Tras la, a mi parecer, aburridísima adaptación de la primera parte de Harry Potter y las reliquias de la muerte, última novela de las aventuras del joven mago que ha convertido a J.K. Rowling en una de las mujeres más ricas de Inglaterra, sólo un sentimiento me invadía de camino al cine para ver la última película: miedo. Miedo a que la adaptación del épico final fuese tan poco fiel al original como la primera parte, miedo a que el lento desarrollo y exceso de metraje de la anterior se repitiese en esta y miedo a la batalla final entre Harry (Daniel Radcliffe) y Lord Voldemort (Ralph Fiennes) fuese corta y poco creíble. Pero no ha sido así. Si bien es cierto que la película se toma muchas libertades tanto en el número de bajas de personajes en la batalla final como en algunos pasajes del libro, que se pasan por alto o se cambian bastante (sobre todo el duelo Harry-Voldemort), la película no decepciona en ningún aspecto.

Esta última entrega empieza minutos después del final de Harry Potter y las reliquias de la muerte: parte 1, con Harry enterrando al elfo doméstico Dobby y Voldemort en posesión de la varita de saúco, una de las tres reliquias de la muerte. Tras haber destruido tres de los siete horrocruxes en los que Voldemort había dividido su alma, el joven mago y sus amigos, Ron Weasley (Rupert Grint) y Hermione Granger (Emma Watson), volverán a Hogwarts para encontrar y eliminar los cuatro restantes en una carrera a contrarreloj contra el Señor Tenebroso, que se dirige al castillo con todo un ejército de mortífagos dispuesto a eliminar de una vez por todas al “niño que vivió”. Además, en esta película, se descubre la verdadera naturaleza del profesor Snape (Alan Rickman) y sus verdaderos motivos para actuar como lo hace; conocemos al hermano de Dumbledore; visitamos lo más profundo de las cámaras de Gringotts, el banco de los magos; se resuelven las relaciones sentimentales de algunos personajes (algo que parece encantarle a David Yates, que también dirigió Harry Potter y el príncipe mestizo, la más “adolescente” de la saga) y vivimos (por fin) la intensa batalla final cara a cara entre los dos magos más poderosos del mundo.

Los efectos especiales de esta última parte son impecables, casi a la altura de películas como El señor de los anillos o Avatar, y el guión está mucho más trabajado que el de la anterior película, que, como ya he comentado anteriormente, pecaba de ser excesivamente lenta y aburrida, quizás por el hecho de querer dejar lo mejor para el final cobrando el doble por espectador. Tal vez uno de los pocos defectos de esta película, dejando de lado la escena final, que ya sobraba en exceso en el libro, es que muchos personajes aparecen muy poco en las dos horas y cuarto de película y no reciben el final que se merecen, pero también hay que entender que, si durase más, la película podría ser un poco larga y, tal como está, pasa volando.

¿Volveremos a ver (o leer) a Harry Potter? Estoy seguro de que sí, pero, de momento, ha llegado la hora de poner un (quizás provisional) punto y final a esta saga multimillonaria que ha hecho las delicias tanto de los más pequeños como de los más grandes de casa, con una historia que ha madurado con la misma rapidez que sus protagonistas y un final previsible pero muy digno.

Joanma Tena

 

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