Tras sorprender con su primera novela, La última confesión (Editorial VíaMagna), José Antonio Castro presenta El cementerio de la Alegría (Ediciones Martínez Roca). En ella, la tranquila y anodina vida del joven huérfano Adiel da un giro cuando un hombre entra en la joyería donde trabaja para encargarle a él y a su tutor, Tito Donabella, que cuiden de una pequeña caja que nunca, bajo ninguna circunstancia, deben abrir hasta que él lo indique. Pero la curiosidad es poderosa y las consecuencias de ello demasiado violentas para un Adiel empujado a una realidad donde la inocencia no tiene cabida.

 

El autor de Chipiona (Cádiz) acaba de publicar una novela intimista llena de suspense

 

“El egoísmo emocional nos impide estar preparados para los accidentes que nos cambian la vida”

 

Manel Haro. Barcelona

De las novelas detectivescas se dice que si al principio aparece una pistola, inevitablemente se acabará disparando. Podríamos decir que en los thrillers, si hay una caja o una habitación que no se debe abrir, ¿esta acabará revelándonos su contenido?

Eso es lo lógico, aunque no siempre lo que se termina mostrando es lo que se quiere revelar realmente en la novela. En El cementerio de la Alegría digamos que, metafóricamente, solo es una excusa para iniciar la búsqueda de algo más allá del propio contenido.

Su novela es un poco una reinvención del mito de la caja de Pandora, ¿no? Por mucho que avisen a los personajes que no hay que abrir la caja, la curiosidad mata y las consecuencias pueden ser imprevisibles. 

La curiosidad puede ser un arma de doble filo. Puede ser muy útil o, como en este caso, una verdadera trampa. Siempre he pensado que cuando en la vida afrontamos una situación determinada en la cual se nos prohíbe algo, es cuando más aflora esa estupidez humana que nos hace a veces ser tan imprudentes. En el caso de la novela, la cajita que es depositada en la joyería, si lo pensamos bien, en vez de dejar volar las desgracias a los protagonistas en el instante en el que se destapa, hace lo contrario que en el mito, libera la esperanza, ya que desgraciadamente el destino para todos ya estaba marcado, y es esa cajita, lo que representa, lo único que puede cambiar algo.

Su protagonista es Adiel, un chico de 17 años inocente y bonachón que ve cómo su vida tranquila cambia de repente de la forma más inesperada. Parece una edad ideal para un protagonista que debe afrontar cambios trascendentales…

Y más teniendo en cuenta que la novela está ambientada en la década de los cincuenta-sesenta, en una época donde la información estaba mucho más sesgada que en la actualidad, y donde los roles establecidos por la sociedad hacía que los hombres maduraran, en una falsa madurez, antes que ahora. A esa edad muchos jóvenes afrontaban ya la vida con el carácter que la necesidad imponía. En el caso de Adiel, él es un chico bobalicón más que bonachón, como le recuerda en más de una ocasión Tito Donabella, otro de los protagonistas de la trama, y afronta los cambios en su vida por mera supervivencia. No tiene alternativa.

Uno de las conclusiones que se extraen de la novela es que por muy tranquila que sea nuestra vida, cualquier accidente nos la puede cambiar. ¿Olvidamos deliberadamente esto las personas?

Más que olvidar creo que no somos conscientes de que eso pueda llegar a ocurrir. “ A mí nunca me pasará eso, o lo otro”… Salvo personas excepcionales, solemos mirar hacia otro lado cuando vemos las numerosas desgracias que relatan los medios de comunicación, o que ocurren incluso en nuestro entorno, por supuesto que nos indignamos, por supuesto que lloramos ante las trágicas noticias, por supuesto que intentamos ayudar puntualmente en algunas ocasiones, pero, ¿cuánto tiempo nos dura ese afán altruista?… nos dura justo el que tarda en aparecer delante de nosotros otra noticia que nos llame la atención. Ese egoísmo emocional es el que nos impide en ocasiones estar preparado ante esos accidentes que nos cambian la vida, aunque al final no tengamos otro remedio que acoplarnos a la nueva situación para sobrevivir, y así lo hagamos.

