pagarlo, aunque el precio sea elevado.

La situación actual da para mucha locura…

Para muchísima. No hablamos de tonterías, hablamos de cosas muy serias. Del hambre, por ejemplo, que puede ser muy mala consejera. No hablamos de vivir, sino de sobrevivir. Y, ante la estupefacción de la población, vemos que que nuestros responsables políticos no hacen más que estupideces, como largarse a ver un partido de fútbol. Te hierve la sangre. Y puedo comprender que algunos tengan el punto de ebullición más bajo que otros, que se desate la locura, el horror. Y eso es algo con lo que cada vez más nos vamos a tener que ir acostumbrando a vivir. En esto soy muy pesimista, no creo demasiado en los que mandan.

¿Hay segunda parte para Milo Malart y su ‘chica dura’?

A pesar de que Milo me resultaba al principio muy escurridizo, ahora ya no me puedo desembarazar de él. Lo llevo enganchado como una lapa. También tengo planes para Rebeca Mercader, cuyo personaje crece mucho a lo largo de la novela. Quiero que perviva, darle más cancha, verla en acción de nuevo. La segunda entrega ya está bastante clara, sólo espero reunir la energía necesaria para poder ponerme a escribir de nuevo.

¿Barcelona seguirá siendo protagonista?

Por supuesto. No hay barrio o calle en Barcelona que no dé un juego tremebundo. Es la ciudad de ciudades. Como esa novia de la que tienes un enamoramiento ful, pero con la que estás seguro que la convivencia no será fácil. De la que vives absolutamente enamorado, aunque una voz interior no deje de avisarte que alguna cosa no va a funcionar.

 

________

La cubierta

 

Anuncios