Auster presentó nueva novela en el CCCB / Foto: T. Slanzi

 

Paul Auster es de carne y hueso. Una obviedad, cierto. Pero visto desde España, con la distancia que hay hasta Brooklyn, a uno le da por pensar que el tipo que escribió Mr. Vértigo, Leviatán y La trilogía de Nueva York debe ser como una especie de semidios, alguien con vistas a ser eterno, a tener presencia en todo el mundo y por todos los tiempos. Ya saben, un futuro clásico de la literatura norteamericana del siglo XX. 

Todo eso es lo que debieron pensar la más de ochocientas personas que se reunieron en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) para verle presentar su último libro, Diario de invierno (Anagrama en castellano y Edicions 62 en catalán, Diari d’hivern). La entrada se pagaba (poco, pero se pagaba), igual que los libros que progresivamente se iban agotando de la mesa de novedades de la librería Laie. Detalles banales, pero que sirven para demostrar que la cultura interesa y que esa especie de fetichismo de verle los ojos a uno de los grandes, de escucharle la voz, de saber que también sonríe, que es humano (de carne y huesos) y que, para colmo, tiene la paciencia suficiente como para, después de un largo día de promoción, acabar la presentación, sentarse a una mesa y dedicar el tiempo que haga falta hasta firmar los centenares de libros que los lectores le llevaban esperando la dedicatoria. Rituales aparentemente amenazados, pero esperanzadoramente arraigados.

Auster venía a presentar su Diario de invierno, uno de sus libros más personales. En él, hace un ejercicio de introspección desde las primeras señales de la vejez para recuperar antiguas anécdotas vividas por él o por algún conocido (“como si al llegar el invierno, hiciera balance de las estaciones anteriores”, dijo Antonio Lozano, el periodista que lo interrogó). Hay amor, dolor, placeres y heridas. “Tengo una serie de cuadernos donde escribo cosas que me van pasando o donde doy parte del tipo de gente que me encuentro en mis viajes, pero eso no significa que sean diarios, porque no sabría cómo hacerlo”, explicó Auster.

“Da igual que escriba ficción o no ficción, siempre me encuentro con las mismas frustraciones y exaltaciones”. Son palabras de un Auster que reconoce que la labor de escritor es solitaria: “parece una locura que nos encerremos en una habitación para imaginar historias, porque eso es más cosa de niños, pero es lo que hacemos los escritores”. El autor de Brooklyn confiesa, entre sonrisas, que evita leer las críticas, porque “si son muy buenas, te alegran demasiado y si son malas, te amargan la existencia y la verdad es que no necesito más veneno en mi vida”. Así de irónico pero claro fue Auster cuando Lozano le preguntó por las opiniones negativas que levantaban sus libros en algunos críticos. “Hay lectores a los que les apasiona uno de mis libros y, en cambio, otros lo odian, aunque se trate de la misma obra”. Contradicciones que también experimenta en casa, con su mujer, la también escritora Siri Hustvedt: “tiendo a sentirme poco satisfecho cada vez que escribo una novela, aunque luego me doy cuenta que quizá lo que ocurre es que estoy muy cansado de corregir una y otra vez lo mismo”, reconoce Auster, que añade entre risas: “solamente una vez me sentí orgulloso de mí e incluso me dije a mí mismo que era un genio, fue cuando acabé la primera versión de La música del azar, pero luego mi mujer Siri la leyó y me dijo que aquello no había por donde cogerlo”.

Y así es Paul Auster, un hombre que este febrero ha cumplido los 65 años, que sabe que tiene a sus espaldas una consolidada trayectoria, que es plenamente consciente del legado que dejará para el futuro… pero, sobre todo, que tanto éxito no cambiará una forma de sentir ni le hará olvidarse que, como las más de ochocientas personas que lo escuchaban en el CCCB, él también es de carne y hueso.

 

Manel Haro

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Su último libro

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