'Café Müller' es una de las obras más importantes de la coreógrafa Pina Bausch

Estos días he tenido la oportunidad de asistir a una de las sesiones de danza filmada que tiene programadas CaixaForum Barcelona dentro de su ciclo Cinco coreógrafos esenciales del siglo XX, actividad paralela a la exposición sobre los Ballets Rusos de Diáguilev. Se trata de Café Müller, el clásico contemporáneo de la coreógrafa austríaca Pina Bausch (1940-2009). Para los que no conozcan esta obra de teatro danzado, quizá sea bueno recurrir a la película de Pedro Almodóvar Hable con ella, donde en un momento del film, dos personajes asisten a este mismo espectáculo: sobre el escenario, dos mujeres con vestido blanco de dormir expresan, a través de la danza, su dolor y su angustia. Vemos una estancia dominada por mesas y sillas -el salón del Café Müller-, y un hombre que, a toda prisa, las va apartando para que una de las mujeres no tropiece con ellas.

No son los únicos personajes: también hay otra mujer, ataviada con chaquetón negro, tacones y peluca rojiza, que va paseándose por el salón, entra y sale, no parece mostrarse integrada en la acción, como si la cosa no fuera con ella, hasta que al final sí toma una actitud más participativa. Claro que, desde el primer momento, es una parte fundamental de la obra. Hay otros personajes masculinos, uno de los cuales encarna el amor; el amor que hay entre él y una de las mujeres de blanco, una relación que se vuelve intermitente gracias a la intervención de otro hombre: a veces los separa y otras veces los une. En uno de sus actos, hace que ella descanse en los brazos de él como si fuera la Piedad de Miguel Ángel, pero una y otra vez, de forma repetitiva, la mujer cae de las manos del hombre. ¿No hay piedad posible? La repetición es uno de los recursos típicos de Bausch, para dotar de sentido a la obra.

La sesión estuvo introducida por Víctor Molina, profesor de dramaturgia del Institut del Teatre y miembro del equipo de dirección artística del Teatre Lliure. Según Molina, “todos los personajes son intercambiables, no podríamos identificar a ninguno de ellos de forma independiente, porque todos son perfiles de uno mismo”. Lo que se ve en escena es un espacio cerrado, no hay salida, aunque las puertas están abiertas: la mujer de la peluca rojiza entra y sale, como desesperada, mientras que las otras dos de blanco se mantienen adormecidas, como en trance o dejándose llevar por el subconsciente. “Son -dice Molina- personajes fantasmagóricos, marcados por el dolor, la tristeza y la melancolía”. Y así es, porque cada gesto parece un intento ahogado de buscar una salida: una salida de uno mismo, hacia el amor quizá o hacia algo que no conocemos.

La primera que entra en escena es la última que sale al término de la obra: Pina Bausch. Pero, sin embargo, no es la que se mantiene más viva sobre el escenario, como si el resto de personajes fueran satélites de ella misma. Dicho de otro modo: ella no tiene que hacer más, porque el resto de personajes lo hace por ella. ¿Están los demás dentro de ella misma? Cuenta Molina que, de niña, Pina Bausch pasó mucho tiempo en el restaurante de sus padres, donde se escondía bajo las mesas, mostraba su timidez y sus complejos (como calzar un cuarenta y uno de pie con solo diez años). ¿Es el Café Müller una representación del restaurante que tenían sus padres con parte del elenco de personas, desdibujadas, que se pasearon por su salón?

Quien escribe esto lo hace sin ser un experto sobre danza ni un asiduo a este tipo de espectáculos, lo cual deja una sensación ambigua. Por un lado, el casi nulo bagaje de referencias hace que me sienta un novato en terreno desconocido; pero, por otro lado, ese estado de semivirginidad hace que pueda enfrentarme a la obra sin condicionantes, como aquel que acaba de descubrir un mundo que desconocía, pero que, de repente, se le antoja tan fascinante que, al llegar a casa, tiene la necesidad de compartir con alguien lo que acaba de ver. Y eso hago, invitarles a que visiten el Café Müller, se sienten en una silla y me digan lo que ven.

Manel Haro

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Fragmento de la obra

 

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