Jean-Pierre Jeunet sigue siendo el mismo de siempre. En Micmacs, su última película (rodada en 2009, aunque nos llega ahora a España), vemos esa personal estética que caracterizan anteriores trabajos suyos como Amélie, Delicatessen (sobre este) o incluso La ciudad de los niños perdidos. Los personajes son siempre algo extravagantes, inocentes, pero con ganas de demostrar su extraordinaria bondad. En este caso, el protagonista lo encarna Dany Boon (Nada que declarar, Bienvenidos al norte), que lo perdió todo tras recibir un balazo en la cabeza de forma accidental. Al salir del hospital es recogido por un grupo de personas que vive en una especie de barracón construido con deshechos. En el interior todos parecen tener una faceta artística (hay una contorsionista, un aspirante a escritor y hasta un tipo que tiene el record Guinness por ser el que más distancia a alcanzado al ser disparado por un cañón).

Bazil (Dany Boon) se ha propuesto vengarse de dos empresarios franceses dedicados a la venta de armas, uno por ser el fabricante de la bala que tiene alojada en su cerebro y el otro por ser el dueño de la compañía que hizo las minas antipersona que mataron a su padre. Bazil contará con la ayuda de sus amigos para ello (esto puede recordar a ese colectivo subterráneo de Delicatessen). De este modo, la película se convierte en una protesta explícita contra la venta de armas de países desarrollados con el único fin de enriquecerse.

La intención de Jeunet es buena y si el espectador está acostumbrado a sus formas, Micmacs no le defraudará, entre otras cosas porque siguen esos actores que ya son parte indivisible de su cine (Dominique Pinon y Urbain Cancelier, en este caso) y además la esencia cinematográfica es la de siempre. Eso sí, esta vez Jeunet ha dado demasiada cuerda a su imaginación en algunas escenas y quizá podría haber resuelto la película con algunos minutos menos (el desenlace, bastante ingenioso, salva una historia que parecía condenada a estrellarse en sus propios clichés).

Manel Haro

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