Después de ver la última película de Woody Allen, me invade cierto pesar. El cineasta neoyorkino que hizo una mitología de Manhattan con comedias como Annie Hall o Manhattan se atrevió a rodar en Londres y probar un género poco habitual en él, lejos de su clásico tono cómico, sacándose de la chistera la extraordinaria película Match Point, y luego continuando con otras dos, Scoop y El sueño de Casandra, no tan redondas como la primera, pero sin negarle méritos. Y de ahí empieza un circuito por Europa que le lleva a Barcelona (Vicky Cristina Barcelona), París (Midnight in Paris) y próximamente a Roma (The Bop Decameron).

Midnight in Paris, la última que podemos ver en cines, tiene como protagonista a Owen Wilson en el papel de Gil, un estadounidense nostálgico que llega a París con su prometida y sus suegros con el vano sueño de quedarse a vivir allí. Gil, guionista de cine y novelista amateur, no deja de imaginar cómo sería su vida en el París bohemio de los años veinte, aspiración que ve cumplida de repente cuando un grupo de alocados parisinos lo recogen en un coche y se lo llevan a un bar, donde se encuentra Francis Scott Fitzgerald. De ahí, pasará a conocer a todos los artistas europeos y americanos que se dejaron ver por la capital francesa durante aquellos años.

La película va más allá de la pura fascinación por una ciudad. Allen aprovecha París para reflexionar sobre el tiempo, sobre los sueños que tenemos muchas personas de vivir otras época y hasta de la conveniencia de seguir el camino que hace tiempo parece tenemos marcado. Midnight in Paris no es la postal ridícula, exagerada y superficial que era Vicky Cristina Barcelona, sino que rinde todo un homenaje a una ciudad que ha vivido momentos tan fascinantes como los bohemios años veinte o la Belle Époque. Aquí no hay una acumulación de lugares comunes, sino todo una narración coherente, inteligente y lúcida. De ahí mi pesar: ver que Allen se ha adaptado a diferentes escenarios en Europa, pero pinchó en Barcelona (claro que a uno le da por pensar que la culpa, en el fondo, no fue de él, sino de quien ponía el dinero).

Con Midnight in Paris Woody Allen demuestra que sigue teniendo mucha tela que cortar y que ingenio no le falta. Para los espectadores que nos gusta soñar y que siempre asociamos París con los gigantes artísticos que se han paseado por sus calles, esta es una película imprescindible. A fin de cuentas, a quién no le gustaría tomarse una copa con Ernest Hemingway. O dos.

Manel Haro

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