Cary Fukunaga dirige la adaptación de ‘Jane Eyre’, el clásico universal de la autora británica Chalotte Brontë

 

Probablemente la primera pregunta que le viene a uno a la cabeza es si era necesario una nueva adaptación del clásico de la literatura universal Jane Eyre. Y tras visionar la apuesta de Cary Fukunaga (Sin nombre, 2009) la respuesta es que sí. A pesar de que la novela de Charlotte Brönte ha sido adaptada varias veces y en distintos formatos (largometrajes, miniserie, etc.), esta nueva versión se erige como la que ha sabido retratar de forma más fidedigna el espíritu de la novela.

Jane Eyre cuenta la historia de una niña que queda huérfana siendo muy pequeña y que pasa a ser custodiada por su tía política, la señora Reed, una mujer que sólo le demuestra odio y desdén. Cuando Jane empieza a rebelarse contra ése injustificado maltrato, es enviada a un internado donde se educa a las niñas a base de miedo y castigos físicos. Con el paso de los años, Jane (interpretada en la edad adulta por Mia Wasikowska, Alicia en el País de las Maravillas) se marcha como institutriz a la mansión Thornfield, donde poco a poco se irá enamorando del dueño de la casa, el misterioso señor Rochester (Michael Fassbender, Malditos Bastardos). La atracción entre ambos se verá obstaculizada por la diferencia de clase social entre ellos y, especialmente, por un terrible secreto que él arrastra desde hace años y que tiene mucho que ver con unos terroríficos gritos que se oyen por las noches.

Jane Eyre habla de amor, soledad, superación, redención y muerte. El director ha creado una película clásica, de época, en la que la escenografía y la fotografía son imprescindibles para despertar emociones: los que creímos que sólo era una historia de amor imposible, comprenderemos que realmente estamos ante una historia a caballo entre lo romántico y lo gótico. Fukunaga ha sabido plasmar ése aspecto tétrico y terrorífico que tiene la novela y que puede provocar un escalofrío y cierta angustia al espectador: las montañas rocosas, la intensa lluvia en un paisaje gris, las enormes y polvorientas cortinas de una mansión en la que reina el silencio, el crepitar de la leña en el fuego, los gritos nocturnos en el piso de arriba y los primeros planos de los sufridores protagonistas.

Y es que, teniendo en cuenta que el factor sorpresa es prácticamente imposible (todos conocemos la historia, bien sea por haberla leído o, como mínimo, estudiado en clase de literatura), el acierto del filme es exaltar la intensa carga emocional que arrastran los personajes (la volatilidad de él, la falta de autoestima de ella), así como el ambiente opresivo y austero que les envuelve y que parece ser una metáfora de sus sentimientos. Si en su momento se emocionaron con las palabras de Charlotte Brönte, no dejen de sorprenderse con esta magnífica versión cinematográfica: un torbellino de sensaciones camufladas entre luces y sombras difícil de olvidar.

 

Patricia Tena

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