La suya es también una novela sobre la pérdida de la inocencia, en este caso de forma repentina y abrupta. Supongo que la forma cómo perdemos esa inocencia juvenil nos marca para siempre…

Por supuesto. La pérdida de la inocencia es un gran paso vital en cualquier persona. Los entendidos en la materia sostienen que muchísimos de los problemas psicológicos o de comportamiento que los adultos poseen, vienen arrastrados de la niñez, de la adolescencia. Toda transición que no sea fluida y que sea violenta o abrupta, puede marcarnos para el resto de nuestra vida. Sin duda.

Por cierto, en su novela el pasado turbulento se encuentra con un futuro, llamémosle destino, un tanto caprichoso. ¡Como para no perder la inocencia!

(Risas) Le contesto con una de mis frases preferidas, perteneciente a un poemario mío: “El presente no es más que el futuro de un ayer y el pasado de un mañana”. El destino está marcado por el pasado, por el presente y por el futuro, pero precisamente por la paradoja de que todos estos estados del tiempo, en una u otra ocasión, se solapan entre sí. Adiel tiene la desgracia de encontrarse ante el dilema de que si quiere vivir el presente, debe buscar en el pasado para procurarse a su vez un futuro. No tiene elección, como he dicho antes.

Después del éxito que cosechó con La última confesión, su primera novela, ¿ha sido muy diferente el José Antonio Castro que se ha enfrentado a la escritura de esta segunda obra?

Si le digo que no, o que sí,  a lo mejor puede pensar que peco de falsa modestia, o de arrogancia. Pero le seré sincero, yo no lo creo. No lo creo porque sigo siendo la misma persona insegura que escribe y reescribe cien veces el mismo párrafo hasta que no está como pienso que debe estar. Quiero que el lector encuentre en mis novelas, en mis escritos, lo máximo que pueda dar en ellos, por respeto hacia él. Eso siempre ha sido así, desde los primeros escritos, hasta ahora. Podré evolucionar en el estilo pero creo improbable que cambie mi carácter a la hora de enfrentarme a la escritura.

Y a todo esto, parece que el poeta no puede abandonar la poesía ni cuando escribe thrillers…

¡La vida es poesía! No soy el único que piensa que la belleza está presente hasta en los más cruentos crímenes, y que no sirva esto como justificación de los mismos. Decir que no soy consciente de que tengo un pasado literario poético sería mentira. Pienso que la belleza no está reñida con el suspense, con el misterio, con las tramas entrelazadas, con los crímenes. Tanto el amor, como el odio, lo sicológico o lo mundano, literariamente hablando, merecen el mismo trato a la hora de ser descrito. Como ya he dicho, mi carácter está totalmente ligado a mi creatividad, y si hay poeta para decir un “te quiero”, también lo hay para escribir un thriller.. aunque yo no estoy muy de acuerdo con la denominación de thriller para El cementerio de la Alegría, sea dicho de paso.

Tiene razón, parece que si la novela tiene misterio, siempre debemos llamarla thriller… con la de misterios que tiene la vida.

La vida en sí ya es un misterio, y un misterio que tiene tantos interrogantes sin resolver como respuestas posibles. Tendemos a etiquetarlo todo, a poner uno u otro género para poder clasificarlo. La novela histórica puede ser también de suspense, o romántica, o de fantasía; una novela negra ambientada en la China mandarina, o en la superficie lunar, no será más novela negra que histórica o de ciencia ficción. Supongo que todo ello responderá a criterios editoriales, a esa necesidad del marketing de convertir una obra literaria en un producto de mercado, y que pueda seducir al mayor número posible de potenciales compradores, y es una pena pensar así, porque deberían anteponer al lector, al potencial lector, antes que al comprador.  El cementerio de la Alegría, si bien comprende muchos elementos que hacen de ella una novela de suspense al uso, también contiene otros mensajes, una contemplación al ser humano desde la vileza y la inocencia, una visión particular y muy humana. Habla del pasado como un legado eterno, habla de las consecuencias que acarrea nuestro propia historia, como afectan las decisiones que tomamos en la vida, y por qué casi siempre lo fácil parece que es  lo correcto.

 

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La portada


 

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