El profesor de la UB publica 'un panfleto' para defenderse de quienes creen que los valores culturales están en decadencia

 

Hay intelectuales e intelectuales. Para los que fuimos alumnos de Jordi Gracia, Catedrático de Literatura Española en la Universitat de Barcelona, sabemos que él no es de los que va todo el día citando a Aristóteles, ni de los que para explicar la literatura española del siglo XX se quedan en la Generación del 50 porque lo que viene después no merezca demasiado la pena. Más bien al contrario, es de estos intelectuales que empezaron muy jóvenes y que siguen siendo jóvenes, de los que se dejan ver en fiestas literarias y de los que se sienten tan cómodos hablando de la última novela de Javier Marías en sus clases como de la primera de Juan Benet. En otras palabras, de los que no ven el siglo XXI como una amenaza para las humanidades, sino como una bisagra que articula una época de transición.

El intelectual melancólico (Anagrama) es un panfleto, una manera de defenderse del discurso trágico de aquellos hombres de letras que han perdido el ánimo de enfrentarse al nuevo panorama digital y a las preferencias culturales de la sociedad, un intento de rechazar a aquellos que se sienten aislados, incomprendidos y que se echan las manos a la cabeza cuando ven que en el metro se lee más a Albert Espinosa que a Homero.

[El intelectual melancólico] “fue un joven iconoclasta y hoy es un adulto resentido por el fracaso de su utopía menor pero sobre todo porque el cambio social ha tomado una dirección para la que no tiene mapa ni brújula” (pg. 35)

“Pero cómo puede habérseles borrado la lucidez de los clásicos si lo sacan a pasear cada vez que pueden, en sus artículos, en sus libros, en sus diatribas contra la decadencia del presente y la inopia masiva de las gentes” (pg. 26)

“No hay ya libros que regulen el tráfico de las ideas ni nadie circula por las autopistas que fueron suyas. […] Sus libros sólo los encuentran en los anaqueles más altos o más bajos, y casi nunca están todos, a veces ni siquiera la mitad, a menudo nada más que uno o dos, amargamente marcados por pegatinas sucias con el precio impreso todavía en pesetas” (pg. 21).

¿De qué se defiende Gracia? “El libro nace de la irritación ante la proliferación de voces autorizadas que creen que hay una desjerarquización y desmoronamiento de la vida cultural española, como si no hubiésemos querido aprender del pasado y la actualidad fuese un delirio de confusión”. En este sentido, el autor ha querido recordar que “en todo presente se produce una búsqueda de referentes en el pasado y por esa razón ahora creemos que no hay referentes vivos, porque los intelectuales de hoy serán los que creen los mitos del futuro”. Para Gracia, escribir este libro “es una manera de conjurar el riesgo de la melancolía como síntoma de senectud ideológica y moral, porque sentirse incomprendidos, caer en la autocompasión o creer que el mundo no nos hace caso es una flaqueza”.

¿Y quiénes son esos intelectuales melancólicos a los que no cita en ningún momento Jordi Gracia? Algunos apuntan al Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universitat de Barcelona, Jordi Llovet, autor del libro Adiós a la Universidad: El eclipse de las Humanidades (Galaxia Gutenberg), pero Gracia lo niega: “no es verdad que este libro sea una batalla personal entre catedráticos, es un debate insulso y un disparate que no lleva a ningún lado”. No obstante, eso sí, Gracia confiesa que la idea la tiene desde hace más de veinte años, pero la inspiración le vino leyendo el libro de Llovet. Por cierto, que Llovet salió prejubilado de la UB y se dice que escaldado, aunque en 2012 volverá a las aulas a impartir una clase (y aquí a un servidor, que debe tener algo de melancólico y nada de intelectual, le gustaría ser, de nuevo, alumno suyo).

El autor de El intelectual melancólico recuerda que “las humanidades no pueden quedarse al margen de la transformación que toda la sociedad está viviendo” y que “ahora la cultura es más accesible que nunca, digitalizarla hace que llegue más lejos y sea más barata, por lo que no estamos ante un desfondamiento de los valores culturales de Occidente, sino ante una etapa de adaptación del saber humanístico al presente”. Toda una declaración de intenciones de un profesor que acepta los cambios sociales y culturales de una nueva época ante otro (indeterminado, en principio) que se lamenta de ello. ¿No es este debate, a fin de cuentas, el mismo que han tenido tantos otros intelectuales a lo largo de la historia?

Manel Haro

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LA PORTADA

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