Benoît Poelvoorde y Isabelle Carré encarnan a los protagonistas de la comedia francesa 'Tímidos anónimos'

 

Tímidos anónimos (Jean-Pierre Améris, 2010) rinde homenaje a aquellos tímidos patológicos (ellos se autodenominan “emotivos”) que sufren ante prácticamente cualquier situación. Los protagonistas intentan superar sus complejos e inseguridades para poder integrarse en la sociedad, por lo que el filme, además de ser una comedia romántica, es una película sobre la autosuperación.  

Angèlique (Isabelle Carré, Sólo te tengo a ti) acude a terapia para vencer su timidez, donde al más puro estilo Alcohólicos Anónimos, cada uno de los miembros se autodefine y confiesa. Ella necesita entonar  constantemente canciones sobre la valentía y la confianza y, desgraciadamente, cuando vive momentos demasiado intensos, cae desvanecida. También fabrica los mejores bombones de chocolate de toda Francia, pero como no soporta ser el ser el centro de atención, los cocina encerrada en casa y hace creer a todos que son obra de un viejecito ermitaño que vive en las montañas. En la misma ciudad vive Jean René (Benoît Poelvoorde, Nada que declarar), un hombre que esconde su extrema timidez bajo una apariencia fría y distante y que se ve obligado a llevar siempre una maleta con ropa limpia para combatir su exceso de sudoración.  El destino se empeña en cruzar los caminos de estos dos híper emotivos, quienes tendrán que aunar fuerzas para evitar que la fábrica de chocolate de él quiebre y que el amor que sienten supere todos los obstáculos.

Isabelle Carrè y Benoît Poelvoorde realizan unas estupendas interpretaciones y consiguen trasmitir a la perfección esa mezcla de angustia e ingenuidad con la que sus personajes se enfrentan a la vida. Es muy  sencillo empatizar con ellos, pero también lo es sentirse un poco saturado ante tanto malestar y situaciones incómodas. He echado en falta un buen grupo de secundarios que intervinieran más a menudo para desdramatizar la acción y romper la monotonía. Además, hay escenas que son  contradictorias, ¿él es incapaz de dar la mano a alguien pero sí de levantarse en plena cena, coger el micro de un cantante y cantarle una canción romántica en medio de un restaurante?

Si quieren disfrutar de una historia de amor y deleitarse con apetitosas recetas chocolateras, mejor véan Chocolat (Lasse Hallström, 2000). Si por el contrario, lo que ocurre es que son emotivos y todo les afecta, quizá encuentren algún consejo útil en Tímidos Anónimos. Porque aquí el chocolate también es metáfora de vida, y, como dice Angèlique, todos pensamos en su dulzor, pero para que el resultado sea satisfactorio, hay que controlar el punto de amargura.

Patricia Tena

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