El reconocido escritor Dominique Lapierre es tajante cuando se le pregunta cuál es la fórmula a través de la que consigue crear la magia envolvente que identifica  sus novelas. Asegura que jamás empieza a escribir sin tener bien a la vista un cartón en el que aparecen escritas tres palabras: color, olor, ruido. Afirma que sólo de esta manera está todo el tiempo pendiente de explicar qué se ve, qué se puede oír y qué se puede oler.

Esta tríada indisoluble parece acechar también la mesa de trabajo del escritor, traductor y crítico literario onubense Manuel Moya. Su última novela, Las cenizas de abril, magistralmente ambientada en los últimos coletazos de la dictadura portuguesa de Salazar, impregna nuestra pituitaria de tufo a repollo hervido, en un país forzado a pasar página de su deslumbrante etapa colonialista, donde el aparente silencio de una resistencia clandestina teje, desde el exilio y desde el mismísimo interior de la taciturna Lisboa, los prolegómenos de la revolución de los claveles. Olor, color, ruido.

La historia en primera persona de uno de los muchos jóvenes que durante la época gris portuguesa se decantó por echar tierra de por medio sirve de hilo conductor. En las desventuras de su exilio parisino topará con Sophia, una lisboeta de buena familia, crecida en Angola y enamorada de Fernando, un activista radical capaz de darlo todo por acabar con el régimen dictatorial que estrangula el futuro de Portugal y desangra sus colonias. Luanda también será algo más que una tierra de paso para Ilidio de Andrade, un gris funcionario convertido en agente de la sanguinaria policía política, la PIDE, donde ejercerá de brazo ejecutor de los turras que luchan por su propia independencia. París, Lisboa y Luanda. Tres escenarios por los que estos cuatro personajes zarandeados por los estertores del régimen verán derrumbarse todo aquello que hasta el momento tuvieron como cierto, poniendo sus vidas del revés como un calcetín, forjándose un pasado del cual les resultará imposible zafarse. Sophia y Fernando se embarcarán en un comando terrorista que intentará forzar la caída del régimen. El secuestro de Ilidio de Andrade se convertirá en su gran golpe.

Con logrados saltos de tiempo en la narración, Moya permite ahondar en el peso que el pasado –conocido o desconocido, propio o ajeno- ejerce sobre las personas y cómo las condiciona en cada una de sus decisiones, de sus actos. Los protagonistas de Las cenizas de abril se enfrentan a él irresolublemente, con más angustia que fortuna, salvando esos ángulos muertos en los que uno puede caer de un lado como del otro. “Podré olvidarme de los demás días de mi existencia, pero no de aquellos en los que me dejé envolver por la gracia y la locura lisérgica del 25 de abril”, asegura el protagonista.

Moya traza una novela de almas, de historias enmarcadas en un importante episodio de la Historia, que trata descarnadamente y sin tapujos del exilio sin gloria de los desertores, de la vertiente menos romántica de la clandestinidad, de la agridulce decepción de la vuelta a una casa donde nada ha cambiado, de la bajada a los infiernos de quien aspiró a otra vida, de los momentos en que todo se tuerce definitivamente. De cómo nos enfrentamos a nuestro propio pasado, lo asimilamos, y lo incorporamos a nuestro destino, con más o menos éxito. Las cenizas de abril fue ganadora del Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones.

Laura De Andrés Creus

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Las cenizas de abril / Manuel Moya / Alianza Editorial / 1ª edición, 2011 / 496 páginas / ISBN 9788420651125

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