El autor alemán publica en Anagrama/Empúries 'La Torre', monumental obra de casi novecientas páginas / M. Haro

 

Manel Haro. Barcelona

Dice el escritor checo Ivan Klíma que los sistemas totalitarios “conseguían su popularidad no sólo por medio de la combinación de visiones utópicas y promesas demagógicas, sino también porque satisfacían las ideas que el ciudadano medio tenía sobre el orden y la organización justa de la sociedad”. Que “en un primer momento, muchos aspectos de un sistema totalitario resultan deslumbrantes: su resolución, la claridad de su programa y la eficiencia con la cual resuelve problemas que la democracia -ya por su propia naturaleza- no está en condiciones de resolver”. Y añadía que “el sistema totalitario sólo conoce una respuesta: contra el que está descontento aplica la fuerza”, “lo que en un principio se presentó como un sistema dinámico se hace pesado y pierde movilidad”.

Klíma habla del régimen socialista que impusieron los soviéticos en la antigua Checoslovaquia tras la Segunda Guerra Mundial. Pero estas mismas palabras se podrían aplicar a cualquier otro régimen que construyera su Estado sobre los pilares de la utopía. Y es en ese terreno donde el escritor alemán Uwe Tellkamp (Dresde, 1968) sitúa su novela La Torre (Anagrama/Empúries), concretamente en los momentos en que esos pilares se van resquebrajando hasta hacer caer la gran utopía. En su caso, los últimos siete años de la República Democrática Alemana.

La Torre retrata la vida de los habitantes de un barrio residencial de Dresde, en los años ochenta, que parecen mantenerse fuera del tiempo. Son personajes dedicados a la música, la poesía y la pintura que ven con ironía y resignación, desde sus casas medio ruinosas, cómo la RDA va camino al derrumbe llevándose consigo el decadente sistema socialista. “En teoría la RDA era una utopía con buenas intenciones, pero en la práctica se convirtió en todo lo contrario”, dice el autor alemán en su visita a Barcelona.

“La utopía de la RDA tenía como premisa que el ser humano es bueno, pero todos tenemos abismos, y la seguridad estatal fue la primera que lo demostró”, explica Tellkamp, quien añade que en su novela dibuja la lucha de “unos personajes con contradicciones, jóvenes que dudan entre resistir o no resistir, que ven que lo que antes era una utopía se podía convertir en realidad, tipos que no son héroes, sino oportunistas que han sabido adaptarse al sistema”, creando situaciones donde también intenta descubrir “lo absurdo y lo grotesco de lo que ocurría en aquella época”.

Comparada con la obra de Thomas Mann Los Buddenbrook, Tellkamp ha escrito una novela de casi novecientas páginas donde, además de hacer gala de un estilo recargado y quizá algo complejo, también da margen al humor, algo “muy importante para el ser humano, porque sirve para adentrarse en las partes más sombrías del sistema”. Precisamente sobre su estilo, el autor ha bromeado diciendo que “los que vivimos aquella época de escasez, ahora tenemos la necesidad de absorber todo cuando podamos y quizá por eso mi literatura es así, quizá dentro de diez años podré escribir de forma más contenida”. Y es que en aquella época de escasez, lejos de la artificiosidad y pomposidad de las instituciones oficiales, recuerda Tellkamp, médico de profesión, “en los hospitales había que mandar afilar las jeringas para que funcionaran y nos refrescábamos trayendo bloques de hielo de la pescadería de al lado”.

 

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